martes, septiembre 07, 2021

Jorge Leonidas Escudero / Cuatro poemas



Elegidos por Javier Cófreces y Jorge Aulicino en el centésimo primer aniversario de Jorge Leonidas Escudero

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Lavanderita

Chit, chit, le dije,
y perdió el equilibrio:
de la soga de tender cayó a mi vida.

Venía yo grave descifrando arena
escrita por la cola de las lagartijas,
venía revolviendo la nuez de la garganta
en el mar de la siesta,
registrando debajo de cada yuyo,
bajo cada piedra;
y chit, chit, la tomé de las alitas.

Donde setiembre pasa por lo álamos
se me escapó al volver la cabeza,
y aunque mi chistido encarga,
no encuentra lavanderita.

Pero ando,
y va perder pie alguna.

La raíz de la roca, 1970


La enfermita

Se me ha resentido la memoria
hasta el punto que hoy anda indecisa,
con paso tembloroso,
sumamente corta de vista.

Le compré un tónico pero es inútil.
La causa de su enflaquecimiento
seguramente radica en el hígado,
o tal vez en los hipocondrios donde creo
está el origen de mi alejamiento del mundo.

Como ahora yo estoy recogiendo mis bártulos
entonces dirá ella ¿para qué éste me quiere gorda?,
¿para qué si cada día me necesita menos?

Tiene razón; pero resulta indignante
cuando le pregunto el nombre de un amigo
al que acabo de saludar
y ella da vuelta la cara mirando hacia otra parte.

Elucidario, 1992


Invierno

En cuanto ella me de soslayo miró
bajó la vista y yo también en cuanto
la miré bajé los ojos
Llegó el mozo e un vaso de vino pedí, ella
pidió no sé.
Entonces nos miramos pero sin saludo,
como a distancia de tres mesas, mudos
como correspondía. ¿Y? Bueno,
para qué.
Tomé un trago y en cuanto
hacía frío de tiempo lógico
salí de haberla visto haciéndome el duro,
esforzándome para no renguear.


El empecinao

Aquí anduvo un tozudo hombre buscando,
en esta altivez de los cerros sanjuaninos,
el fabuloso tesoro que cuentan
era para el rescate del inca Atahualpa: siete
cogotes de guanaco pupudos de oro.

Muchos años vino a buscar tal riqueza
y se le puso la barba blanca de no encontrarla;
pero firme en su idea
no cejaba de llevarla entre ceja y ceja.

Nos hicimos amigos y en mis adentros
lo bauticé El Empecinao, justamente
porque cada vez que me lo topaba en el cerro
me hablaba de su sueño y sonreía feliz.

Pero el verano este ya no vino
y el anterior tampoco.
Sospecho que murió directamente
o algo peor todavía, que se desempecinó,
y al perder la alegría de buscar el tesoro
quedó muerto en vida.

Verlas venir, 2002

Jorge Leonidas Escudero (San Juan, Argentina, 1920-2016)

Poesía completa
Ediciones en Danza, 
Buenos Aires, 2011










Foto: Jorge Leonidas Escudero, San Juan, Argentina, 2011 Gentileza Ediciones en Danza

1 comentario:

mirtha lucìa makianich dijo...

¿Qué podría yo decir? Nada que pudiera estar medianamente a la altura de. GRACIAS por traerlo.