sábado, septiembre 28, 2013

John Burnside / Dos poemas

Pueblo minero en invierno

Todo se desvanecía en la nieve,
nudillos de carbón y huesos de zorro
y muñecas abandonadas en los jardines,
con labios encarnados y desnudas.

Sacábamos las palas para limpiar las calles,
pero al llegar la noche volvían a esfumarse
y los coches yacían enterrados y mudos
en Fulford Road.

Como si nos hubiéramos perdido, decía ella;
mas yo sentía a los vecinos soñando en la negrura,
y los veía envueltos en bufandas y abrigos
los domingos: almas prudentes, de pies estrechos,
convertidas en vástagos de una luz repentina,
asombradas de verse tan misteriosas.

de El mito del gemelo, 1994

Sueño

Llegamos tan lejos, luego nos detuvimos para vernos:
este oro menor, esa memoria de la luz,
ángeles y pájaros en los árboles como en un cuadro primitivo;

y, aunque fuimos cuidadosos,
sabíamos que volvería a suceder,

la vida que olvidamos al morir
en el surco rayado
y repitiéndose, todo giro y chasquido

y palabras que ya no dicen nada,
igual que una canción de los cincuenta.

Entretanto, la eternidad aguarda: todas las sombras y destellos
que habríamos podido ver, hechos de los que habríamos podido ser testigos,
agachadiza, limoncillo, el clima en Roma o en Calcuta,

y, más allá, en la extensión de luz y tiempo,
los extraños con sus abrigos de lana y sus sombreros,
pasando adentro a una niñez que nada puede cancelar:

el viento en el piso de arriba, o el ferry de las nueve en punto
cruzando de aquí a allá en una lenta estela de nubes,

y abajo, en algún sitio, donde la gente llega o disminuye,
vísperas de radio y vapor
ante una cosecha de botes recién etiquetados.

de Un ensayo sobre narrativa I, inédito

John Burnside (Dunfermline, Escocia, 1955), en Fogonero emergente
Versiones de Jordi Doce



The Pit Town in Winter

Everything would vanish in the snow,
fox bones and knuckles of coal
and dolls left out in the gardens,
red-mouthed and nude.

We shovelled and swept the paths,
but they melted away in the night
and the cars stood buried and dumb
on Fulford Road.

We might as well be lost, she said;
but I felt the neighbours dreaming in the dark,
and saw them wrapped in overcoats and scarves
on Sundays: careful, narrow-footed souls,
become the creatures of a sudden light,
amazed at how mysterious they were.


Sleep

We came so far, then stopped to see ourselves:
this minor gold, that memory of light,
angels and birds in the trees, like an early painting;

and though we were careful,
we knew it would happen again,

the life we forgot in the dying
stuck in its groove
and repeating, all shuffle an click

and words that have passed beyond sense,
like a 50s pop song.

Meanwhile, eternity waits: all the shadows and glints
we might have seen, the facts we might have witnessed,
lemongrass, godwit, the weather in Rome, or Calcutta,

and, elsewhere in that sprawl of light ant time,
the strangers, in their hats and winter coats.
coming indoors to a childhood that nothing can finish:

wind in an upstairs room, or the nine o’clock ferry
crossing from here to the there in a slow trail of clouds,

and, somewhere below, where the people arrive or diminish,
an evensong of steam and radio
played to a crop of freshly-labelled jars.


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