miércoles, abril 30, 2014

Robert Lowell / Para Delmore Schwartz









(Cambridge, 1946)

¡Ni siquiera éramos capaces de mantener prendida la caldera!
Incluso después de haberlo desconectado,
el anticuado
refrigerador esparcía gas mostaza
por toda tu casa amarillo mostaza,
y arruinaba nuestra largamente planificada
visita del hermano de T. S. Eliot, Henry Ware...

Tu pato relleno estiraba el cuello oteando hacia Harvard desde mi baúl:
su pico tenía la forma de un pico negro, su cresta
era alta y más delgada que el pulgar de un bebé;
las membranas de sus patas eran duras como un ramaje de uñas de pie.
Era tu primer asesinato; te habías apresurado a llevarlo a casa,
encurtido en un basurero de lata lleno de ron,
desde donde nos miraba, como si se hubiese emborrachado hasta morir.
Seguramente trataste de cerrarle los párpados con las uñas
y aún así vivió para encontrar nuestras miradas,
rabelesiano, lascivo y drogado. Y desde ahí,
colgado sobre mi baúl-escritorio,
calmó nuestra universal
Angst por un instante, Delmore. Bebimos y miramos
las cobardes sombras de este mundo.
Compañeros submarinos, notablemente locos,
conversamos largamente sobre nuestros camaradas. "Deja que Joyce y Freud,
los maestros del júbilo,
sean nuestros invitados aquí", dijiste. La habitación estaba llena
de humo de cigarrillos que trazaba círculos sobre la inerte mirada
paranoica de Coleridge, de vuelta
de Malta -sus ojos llenos de carnosidades, los labios cocidos y negros.
Tu gatito atigrado, Oranges,
daba jubilosas volteretas en una gruñente danza.
Tú dijiste:
"Nosotros, poetas, en nuestra juventud comenzamos con la tristeza;
y después, al final, llegan el abatimiento y la locura;
¡Stalin ya ha tenido dos hemorragias cerebrales!"
El río Charles
comenzaba a volverse plateado. En la mortecina
luz de la mañana, encajamos
la pata
del pato, a modo de vela, en una botella de ginebra que nos habíamos bajado.

de Life Studies (1959)

Robert Lowell (Boston, 1917-Nueva York, 1977), Apuntes autobiográficos y algunos poemas, traducción de Sergio Coddou, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2013


To Delmore Schwartz

(Cambridge 1946)

We couldn't even keep the furnace lit!
Even when we had disconnected it,
the antiquated
refrigerator gurgled mustard gas
through your mustard-yellow house,
and spoiled our long maneuvered visit
from T.S. Eliot's brother, Henry Ware...

Your stuffed duck craned toward Harvard from my trunk:
its bill was a black whistle, and its brow
was high and thinner than a baby's thumb;
its webs were tough as toenails on its bough.
It was your first kill: you had rushed it home,
pickled in a tin wastebasket of rum–
it looked through us, as if it'd died dead drunk.
You must have propped its eyelids with a nail,
and yet it lived with us and met our stare,
Rabelaisian, lubricious, drugged. And there,
perched on my trunk and typing-table,
it cooled our universal
Angst a moment, Delmore. We drank and eyed
the chicken-hearted shadows of the world.
Underseas fellows, nobly mad,
we talked away our friends. "Let Joyce and Freud
the Masters of Joy,
be our guests here," you said. The room was filled
with cigarette smoke circling the paranoid,
inert gaze of Coleridge, back
from Malta – his eyes lost in flesh, lips baked and black.
Your tiger kitten, Oranges,
cartwheeled for joy in a ball of snarls.
You said:
"We poets in our youth begin in sadness;
thereof in the end come despondency and madness;
Stalin has had two cerebral hemorrhages!"
The Charles
River was turning silver. In the ebb-
light of morning, we stuck
the duck
-'s web-
foot, like a candle, in a quart of gin we'd killed.

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