jueves, abril 25, 2013

Jo Shapcott / Empleo en la bolsa





Empleo en la bolsa

Claro que puedo mantener un trabajo y me parece
que el aire de mi cerebro ayuda a combatir el estrés.
Un día, en que traía mi lunch de vuelta a la oficina,
el té humeante en un vaso de poliestireno, el bollo aplastado
en una bolsa de papel bajo mi brazo, el malabarismo
entre comida, portafolios y bebida se vino abajo.
Era cerca del mediodía. Conozco bien los trayectos
de los transeúntes desde la estación, sé culebrear entre
los pasos peatonales de concreto, en puntos de las calles
en que el tráfico se abre y milagrosamente te deja
cruzar. Son esas rutas donde vive la típica gente
que se adhiere a las células de mi memoria
aun cuando la mente se dispara, hay grandes rendijas
de tiempo en blanco y visiones que me dan vueltas por turnos
como las películas. Ellos son los que me piden todo
cuando paso, a diario, todo lo que tengo. Un muchacho
se recarga contra los tablones detrás de los que duerme,
pidiendo monedas desde su nido de sábanas, pidiendo
mi taza de té, diciéndome cariño
mientras se arrastra por el hueco en la madera.
Es difícil seguir ecuánime en esa ruta, pero
ese día estaba alegre por una linda fantasía
hasta que me resbalé con los restos de una hamburguesa aplastada
en la calle y el malabarismo entre mis posesiones se volvió
una rutina de pastelazo, piernas, brazos volando, la comida
destinada a perderse irremediablemente. Entonces
el muchacho con el delirante bordado de mugre
en la solapa me miró desdeñoso de nuevo, desafiándome
a ser mala, a atreverme. Le ofrecí mi manzana y se puso
verde, musitó, se pellizcó el cuerpo en varios sitios
y salió huyendo. Sentí que me estaban dando una regañiza
y no quise ignorarla, pero no entendía
ni una palabra. Apilé la comida frente a él.
El té humeante, los periódicos, el portafolios, todas
las bolsas. Me quité el abrigo, los zapatos, cada
prenda de ropa y me quedé parada, sudando en la llovizna,
pero él no quería que supiera su idioma,
su eminencia, su condena o su deleite.


de Phrase Book


Jo Shapcott (Londres, 1953), Carlos López Beltrán y Pedro Serrano, La generación del cordero. Antología de la poesía actual de las islas británicas, Trilce Ediciones, Ciudad de México, 2000


Work in the City

Yes I dod hold down a job and I find
the air in my brain helps combat
the stress. Once, carrying
my lunch back the office, the tea
steaming in a polystyrene cup, the roll crunched
in a paper bag under my arm, the juggle
of food, briefcase, drink started to collapse.
I was around midday. I know the commuter
paths from the station, how to weave through
the concrete walkways, over roads in the spots
where traffic parts and lets you miraculously
through. These are the routes where the classic
people live, thes ones who'll stick in my memory cells
even when the mind's shot, great blanck slots of time
and visions revolving by turns like the movies.
They are the ones who ask me for everything
as I go by, every day, everything I have. One boy
leans against the wood palings he sleeps behind,
calling for change from his nest of blankets,
calling for my cup of tea, calling me love
as he crawls through the gap in the wood.
It's hard to stay perfect on that route, but
this day I was smiling at a lovely fantasy
until I slipped up on a piece of hamburguer mashed
on the road, turning the juggle with my possessions
into a full stunt routine, legs, arms flying, the food
I was bound to waste at the end of it all. Then
the boy with the mad embroidery of muck
on his lapel stared me down again, daring me
to be bad. I offered him my apple and turned
green, muttered, clasped his body in many places
and swung away. I sensed I was getting a tonghe-lashing
and didn't want to ignore it, but I couldn't understand
a word. I put the food in a little pile in front of him,
the stearming tea, the papers, briefcase, all
the bags. I took off my coat, my shoes, every
piece of clothing and stood sweating in the light rain
but he didn't want me to know his language,
his eminence, his damnation or his delight.


Foto: Jo Shapcott en The Telegraph

4 comentarios:

  1. quiero ese libro Jorge, todos los poemas que fuiste subiendo de él me llamaron poderosamente la atención por la franqueza, recuerdo uno de Carol Ann Duffy también.
    Saludos!

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    1. Miriam, el libro se editó en México, no sé cómo se puede conseguir. Sí, es muy bueno

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  2. Como apiló la comida frente a él si salió huyendo

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