jueves, octubre 14, 2010

Raúl Artola / Dos poemas




Fabla viril

Pasolini me ha hecho leer y yo lo quiero
como al padre que nos señalaba la página perfecta
los canales venecianos y el capitel corintio
la belleza de la rama de gilicinas
que cae sobre el muro y evocamos
una mañana neblinosa al ir a clase
sin saber la lección
las manos ateridas y los pies mudos
sobre las baldosas húmedas, desparejas.
Me hace leer Pasolini esa página
y yo le agradezco en silencio
acompañado por su sombra
y su mirada de padre que no quiso ser patrón
pero voló por olímpicas alturas.
Me contagia un ensalmo envolvente
para soportar el recuerdo
de aquellas mañanas impiadosas
y los atardeceres turbios
de regreso a la casa del amor arrinconado.
Y Pasolini no estaba todavía
para decirme: muchacho
esto pasará, ya tendrás
tus horas de sueño y de vigilia ensoñada,
aguanta el invierno de la infancia,
yo te miro y a mi modo te cuido.
Y aunque no lo dijera aún
yo oía su voz en otras bocas,
en el aire adverso
se abría un canal amistoso
con el piano que me devolvía
una paz ignorada,
rescoldo que siento en mi pecho
tantos años después.


Salón de té

Hay lágrimas que se secan
en el aire
y sonrisas que marcan
rictus de bronce.
El que mira
supone una pena fugaz
y la dura felicidad
de cada uno.
Ninguno acierta.
El que lloró
no sabe que soñaba
una escena de cine.
La que sonríe
dibujaba flores
con su dedo
en el mantel.
El que mira
buscaba motivos
para salir
de sí
mismo.


Raúl Artola (Las Flores, 1947, vive en Viedma), Teclados, Ediciones El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2010

Ilustración: Raíces, 1882, Vincent Van Gogh

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