miércoles, enero 18, 2017

Ron Padgett / Dos poemas















Oferta

Supón que encuentras una oferta tan increíble
que por un instante te quedas inmóvil, aturdido
incapaz de creer que esa cosa pueda
venderse a un precio tan bajo: eso es lo que ocurre
cuando naces, y mientras los años pasan
el precio sube y sube hasta que, cerca del final
de tu vida, es tan alto que te quedas tumbado ahí
aturdido para siempre.


Cafetería

Las grandes tazones de café del desayuno en Francia,
las pesadas tazas de porcelana en los viejos “diners” americanos,
las desechables tazas marrones de plástico en los vestíbulos de los moteles,

la sensación de que deberías beberte la taza entera,
el leve resentimiento que te invade por sentir lo que sientes,
la perplejidad con que te preguntas por qué lo haces entonces,

la gratitud hacia el que hace el café,
la decisión de no tomar una tercera taza gratis,
la sorpresa ante una taza de café verdaderamente malo,

el modo en que solía costar un centavo, después siete centavos, después diez,
y ahora, en cualquier lugar, de sesenta a tres dólares con setenta y cinco,
a veces un poco más si es descafeinado,

su huella marrón secándose en el borde de la taza,
la pequeña cantidad que ha quedado en el fondo,
el resto chapoteando dentro de ti,

enviando su estímulo a través de tubos
en tu cuerpo, hola, vámonos, se nos ha hecho tarde,
¿tienes las llaves?, oh, dios, no encuentro mi billetera.

Ron Padgett (Tulsa, Estados Unidos, 1942), Collected Poems, Coffee House Press, Minneapolis, 2013.
Versiones de Jonio González


BARGAIN HUNT

Suppose you found a bargain so incredible
you stood there stunned for a moment
unable to believe that this thing could be
for sale at such a low price: that is what happens
when you are born, and as the years go by
the price goes up and up until, near the end
of your life, it is so high that you lie there
stunned forever.


COFFEE CORNER

The large bowls of coffee at breakfast in France,
the heavy porcelain cups in old American diners,
the disposable brown plastic cups in motel lobbies,

the feeling that you ought to drink the entire cup,
the slight resentment you feel at feeling this way,
the wondering why you do it then,

the gratitude for someone’s making the coffee,
the decision not to have a third free refill,
the surprise of a really bad cup of coffee,

the way it used to cost a nickel, then seven cents, then ten,
and now anywhere from sixty cents to three seventy-five,
sometimes a little more for decaffeinated,

the brown print of it drying on the cup’s lip,
the small amount left in the bottom,
the rest of it sloshing inside you,

sending its stimulation through tubes
in your body, hello, let’s go, we’re late, do
you have the keys, oh god I can’t find my wallet.



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