martes, julio 13, 2021

Seamus Heaney / Muerte de un naturalista



Todo el año el barrial que empapaba el lino ulceraba en el corazón
el pueblo; verde y pesado
el lino se había podrido ahí, aplastado por enormes terrones.
achicharrado a diario bajo el severo sol.
Las burbujas hacían gárgaras delicadamente, las moscas azules
tejían una poderosa gasa de sonido alrededor del olor.
Había  libélulas, mariposas moteadas,
pero lo mejor de todo era la baba cálida y espesa
de los huevos de rana que crecían como agua coagulada
a la sombra de las orillas. Allí, cada primavera
yo llenaba tarros de mermelada con las gelatinosos
manchitas para ordenarlos en los alféizares de casa,
o en los estantes de la escuela, y esperaba y observaba hasta que
aquellos puntos engordaban y explotaba en ágiles
renacuajos nadadores. Miss Walls nos explicaba por qué
la rana papá se llamaba rana toro
y cómo croaba, y por qué la mamá rana
ponía cientos de huevecillos que eran los
huevos de la rana. Podías predecir el tiempo por las ranas también,
porque se ponían amarillas con el sol y marrones
con la lluvia.

Luego, un día caluroso, cuando los campos hedían
a bosta de vaca entre el pasto, las ranas airadas
invadieron el barrial; me agaché entre los setos
atraído por un rudo croar que no había oído
antes. El aire estaba denso por un coro de bajos.
Justo bajo la presa había ranas panzonas alerta
sobre los terrones; sus cuellos flojos se hinchaban como velas. Algunas saltaban:
los chapoteos y hundimientos eran obscenas amenazas. Algunas quietas,
serenas como granadas de lodo, con sus cabezas chatas, pedorreaban.
Sentí náuseas, me di vuelta y corrí. Los grandes reyes del limo
se habían reunido allí para vengarse, y yo sabía
que si hundía la mano, los huevos la atraparían.

Seamus Heaney  (Bellaghy, cerca de Castledawson, Irlanda del Norte, 1939-Dublin, 2013), Death of a Naturalist, Faber & Faber, Londres, 1966
Traducción de Jorge Fondebrider




Death of a Naturalist

All year the flax-dam festered in the heart
Of the townland; green and heavy headed
Flax had rotted there, weighted down by huge sods.
Daily it sweltered in the punishing sun.
Bubbles gargled delicately, bluebottles
Wove a strong gauze of sound around the smell.
There were dragonflies, spotted butterflies,
But best of all was the warm thick slobber
Of frogspawn that grew like clotted water
In the shade of the banks. Here, every spring
I would fill jam potfuls of the jellied
Specks to range on window sills at home,
On shelves at school, and wait and watch until
The fattening dots burst, into nimble
Swimming tadpoles. Miss Walls would tell us how
The daddy frog was called a bullfrog
And how he croaked and how the mammy frog
Laid hundreds of little eggs and this was
Frogspawn. You could tell the weather by frogs too
For they were yellow in the sun and brown
In rain.

Then one hot day when fields were rank
With cowdung in the grass the angry frogs
Invaded the flax-dam; I ducked through hedges
To a coarse croaking that I had not heard
Before. The air was thick with a bass chorus.
Right down the dam gross bellied frogs were cocked
On sods; their loose necks pulsed like sails. Some hopped:
The slap and plop were obscene threats. Some sat
Poised like mud grenades, their blunt heads farting.
I sickened, turned, and ran. The great slime kings
Were gathered there for vengeance and I knew
That if I dipped my hand the spawn would clutch it.

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