jueves, febrero 11, 2016

George Herbert / Aflicción










Cuando por vez primera mi corazón tentaste
me pareció un magnífico servicio:
fue mucha la alegría que así me procuraste,
sumada a los deleites naturales
que a mí la suerte quiso en esta vida darme,
realzados más aún por tus graciosos dones.

Miré toda tu hacienda y era tan hermosa,
que por hermosa para mí la tuve:
los gloriosos enseres que tu hogar contenía
me enredaron; tentáronme hacia ti.
Los astros hice míos: y juntos cielo y tierra
pagaron mi salario con un mundo de dicha.

¿Qué placer me faltaba del Rey al que servía?
¿Qué gozo no tenía por amigo?
Disipó la esperanza todos mis pensamientos
de pesar o de miedo. Y siendo así,
mi alma, caprichosa, prendió en aquel lugar;
tu rostro fue a buscar su fiera juventud.

Al principio me diste tu leche y tus dulzuras;
cuanto se me antojaba yo lo hacía:
mis días se cubrieron de flores y ventura;
todos los meses eran siempre mayo.
Mas creció con los años, sinuosa, la tristeza,
y condenó al dolor a quien no lo esperaba.

Y mi carne doliente le dijo así a mi alma,
la enfermedad mis huesos va quebrando;
me corre por las venas la fiebre que consume,
afinando mi aliento con gemidos.
Pesar fue toda el alma; de no ser por la pena,
apenas si creyera estar siquiera vivo.

Recobré la salud, me quitaste la vida,
y aún más; que a mis amigos vi morir:
la agudeza perdí, hasta el filo mellado
de un cuchillo servía más que yo.
Así que, enjuto y flaco, sin protección ni amigo
me arrastraron los vientos y todas sus tormentas.

Mi espíritu y mi cuna prefirieron guiarme
por la senda que lleva a la ciudad,
mas Tú me revelaste un libro duradero,
y luego me envolviste en una toga.
Caí en la maraña de un mundo de discordia,
hasta cobrar las fuerzas para cambiar mi vida.

Amenacé a menudo con levantar el cerco,
sin sonreír en todos estos años,
mas mi rabia supiste fundir y disipar
envuelta en alabanzas académicas.
Tomé tu dulce píldora, hasta llegar allí
donde huir no podía, ni aun perseverar.

Mas fuera yo tal vez demasiado feliz
en mi infelicidad, pues de mi purga
haciendo mi alimento, arrojaste tú entonces
nuevos padecimientos sobre mí.
Me elude tu poder y mi senda extravía
sin que tus propios dones me hagan ningún bien.

Aquí estoy, lo que tú conmigo vas a hacer
no está escrito en ninguno de mis libros:
leo, suspiro y pienso: ojalá fuera un árbol;
pues seguro que entonces crecería
hasta dar sombra o fruto: al menos algún ave
haría en mí su nido, y yo sería justo.

Mas, aunque tú me turbas, por ti debo ser manso;
en la debilidad debo ser fuerte.
Bien está, buscaré otro señor, a él
iré, le ofreceré entrar a su servicio.
¡Oh, mi querido Dios! Del todo me olvidaste,
no dejes que te ame, si yo a ti no te amo.

George Herbert (Montgomery, Reino Unido, 1593 – Bemerton, Reino Unido, 1633), Antología poética, Animal Sospechoso, Barcelona, 2014. Versión de Misael Ruiz Albarracín y Santiago Sanz
Envío de Jonio González


AFFLICTION 

When first thou didst entice to thee my heart,
I thought the service brave:
So many joyes I writ down for my part,
Besides what I might have
Out of my stock of naturall delights,
Augmented with thy gracious benefits.

I looked on thy furniture so fine,
And made it fine to me:
Thy glorious houshold-stuffe did me entwine,
And 'tice me unto thee.
Such starres I counted mine: both heav'n and earth
Paid me my wages in a world of mirth.

What pleasures could I want, whose King I served?
Where joyes my fellows were.
Thus argu’d into hopes, my thoughts reserved
No place for grief or fear.
Therefore my sudden soul caught at the place,
And made her youth and fiercenesse seek thy face.

At first thou gav'st me milk and sweetnesses;
I had my wish and way:
My dayes were straw’d with flow'rs and happinesse;
There was no moneth but May.
But with my yeares sorrow did twist and grow,
And made a partie unawares for wo.

My flesh began unto my soul in pain,
Sicknesses cleave my bones;
Consuming agues dwell in ev'ry vein,
And tune my breath to grones
Sorrow was all my soul; I scarce beleeved,
Till grief did tell me roundly, that I lived.

When I got health, thou took'st away my life,
And more; for my friends die:
My mirth and edge was lost; a blunted knife
Was of more use then I.
Thus thinne and lean without a fence or friend,
I was blown through with ev'ry storm and winde.

Whereas my birth and spirit rather took
The way that takes the town;
Thou didst betray me to a lingring book,
And wrap me in a gown.
I was entangled in the world of strife,
Before I had the power to change my life.

Yet, for I threatned oft the siege to raise,
Not simpring all mine age,
Thou often didst with Academick praise
Melt and dissolve my rage.
I took thy sweetned pill, till I came neare;
I could not go away, nor persevere.

Yet lest perchance I should too happie be
In my unhappinesse,
Turning my purge to food, thou throwest me
Into more sicknesses.
Thus doth thy power crosse-bias me, not making
Thine own gift good, yet me from my wayes taking.

Now I am here, what thou wilt do with me
None of my books will show.
I reade, and sigh, and wish I were a tree;
For sure then I should grow
To fruit or shade: at least some bird would trust
Her houshold to me, and I should be just.

Yet, though thou troublest me, I must be meek;
In weaknesse must be stout.
Well, I will change the service, and go seek
Some other master out.
Ah my deare God! though I am clean forgot,
Let me not love thee, if I love thee not.



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