lunes, enero 02, 2017

T.S. Eliot / La canción de amor de J. Alfred Prufrock

   

  











          S’io credesse che mia risposta fosse
          A persona che mai tornasse al mondo,
          Questa fiamma staria senza piu scosse.
          Ma perciocchè giammai di questo fondo
          Non tornò vivo alcun, s’i’odo il vero,
          Senza tema d’infamia ti rispondo. (*)


Hora de irnos, tú y yo,
pues la tarde se tiende contra el cielo
como un anestesiado en una plancha.
Hora de irnos por las calles más o menos desiertas,
murmurantes refugios
de noches ajetreadas en hoteles de paso
y fondas de aserrín y conchas de ostras;
calles que se prolongan como un árido
debate con perversas intenciones
para llevarte a algún dilema abrumador...
Por favor, no preguntes: "¿Qué sucede?"
Hora de ir a nuestro compromiso.

Las mujeres deambulan por el cuarto
mientras conversan sobre Miguel Ángel.

La neblina amarilla que se rasca la espalda en las ventanas,
la humareda amarilla que restriega el hocico en las ventanas,
metió su lengua húmeda en las esquinas del atardecer,
se entretuvo en los charcos de las alcantarillas,
dejó que le cayese en la espalda el hollín de chimeneas,
cruzó por la terraza, dio un salto inesperado
y al ver que era una noche apacible de octubre.
rondó la casa y se quedó dormida.

Y claro que habrá tiempo
para aquella humareda que se va deslizando por la calle,
rascándose la espalda en las ventanas.
Habrá tiempo, habrá tiempo
de preparar un rostro para afrontar los rostros que uno afronta.
Tiempo de asesinar y de crear,
y tiempo para todos los días y tareas de las manos
que levantan y dejan caer sobre su plato una pregunta.
Un tiempo para ti y un tiempo para mí.
y tiempo para cien indecisiones,
visiones, revisiones,
antes del pan tostado y de tomar el té.

Las mujeres deambulan por el cuarto
mientras conversan sobre Miguel Ángel.

Y claro que habrá tiempo
para pensar "¿Seré capaz?", "¿Seré capaz?"
Tiempo de arrepentirse y bajar la escalera
con una calva en plena coronilla.
(Y dirán: "¡Cómo está perdiendo pelo!")
Mi levita, mi cuello que sube con firmeza hasta el mentón;
mi corbata, vistosa aunque modesta, afirmada con sólo un alfiler.
(Y dirán: "Esos brazos y piernas, ¡qué delgados!")
¿Seré capaz
de perturbar al universo entero?
En un minuto hay tiempo
de tomar decisiones y de hacer revisiones que un minuto
     habrá de revertir.


Pues las conozco, las conozco;
ya conozco las noches, las mañanas, las tardes;
he medido mi vida a cucharadas.
Ya conozco las voces que fallecen de una mortal caída,
debajo de la música del cuarto más distante.
     ¿Cómo podría dar nada por sentado?
Y conozco los ojos, los conozco,
los ojos que te clavan en una frase hecha,
y ya hecho, prendido de alfileres,
clavado y retorcido en la pared,
¿cómo podría comenzar, entonces,
a arrojar las colillas de mis horas y normas?
     ¿Cómo, entonces, dar nada por sentado?


Y conozco los brazos, los conozco,
brazos con brazaletes, blancos y descubiertos
(pero bajo la lámpara, con vello café claro).
¿Podría ser el perfume de un vestido
lo que me hace divagar así?
Brazos en una mesa o envueltos en un chal.
     ¿Debo, entonces, dar nada por sentado?
     ¿Cómo hacerlo, de entrada?

***

¿Debo decir que he andado por entre callejuelas
     cuando la noche cae,
y contemplando el humo que sube de las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa que se asoman
     a través de las ventanas?

Yo debí ser dos garras que, con filo mellado,
barrenan el fondo de mares silenciosos.

***

Y la tarde, el crepúsculo, ¡duerme tan apacible!
Acariciada por esbeltos dedos,
dormida... fatigada... fingiendo estar enferma,
estirada en el piso, junto a ti y junto a mí.
¿Podría -tras el té, los pasteles y helados-
tener la fortaleza de orillar el momento hasta su crisis?
Aunque lloré en ayunas, aunque lloré y recé.
aunque vi mi cabeza (un poco calva) puesta en una charola,
no soy ningún profeta, y no tiene importancia;
he visto mi momento de gloria disiparse,
el eterno Lacayo que sostenía mi abrigo entre risitas
y, en resumidas cuentas, tuve miedo.

Después de todo, ¿habría valido así la pena,
ya después de las tazas, del té y la mermelada,
entre la loza fina, entre una charla sobre tú y yo;
habría valido, pues, así la pensa
zanjar de tajo la cuestión, sonriendo,
meter el universo en una bola
y arrojársela a algún dilema abrumador,
y decir: "Yo soy Lázaro, vengo de entre los muertos,
vango a contarles todo, les voy a contar todo...",
si alguna, acomodándose
     la almohada en la cabeza, dijera: "No, no es eso
     lo que quise decir; no es eso en absoluto"?

Después de todo, ¿habría valido así la pena?
¿Acaso habría valido así la pena,
después de los crepúsculos, los patios delanteros y las
     calles mojadas,
después de las novelas, de las tazas de té, de las faldas
     que arrastran por el suelo...
¡Imposible decir exactamente lo que quiero decir!
Como si una linterna mágica proyectase los nervios
     en dibujos sobre una pantalla,
¿acaso habría valido asi la pena
si alguna, acomodándose una almohada o tirando su chal,
mirando a la ventana, hubiese dicho:
     "No es eso, en absoluto; no, no es eso
     lo que quise decir"?

***

¡No! Yo no soy ni estaba destinado a ser Hamlet;
soy de la comitiva, uno que basta y sobra
para engordar la trama, arrancar una escena o tal vez dos,
aconsejar al príncipe; un títere a la mano,
sin duda, comedido, dichoso de ser útil,
diplomático, cauto, escrupuloso;
lleno de grandes frases, aunque algo testarudo;
a veces, en verdad, casi ridículo
y casi, por momentos, el Bufón.

Envejezco... Envejezco...
Llevaré el pantalón arremangado.

¿Debo prestarme pelo? ¿Seré capaz, realmente, de morder
     un durazno?
Llevaré pantalones de franela y andaré por la playa.
He oído a las sirenas cantándose entre sí.

Yo no creo que vayan a cantarme.

Mar adentro las vi cabalgando las olas,
peinar el pelo blanco de olas encrespadas
cuando el viento que sopla sobre el agua la torna
     blanca y negra.

En los cuartos del mar permaneceremos
con muchachas del mar mar ceñidas de algas rojas y café,
hasta que nos despierten unas voces humanas y, entonces,
     nos ahogamos.

T. S. Eliot (St. Louis, Estados Unidos, 1888-Londres, 1965), La canción de amor de J. Alfred Prufrock, versión de Hernán Bravo Varela, Colección El Oro de los Tigres V, Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2015

(*) Dante Alighieri, Divina Commedia, Canto XXVII de "Inferno", parlamento de Guido da Montefeltro, uno de los jefes de la facción gibelina, opuesta al papado, quien habla convulso desde dentro de una llama en el Octavo Círculo, el de los fraudulentos. La traducción más o menos literal es: Si creyese que mi respuesta fuese/ a una persona que volviera al mundo,/ esta llama ya no se agitaría. /Pero como jamás desde este fondo/ regresó vivo alguno -si es cierto lo que oigo- /sin temor a la infamia te respondo. (Nota del Administrador)


The Love Song of J. Alfred Prufrock

          S’io credesse che mia risposta fosse
          A persona che mai tornasse al mondo,
          Questa fiamma staria senza piu scosse.
          Ma perciocchè giammai di questo fondo
          Non tornò vivo alcun, s’i’odo il vero,
          Senza tema d’infamia ti rispondo.

Let us go then, you and I,
When the evening is spread out against the sky
Like a patient etherized upon a table;
Let us go, through certain half-deserted streets,
The muttering retreats
Of restless nights in one-night cheap hotels
And sawdust restaurants with oyster-shells:
Streets that follow like a tedious argument
Of insidious intent
To lead you to an overwhelming question. . .
Oh, do not ask, "What is it?"
Let us go and make our visit.

In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

The yellow fog that rubs its back upon the window-panes
The yellow smoke that rubs its muzzle on the window-panes
Licked its tongue into the corners of the evening
Lingered upon the pools that stand in drains,
Let fall upon its back the soot that falls from chimneys,
Slipped by the terrace, made a sudden leap,
And seeing that it was a soft October night
Curled once about the house, and fell asleep.

And indeed there will be time
For the yellow smoke that slides along the street,
Rubbing its back upon the window-panes;
There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
And time for all the works and days of hands
That lift and drop a question on your plate;
Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions
And for a hundred visions and revisions
Before the taking of a toast and tea.

In the room the women come and go
Talking of Michelangelo.

And indeed there will be time
To wonder, "Do I dare?" and, "Do I dare?"
Time to turn back and descend the stair,
With a bald spot in the middle of my hair—
[They will say: "How his hair is growing thin!"]
My morning coat, my collar mounting firmly to the chin,
My necktie rich and modest, but asserted by a simple pin—
[They will say: "But how his arms and legs are thin!"]
Do I dare
Disturb the universe?
In a minute there is time
For decisions and revisions which a minute will reverse.

For I have known them all already, known them all;
Have known the evenings, mornings, afternoons, 
I have measured out my life with coffee spoons;
I know the voices dying with a dying fall
Beneath the music from a farther room.
So how should I presume?

And I have known the eyes already, known them all—
The eyes that fix you in a formulated phrase,
And when I am formulated, sprawling on a pin,
When I am pinned and wriggling on the wall,
Then how should I begin
To spit out all the butt-ends of my days and ways?
And how should I presume?

And I have known the arms already, known them all—
Arms that are braceleted and white and bare
[But in the lamplight, downed with light brown hair!]
Is it perfume from a dress
That makes me so digress?
Arms that lie along a table, or wrap about a shawl.
And should I then presume?
And how should I begin?
. . . . .

Shall I say, I have gone at dusk through narrow streets
And watched the smoke that rises from the pipes
Of lonely men in shirt-sleeves, leaning out of windows? . . .

I should have been a pair of ragged claws
Scuttling across the floors of silent seas.
. . . . .

And the afternoon, the evening, sleeps so peacefully!
Smoothed by long fingers,
Asleep . . . tired . . . or it malingers,
Stretched on the floor, here beside you and me.
Should I, after tea and cakes and ices,
Have the strength to force the moment to its crisis?
But though I have wept and fasted, wept and prayed,
Though I have seen my head (grown slightly bald) brought in upon a platter,
I am no prophet–and here's no great matter;
I have seen the moment of my greatness flicker,
And I have seen the eternal Footman hold my coat, and snicker,
And in short, I was afraid.

And would it have been worth it, after all,
After the cups, the marmalade, the tea,
Among the porcelain, among some talk of you and me,
Would it have been worth while,
To have bitten off the matter with a smile,
To have squeezed the universe into a ball
To roll it toward some overwhelming question,
To say: "I am Lazarus, come from the dead,
Come back to tell you all, I shall tell you all"
If one, settling a pillow by her head,
Should say, "That is not what I meant at all.
That is not it, at all."

And would it have been worth it, after all,
Would it have been worth while,
After the sunsets and the dooryards and the sprinkled streets,
After the novels, after the teacups, after the skirts that trail along the floor—
And this, and so much more?—
It is impossible to say just what I mean!
But as if a magic lantern threw the nerves in patterns on a screen:
Would it have been worth while
If one, settling a pillow or throwing off a shawl,
And turning toward the window, should say:
"That is not it at all,
That is not what I meant, at all."
. . . . .

No! I am not Prince Hamlet, nor was meant to be;
Am an attendant lord, one that will do
To swell a progress, start a scene or two
Advise the prince; no doubt, an easy tool,
Deferential, glad to be of use,
Politic, cautious, and meticulous;
Full of high sentence, but a bit obtuse;
At times, indeed, almost ridiculous—
Almost, at times, the Fool.

I grow old . . . I grow old . . .
I shall wear the bottoms of my trousers rolled.

Shall I part my hair behind? Do I dare to eat a peach?
I shall wear white flannel trousers, and walk upon the beach.
I have heard the mermaids singing, each to each.

I do not think they will sing to me.

I have seen them riding seaward on the waves
Combing the white hair of the waves blown back
When the wind blows the water white and black.

We have lingered in the chambers of the sea
By sea-girls wreathed with seaweed red and brown
Till human voices wake us, and we drown.


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