viernes, enero 02, 2015

Carlos Drummond de Andrade / La máquina del mundo










Y como yo recorriera lentamente
un camino de Minas, pedregoso,
y al cierre de la tarde una ronca campana

se mezclara al son de mis zapatos
que era pausado y seco; y las aves planearan
en el cielo de plomo, y sus formas prietas

lentamente se fueran diluyendo
en la oscuridad mayor, venida de los montes
y de mi propio ser desengañado,

la máquina del mundo se entreabrió
para quien de penetrarla se esquivaba
y sólo de pensarlo se plañía.

Se abrió majestuosa y circunspecta,
sin emitir un son que fuera impuro
ni un destello mayor al tolerable

por las pupilas gastadas en la observación
continua y dolorosa del desierto,
y por la mente exhausta de especular

toda una realidad que excede
su propia imagen delineada
en el rostro del misterio, en los abismos.

Se abrió en calma pura, y convocando
cuantos sentidos e intuiciones restaban
a quien por haberlos usado los perdiera

y tampoco desearía recobrarlos,
si en vano y para siempre repetimos
los mismos periplos tristes y sin derrotero,

convocándolos a todos, en cohorte,
a aplicarse sobre el pasto inédito
de la naturaleza mítica de las cosas,

así me dijo, aunque ninguna voz
o soplo o eco o simple percusión
atestiguara que alguien, sobre la montaña,

a otro alguien, nocturno y miserable,
en coloquio se estaba dirigiendo:
“Lo que buscaste en ti o fuera de

tu ser restricto y nunca se ha mostrado,
aun afectando darse o rindiéndose,
y a cada instante retrayéndose más,

mira, repara, ausculta: esa riqueza
sobrante en toda perla, esa ciencia
sublime y formidable, pero hermética,

esa total explicación de la vida,
ese nexo primero y singular,
que no concibes más, pues tan esquivo

se reveló ante la busca ardiente
en que te consumiste… ve, contempla,
abre tu pecho para abrigarlo.”

Los más soberbios puentes y edificios,
lo que en los talleres se elabora,
lo que pensado fue y enseguida alcanza

una distancia superior al pensamiento,
los recursos de la tierra dominados,
y pasiones e impulsos y tormentos

y todo lo que define al ser terreno
o se prolonga hasta en los animales
y llega a las plantas para embeberse

en el sueño rencoroso de los minerales,
da vuelta al mundo y se vuelve a abismar
en el extraño orden geométrico de todo,

y el absurdo original y sus enigmas,
sus verdades altas más que todos
los monumentos erigidos a la verdad;

y la memoria de los dioses, y el solemne
sentimiento de muerte, que florece
en el tallo de la existencia más gloriosa,

todo se presentó en esa mirada furtiva
y me llamó para su reino augusto,
por fin sometido a vista humana.

Mas, como yo resistiera en responder
a ese reclamo tan prodigioso,
pues la fe declinara, lo mismo el ansia,

la esperanza más mínima – ese anhelo
de ver desvanecida la tiniebla espesa
que entre los rayos del sol aún se filtra;

como difuntas creencias convocadas
presto y vehemente no se produjeran
para de nuevo teñir la neutra faz

que voy por los caminos demostrando,
y como si otro ser, ya no aquel
habitante de mí hace tantos años,

pasara a comandar mi voluntad
que, ya de sí voluble, se cerraba
semejante a esas flores reticentes

en sí mismas abiertas y cerradas;
como si un don tardío ya no fuera
apetecible, despreciando más bien,

bajé los ojos, incurioso, laso,
desdeñando recoger la cosa ofrendada
que se abría gratuita a mi ingenio.

La más estricta tiniebla ya se había posado
sobre el camino de Minas, pedregoso,
y la máquina del mundo, repelida,

se fue recomponiendo poco a poco,
mientras yo, aquilatando lo que había perdido,
seguía vagaroso, con las manos pendientes.

de Claro enigma, 1951

Carlos Drummond de Andrade (Itabira, 1902-Río de Janeiro, 1987), El País, Montevideo, 26 de diciembre de 2014
Versión de Alfredo Fressia
Vía Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

Nota del traductor (precede al poema y su versión en la edición de El País):

En el Canto X de Os Lusíadas, Luis Vaz de Camões (Lisboa, aprox. 1524-1580) inicia el relato del retorno a Portugal de su héroe, Vasco da Gama. En el camino, Venus premia al héroe y a sus marineros por su triunfo en las Indias con una “isla del amor” habitada por ninfas. Una de ellas, Tetis, lleva a Gama a una cumbre donde le muestra la platónica, prístina “Máquina del Mundo”. Es un globo, “Uniforme, perfecto, en sí sostenido”, brilla desde el centro hasta la superficie y reproduce toda la mecánica celeste, lo que fue y lo que será. El héroe ve entonces “lo que no puede [ver] la vana ciencia/ de los errados y míseros mortales”.
Es uno de los momentos altos (y lo de altos va en varios sentidos) del poema de Camões. Si para muestra basta un botón, sirvan estas estancias (79 y 80) que traduzco, situadas en el comienzo del discurso de Tetis:

                   (…)
                   Dice la Diosa: “El modelo, reducido
                   en pequeño volumen, aquí te doy
                   del Mundo a tus ojos para que veas
                   por dónde vas e irás y qué deseas.

                   Ves aquí la gran Máquina del Mundo,
                   etérea y elemental, que fabricada
                   así fue del Saber, alto y profundo,
                   que es sin principio y meta limitada.
                   Quien cerca alrededor este rotundo
                   globo y su superficie tan limada
                   es Dios: mas lo que es Dios nadie lo entiende,
                   que a tanto el genio humano no se extiende.”

En 1951 Carlos Drummond de Andrade (Itabira, Minas Gerais, 1902-1987) publica el libro Claro enigma, un grupo de poemas en explícita sintonía con los clásicos (Camões entre otros), bajo el epígrafe de Paul Valéry “Les événements m’ennuient” (“los acontecimientos me aburren”). En este libro aparecerá el poema “La máquina del mundo” (así, con minúscula), que establece inmediatamente un diálogo con la Máquina del Mundo de Camões y sin duda con la Divina Comedia, de la que reproduce la estructura en tercetos, con la métrica de las terzas de Dante (lo que la prosodia española llama “endecasílabos” y la portuguesa llama “decasílabos”).
Pero si Vasco da Gama y Dante conocían durante su marcha una revelación y llegaban al Paraíso y a Lisboa, el hombre que anda por este camino de Minas Gerais -la tierra natal de Drummond-, también en viaje inhóspito (el camino pedregoso, como la selva oscura o las tormentas promovidas por los dioses enemigos), es más bien el hombre laico, que en medio del siglo XX resulta incapaz de aceptar la revelación de la máquina del mundo, la que sin embargo se presenta en medio del camino y enseña “la naturaleza mítica de las cosas”.
El poema guarda en buena medida el lenguaje clásico. El hombre cansado está “laso”, e, indiferente, es “incurioso”. Pero la marcha del hombre de Drummond, en estos endecasílabos blancos, acaba en un fracaso, o en una caminata sin sentido conocido ni “derrotero” por el sendero pedregoso de Minas Gerais.
Se trata de un poema difícil y, sin embargo, tan claro como el oxímoron del Claro Enigma que es el nombre del libro que lo contiene. Exige bastante del lector, como suele hacerlo la poesía, y tal vez se acceda realmente a él después de varias lecturas. Esos días en que los lectores estamos “lasos” e “incuriosos”, es mejor que nos abstengamos de la lectura. Va recomendada en cambio para quien quiera penetrar en lo mejor de la lírica en idioma portugués, y entrever, quizás, la “máquina del mundo”.
Obra canónica, si las hay, el poema conoció otras traducciones al español, pero esta que ofrece El País Cultural, además de intentar superar algunos posibles errores, tiende a la literalidad justamente porque se presenta junto al original, con la intención de oír al otro y, dentro de lo posible, de invitar al lector a aventurarse en él y con él. El camino puede ser arduo, pero éste no resultará “pedregoso”.



A MÁQUINA DO MUNDO

E como eu palmilhasse vagamente
uma estrada de Minas, pedregosa,
e no fecho da tarde um sino rouco

se misturasse ao som de meus sapatos
que era pausado e seco; e aves pairassem
no céu de chumbo, e suas formas pretas

lentamente se fossem diluindo
na escuridão maior, vinda dos montes
e de meu próprio ser desenganado,

a máquina do mundo se entreabriu
para quem de a romper já se esquivava
e só de o ter pensado se carpia.

Abriu–se majestosa e circunspecta,
sem emitir um som que fosse impuro
nem um clarão maior que o tolerável

pelas pupilas gastas na inspeção
contínua e dolorosa do deserto,
e pela mente exausta de mentar

toda uma realidade que transcende
a própria imagem sua debuxada
no rosto do mistério, nos abismos.

Abriu–se em calma pura, e convidando
quantos sentidos e intuições restavam
a quem de os ter usado os já perdera

e nem desejaria recobrá–los,
se em vão e para sempre repetimos
os mesmos sem roteiro tristes périplos,

convidando–os a todos, em coorte,
a se aplicarem sobre o pasto inédito
da natureza mítica das coisas,

assim me disse, embora voz alguma
ou sopro ou eco ou simples percussão
atestasse que alguém, sobre a montanha,

a outro alguém, noturno e miserável,
em colóquio se estava dirigindo:
“ O que procuraste em ti ou fora de

teu ser restrito e nunca se mostrou,
mesmo afetando dar–se ou se rendendo,
e a cada instante mais se retraindo,

olha, repara, ausculta: essa riqueza
sobrante a toda pérola, essa ciência
sublime e formidável, mas hermética,

essa total explicação da vida,
esse nexo primeiro e singular,
que nem concebes mais, pois tão esquivo

se revelou ante a pesquisa ardente
em que te consumiste ... vê, contempla,
abre teu peito para agasalhá–lo.”

As mais soberbas pontes e edifícios,
o que nas oficinas se elabora,
o que pensado foi e logo atinge

distância superior ao pensamento,
os recursos da terra dominados,
e as paixões e os impulsos e os tormentos

e tudo que define o ser terrestre
ou se prolonga até nos animais
e chega às plantas para se embeber

no sono rancoroso dos minérios,
dá volta ao mundo e torna a se engolfar
na estranha ordem geométrica de tudo,

e o absurdo original e seus enigmas,
suas verdades altas mais que todos
monumentos erguidos à verdade;

e a memória dos deuses, e o solene
sentimento de morte, que floresce
no caule da existência mais gloriosa,

tudo se apresentou nesse relance
e me chamou para seu reino augusto,
afinal submetido à vista humana.

Mas, como eu relutasse em responder
a tal apelo assim maravilhoso,
pois a fé se abrandara, e mesmo o anseio,

a esperança mais mínima — esse anelo
de ver desvanecida a treva espessa
que entre os raios do sol ainda se filtra;

como defuntas crenças convocadas
presto e fremente não se produzissem
a de novo tingir a neutra face

que vou pelos caminhos demonstrando,
e como se outro ser, não mais aquele
habitante de mim há tantos anos,

passasse a comandar minha vontade
que, já de si volúvel, se cerrava
semelhante a essas flores retincentes

em si mesmas abertas e fechadas;
como se um dom tardio já não fora
apetecível, antes despiciendo,

baixei os olhos, incurioso, lasso,
desdenhando colher a coisa oferta
que se abria gratuita a meu engenho.

A treva mais estrita já pousara
sobre a estrada de Minas, pedregosa,
e a máquina do mundo, repelida,

se foi miudamente recompondo,
enquanto eu, avaliando o que perdera,
seguia vagaroso, de mãos pensas.

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