jueves, octubre 06, 2016

William Carlos Williams / Paterson, 27


Libro Dos
III
Domingo en el Parque 

Mi posición ante el desafortunado lugar de la mujer en la sociedad y mis ideas con respecto a todos los cambios que hacían falta, te parecieron interesantes, ¿no es cierto?, en tanto condujeran a la literatura. Mi inclinación emocional, mi independencia de los estándares sentimentales femeninos, me permitió hacer un trabajo aceptable en poesía –todo eso estuvo bien, ¿no es cierto?– ¡eso hizo que te pusieras en guardia! Y viste en una de las primeras cartas que te envié (la que quisiste usar entonces para tu ‘Introducción’ al Paterson) un indicador de que mis ideas debían ser tomadas con seriedad, que también podías convertirlas en literatura, disociadas de la vida.
Pero cuando mi vida personal se coló, y pisoteó todo con esas mismas actitudes y sensibilidades y preocupaciones que tú hallabas tan admirables literariamente –eso fue algo diferente ¿no es cierto? Ya no eran admirables sino que por el contrario, eran deplorables, irritantes, estúpidas o de alguna manera, imperdonables; porque esas mismas ideas y sentimientos que hacen que un escritor adquiera una nueva mirada, a menudo son las que, cuando las vivimos, nos vuelven torpes, complicados, desagradecidos, extrovertidos allí donde la mayoría es reservado, y reservados donde se es extrovertido, y que hacen que uno, con mucha frecuencia, pisotee los egos sensibles de los otros como resultado de nuestra inestable sinceridad u honestidad  llevada al límite. Y que ellas sean las mismas –eso es importante, algo para ser recordado en todo momento, en especial por escritores como tú que se protegen de la vida a la intemperie con las paredes de cristal de sus vidas seguras.
Sólo mi escritura (cuando yo escribo) es yo misma; sólo eso es mi verdadero yo en cualquier modo esencial. No porque le de a la literatura y a la vida dos tipos de valores independientes e inconsistentes, como tú. No, yo no hago eso; y siento cuando alguien lo hace, la literatura queda convertida en un excremento intelectual digno de cualquier tipo de apestoso agujero.
Pero de la escritura (como en todo arte) uno obtiene su unidad de ser y la libertad para ser uno mismo, de la propia relación con las otras especialidades (lengua, cerámica, pinturas, etcétera) sobre las que tiene un control absoluto y darles forma depende por entero de la propia fuerza; mientras que al vivir darle forma a las apariencias (nuestras amistades, la estructura social, etcétera) no depende solo de nosotros sino que requiere de la cooperación y la comprensión de la humanidad de los demás para lograr lo que es mejor y más real de nosotros mismos.
Es por eso que tus elegantes comentarios sobre la necesidad femenina de ‘navegar libremente en su propio elemento’ como poeta, se convierte en retórica vacía a la luz de tu comportamiento conmigo. Ninguna mujer podrá hacerlo por completo hasta que no sea capaz,  primero, de ‘navegar libremente en su propio elemento’ viviendo –esto quiere decir, en su relación con los hombres antes de que lo haga en su relación con otras mujeres. Los miembros de cualquier clase sin privilegios desconfían y odian al ‘outsider’ que es uno de ellos y por lo tanto, las mujeres –mujeres en general– nunca estarán satisfechas con su destino hasta que la luz las ilumine, no desde ellas mismas, sino desde las transformadas actitudes masculinas hacia ellas– mientras tanto, los problemas y la conciencia de una mujer como yo son mirados con más desagrado aun por otras mujeres, que por los mismos hombres.
Y eso, mi estimado doctor, es otro de los motivos por los que necesitaba una amistad diferente a la que me ofreciste.
Por supuesto desconozco aun qué cosa hizo que tu amistad por mí se enfriara. Pero sí sé que si te hubieras preocupado mínimamente por mí, solo hubo dos cosas que pudiste haber considerado: (1) que era, y todavía lo soy, una mujer muriendo de soledad- sí, muriendo de la misma manera que la gente muere de cáncer de a poco o de tuberculosis o de cualquier otra enfermedad (a pesar de mi eficacia en el mundo práctico continuamente socavado por esa soledad); y (2) porque necesitaba  -y todavía necesito- con desesperación, formas y medios para llevar adelante una vida de escritor, ya sea asegurándome algún empleo como escritora (o cualquier empleo que tenga que ver con intereses culturales)  o a través de algún tipo de periodismo literario como por ejemplo reseñas de libros –porque solo en trabajos o empleos como tales, puedo convertir en ventajas lo que son cargas para mí en otro tipo de trabajos.
Esos eran los dos problemas que tú continua y deliberadamente pusiste en el fondo de tus intentos por ayudarme. Y aun así fueron, y siguen siendo, más importantes que si publico o no mi poesía. No necesité publicar mi poesía con tu nombre acreditándola para poder seguir escribiendo poesía ni la mitad de lo que necesité tu amistad de otros modos (los mismos que ignoraste) para escribirla. No pude, por esa razón, responder con la sensibilidad y aprecio que esperabas de mí (no sin honestidad verdadera) a la clase de ayuda que necesitaba mucho menos que aquella que me negaste.
Toda tu relación conmigo era igual a que intentaras ayudar a un paciente con neumonía dándole una caja de aspirina o de pastillas de Grove para la gripe y un vaso de limonada tibia. No podía decírtelo abiertamente. Y como hombre de letras, ¿no te dabas cuenta, cuando la imaginación, tan expeditiva para la creación literaria, parece fue incapaz de darle a un escritor como tú la comprensión básica sobre el inconformismo y la impotencia de una mujer en mi situación?
Cuando me informaste en W. sobre la posibilidad de un empleo como censor, algo sin importancia para ti ¿no es así?, ¿pretendías que yo hiciera las preguntas necesarias con respecto al empleo, arreglara las entrevistas necesarias, comenzara el trabajo (de ser contratada) bajo las condiciones de vida necesarias para sostener un trabajo como ese, y así  enderezara mi vida en sus aspectos prácticos por arte de magia?
Pero nunca es tan simple volver a la normalidad en las cuestiones más prácticas para alguien de mi lado de la vereda, que no es tu lado ni el de tu gran admiradora, la señorita Fleming, ni siquiera es el lado de todas esas tan bien cuidadas personas como S. T. y S. S. que han pasado la mayor parte de su vida con alguna Clara o alguna Juanita que las cuide incluso estando quebradas.
Una persona completamente indigente luego de meses de privaciones y adversidad necesita todo tipo de cosas incluso para ponerse en forma para encontrar un respetable trabajo de oficinista. Y luego necesita grandes fondos para comer y dormir y mantener las apariencias (especialmente esto último) mientras va de un lado a otro haciendo entrevistas. E incluso si y cuando se consigue un empleo así, aun necesita comer y dormir y el transporte y mantener las apariencias y el resto, esperando su primera paga e incluso la segunda ya que la primera se habrá esfumado en pagar el alquiler o algo por el estilo.
Y todo eso cuesta un montón de dinero (en especial para una mujer) –más de diez dólares o veinticinco dólares. O requiere de esa clase de amigos cercanos donde uno es bienvenido y puede quedarse por un mes o dos, y cuya máquina de escribir uno puede usar para escribir una de las cartas requeridas para solicitar las entrevistas y cuya plancha uno puede usar para planchar su ropa, etcétera –la clase de amigos cercanos que no tengo y que nunca he tenido por las razones que tu sabes.
Por supuesto, no podía recurrir a ti, un extraño, para esta favor práctico a gran escala; y fue muy estúpido de mi parte haber minimizado el alcance del favor que necesitaba la primera vez que te pedí un giro que fue robado y luego los segundos veinticinco dólares –estúpido porque fue confuso. Pero el otro favor que pedí, finalmente (y el que mandaste al fondo) hubiera sido el sustituto perfecto, porque hubiera llevado a cabo esos planes de los que te hablé al final del otoño (reseñas, complementadas con cualquier empleo part-time y tal vez un mes en Yaddo este verano) sin lo que cuesta levantarse en otros sentidos bastante diferentes. Y luego, eventualmente, el hecho mismo de que mi nombre apareciera aquí y allá en la sección de reseñas de algunas publicaciones (prefiero no usar la poesía de ese modo) me hubieran permitido conseguir cierta clase de trabajo (como un O.W.I por ejemplo) sin la burocracia que afecta solo a la gente extraña y desconocida.
La ira y la indignación que siento por ti ahora ha servido para romper el duro hielo de la congelación que mis facultades creadores comenzaron a sufrir como resultado de la última nota que me enviaste. Me hallé a mí misma pensando y sintiendo en términos poéticos otra vez. Pero por otra parte es un hecho que hoy carezco más aun de cualquier tipo de anclaje que cuando recién te conocí. Mi soledad está a miles de brazas más honda, y mi energía física está debilitadas por ello; y mi situación económica es naturalmente peor, con el costo de vida ahora tan alto, y porque con mi contacto con tu amiga la señorita X salió muy mal.
De todos modos, ella pudo tener otro motivo para no prestar atención a mi nota –tal vez porque descubrió nuestra amistad se había enfriado –lo que pudo significar una diferencia para ella, ya que es tu gran ‘admiradora’. Pero no lo sé. Tampoco sé eso; y cuando fui al “Times” la semana pasada, para probar, por mí cuenta, para que me dieran algunas reseñas de ficción (el “Times” publica tantas), no pasó nada. Y es escribir lo que quiero hacer –no operar una máquina o un torno, porque con literatura más y más comprometida con los problemas sociales y el progreso social (para mí, según mi modo de ver) cualquier contribución que pueda hacer en beneficio de la humanidad (en tiempos de guerra o de paz) deben ser como escritora, no como operaria.

William Carlos Williams (Rutherford, Estados Unidos, 1883-1963), Paterson, New Directions, New York, 1963
versión © Silvia Camerotto

[El texto en inglés no se incluye debido al control sobre los derechos de autor ejercido en la web]




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