martes, diciembre 13, 2011

W. H. Auden / En homenaje a la piedra caliza




En homenaje a la piedra caliza

Si forma el único paisaje que nosotros, seres inconstantes,
consistentemente añoramos, esto se debe en gran parte
a que de disuelve en el agua. Fíjate en estas cuestas redondeadas
con su fragancia a tomillo en la superficie y, debajo,
un sistema secreto de cavernas y conductos; oye los manantiales
que con una risa ahogada brotan por doquier,
cada uno con su estanque privado para sus peces, o que tallan
su propia pequeña barranca, cuyos acantilados entretienen
a la mariposa y al lagarto; examina esta región
de breves distancias y lugares concretos;
¿qué otro lugar podría parecerse más a Madre, qué mejor entorno
para su hijo, el galanteador varón que holgazanea,
recostado contra una roca bajo el sol, sin dudar nunca
de que, a pesar de sus defectos, es amado, y que sus actos son sólo
extensiones de su habilidad para cautivar? Desde el afloramiento erosionado
hasta el templo en la cima, desde las surgentes aguas hasta
las conspicuas fuentes, desde el salvaje hasta el formal viñedo
hay pasos ingeniosos, aunque cortos, que un niño deseoso
de recibir más atención que sus hermanos puede fácilmente dar, ya sea
complaciendo o fastidiando.

Observa, entonces, la pandilla de rivales que suben y bajan
por los empinados pasajes de piedra en grupos de dos o tres, a veces
tomados del brazo, pero nunca, gracias a Dios, marcando el paso;
o que se demoran en el lado umbrío de una plaza al mediodía, entregados
a la voluble charla; se conocen demasiado bien para pensar
que pueda haber secretos importantes, incapaces
de concebir un dios cuyos berrinches sean morales
y no puedan ser apaciguados por una frase feliz
o el buen sexo: porque acostumbrados a la piedra que responde,
nunca tuvieron que cubrirse el rosto con un velo, ni temieron
a un cráter cuya flameante furia no pudiera aplacarse;
ajustados a las necesidades locales de los valles
donde todo puede tocarse o alcanzarse a pie,
sus ojos jamás han contemplado el espacio infinito
a través del enrejado del peine de un nómada; habiendo nacido afortunados,
sus piernas nunca tropezaron con los hongos
e insectos de la jungla, las formas y vidas monstruosas
con las que nos gusta creer que nada compartimos.
Por eso, cuando uno de ellos se echa a perder, la forma en que le
   trabaja la mente
sigue siendo comprensible: convertirse en alcahuete,
traficar en joyas falsas o arruinar una buena voz de tenor
para lograr efectos que hagan que el teatro se venga abajo podría
   pasarle a cualquiera de nosotros,
excepto a los mejores o a los peores...

                                      Es por eso, supongo,
que ni los mejores ni los peores se quedaron aquí mucho tiempo,
   sino que buscaron
suelos inmoderados donde la belleza no fuera tan externa,
la luz menos pública, y el significado de la vida
algo más que una exclamación afeminada. "¡Ven!" exclamaron los
   desiertos de granito,
"¡Cuán evasivo es tu humor, cuán accidental
tu más amable beso, cuán permanente la muerte!". (Los futuros santos
se escabulleron, suspirando.) "¡Ven!" ronronearon las arcillas y las gravas,
"En nuestras llanuras hay lugar para que se entrenen los ejércitos: ríos
que esperan ser domesticados y esclavos que aguardan para
   construirte un sepulcro
en gran estilo: blanda como la tierra es la humanidad y ambas
necesitan ser alteradas". (Los administrativos Césares se levantaron y
se fueron, danto un portazo.) Pero los verdaderamente temerarios
   fueron llamados
por una voz más vieja y fría, el susurro oceánico:
"Yo soy la soledad que no pide ni promete nada;
así habré de hacerlos libres. El amor no existe;
solo existen las diversas envidias, todas lamentables".

Estaban en los cierto, mi querido, todas esas voces estaban en lo cierto.
Y aún lo están; esta tierra no es el hogar dulce que parece,
ni es su paz la histórica calma de un sitio
donde algo quedó decidido de una vez por todas: una provincia
atrasada y desmantelada, conectada
con el bullicioso gran mundo por un túnel, con una cierta
sórdida atracción, ¿es eso todo lo que queda? No exactamente:
tiene un deber mundano que, a pesar de sí misma
no descuida, pero pone en duda
todo lo que las Grandes Potencias dan por sentado; perturba
   nuestros derechos. El poeta,
admirado por su hábito honesto de llamar
sol al sol, y a su mente Enigma, siente desazón
ante estas estatuas de mármol que tan obviamente dudan
de su antimitológico mito; y estos pilluelos
que acosan al científico por la columnata azulejada
con tan vivaces ofertas, reprochan su interés por los aspectos
más remotos de la Naturaleza: yo, también, siento el reproche,
como tú bien sabes,
y cuánto sabes. No perdamos tiempo, que no nos atrapen,
no nos quedemos atrás, y, ¡por favor! no nos parezcamos
a las bestias que se repiten, o algo como el agua
o la piedra, cuyo comportamiento puede predecirse: tal
es nuestra liturgia, cuyo mayor consuelo es la música
que puede hacerse en cualquier parte, es invisible,
y no tiene olor. En la medida que debemos considerar
la muerte como un hecho, sin duda estamos en lo cierto.
Pero si hay perdón para los pecados, si los cuerpos se levantan de la muerte,
estas modificaciones en la materia en
atletas inocentes y gesticulantes fuentes,
hechos solo para el placer, dicen algo más:
a los benditos no les importará el ángulo del que se los mire,
pues nada tienen que ocultar. Querido, yo no sé nada de
una ni otra cosa, pero cuando intento imaginar un amor perfecto
o la vida que vendrá, lo que oigo es el murmullo
de corrientes subterráneas; lo que veo, un paisaje de piedra caliza.

                                      Mayo de 1948

W. H. Auden (York, 1907- Viena, 1973), Los Estados Unidos, y después. Poesía selecta 1939-1973, selección y traducción de Rolando Costa Picazo, Ediciones Activo Puente, Buenos Aires, 2009


In Praise of Limestone

If it form the one landscape that we, the inconstant ones,
     Are consistently homesick for, this is chiefly
Because it dissolves in water. Mark these rounded slopes
     With their surface fragrance of thyme and, beneath,
A secret system of caves and conduits; hear the springs
     That spurt out everywhere with a chuckle,
Each filling a private pool for its fish and carving
     Its own little ravine whose cliffs entertain
The butterfly and the lizard; examine this region
     Of short distances and definite places:
What could be more like Mother or a fitter background
     For her son, the flirtatious male who lounges
Against a rock in the sunlight, never doubting
     That for all his faults he is loved; whose works are but
Extensions of his power to charm? From weathered outcrop
     To hill-top temple, from appearing waters to
Conspicuous fountains, from a wild to a formal vineyard,
     Are ingenious but short steps that a child's wish
To receive more attention than his brothers, whether
     By pleasing or teasing, can easily take.

Watch, then, the band of rivals as they climb up and down
     Their steep stone gennels in twos and threes, at times
Arm in arm, but never, thank God, in step; or engaged
     On the shady side of a square at midday in
Voluble discourse, knowing each other too well to think
     There are any important secrets, unable
To conceive a god whose temper-tantrums are moral
     And not to be pacified by a clever line
Or a good lay: for accustomed to a stone that responds,
     They have never had to veil their faces in awe
Of a crater whose blazing fury could not be fixed;
     Adjusted to the local needs of valleys
Where everything can be touched or reached by walking,
     Their eyes have never looked into infinite space
Through the lattice-work of a nomad's comb; born lucky,
     Their legs have never encountered the fungi
And insects of the jungle, the monstrous forms and lives
     With which we have nothing, we like to hope, in common.
So, when one of them goes to the bad, the way his mind works
     Remains incomprehensible: to become a pimp
Or deal in fake jewellery or ruin a fine tenor voice
     For effects that bring down the house, could happen to all
But the best and the worst of us...
                                             
                                             That is why, I suppose,
     The best and worst never stayed here long but sought
Immoderate soils where the beauty was not so external,
     The light less public and the meaning of life
Something more than a mad camp. 'Come!' cried the granite wastes,
     "How evasive is your humour, how accidental
Your kindest kiss, how permanent is death." (Saints-to-be
     Slipped away sighing.) "Come!" purred the clays and gravels,
"On our plains there is room for armies to drill; rivers
     Wait to be tamed and slaves to construct you a tomb
In the grand manner: soft as the earth is mankind and both
     Need to be altered." (Intendant Caesars rose and
Left, slamming the door.) But the really reckless were fetched
     By an older colder voice, the oceanic whisper:
"I am the solitude that asks and promises nothing;
     That is how I shall set you free. There is no love;
There are only the various envies, all of them sad."

     They were right, my dear, all those voices were right
And still are; this land is not the sweet home that it looks,
     Nor its peace the historical calm of a site
Where something was settled once and for all: A back ward
     And dilapidated province, connected
To the big busy world by a tunnel, with a certain
     Seedy appeal, is that all it is now? Not quite:
It has a worldy duty which in spite of itself
     It does not neglect, but calls into question
All the Great Powers assume; it disturbs our rights. The poet,
     Admired for his earnest habit of calling
The sun the sun, his mind Puzzle, is made uneasy
     By these marble statues which so obviously doubt
His antimythological myth; and these gamins,
     Pursuing the scientist down the tiled colonnade
With such lively offers, rebuke his concern for Nature's
     Remotest aspects: I, too, am reproached, for what
And how much you know. Not to lose time, not to get caught,
     Not to be left behind, not, please! to resemble
The beasts who repeat themselves, or a thing like water
     Or stone whose conduct can be predicted, these
Are our common prayer, whose greatest comfort is music
     Which can be made anywhere, is invisible,
And does not smell. In so far as we have to look forward
     To death as a fact, no doubt we are right: But if
Sins can be forgiven, if bodies rise from the dead,
     These modifications of matter into
Innocent athletes and gesticulating fountains,
     Made solely for pleasure, make a further point:
The blessed will not care what angle they are regarded from,
     Having nothing to hide. Dear, I know nothing of
Either, but when I try to imagine a faultless love
     Or the life to come, what I hear is the murmur
Of underground streams, what I see is a limestone landscape.
                                             May 1948

Ilustración: Sources Rievaulx Abbey, Yorkshire, c. 1825, J.M.W. Turner

1 comentario:

  1. Sé que comenté ayer, pero debo decir que vivo en una ciudad que se llama la ciudad de piedra caliza y esta poesía me habla a mi, o, si está una expresión inglesa, pues, quiero decir que me conmueve.

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