lunes, abril 15, 2013

William Carlos Williams / Paterson, 10




Libro 1

Los delineamientos de los gigantes 

II (Continuación)

Lo dirigió hacia abajo y golpeó con dureza
las turbulentas aguas de la bahía; y volvió a levantarlo
y bajando gradualmente, golpeó duro otra vez, pero
permaneció abajo para alcanzar el muelle donde
ellos esperaban—

(Así que Carlos huyó en los ‘70
 dejando los retratos de mis abuelos,
 los muebles, la platería, incluso la comida
 caliente sobre la mesa antes de que los Revolucionarios
 aparecieran por el otro lado de la calle.)

Hoy fui a ver a mi madre. Mi hermana ‘Billy’ estaba en la escuela. Jamás voy cuando ella está allí. Mi madre ayer tenía acidez de estómago. La encontré en la cama. De todos modos, ella ha ayudado y siempre trata de hacer algo por sus hijos. Unos días antes de irme la encontré tratando de arreglar mis pantalones. Se los quité y dije, “Madre, no puedes hacer eso por mí con tu cabeza descalabrada. Lo sabes. Siempre le pido a Louisa o a la señora Tony que hagan ese trabajo para mí”. ‘Billy’ levantó la vista y dijo, “Hace muy mal”.
   Ya te dije que ayudaba con el trabajo, lavaba los platos, tres veces por día, barría y fregaba los pisos y porches, y limpiaba los patios, cortaba el pasto, arreglaba los techos, hacía trabajos de reparaciones  y ayudaba a lavar, hacía las compras y sacaba los orinales y los limpiaba cada mañana, incluso el de ‘Billy’ con su mierda a veces, y hacía otros trabajos, y después no era raro que ‘Billy’ dijera: “No haces nada aquí”. Una vez dijo incluso, “El otro día te vi ahí afuera barriendo el porche, fingiendo que hacías algo”.
   Por supuesto que ‘Billy’ pasó por el bisturí del cirujano y por la menopausia y tuvo un ataque de parálisis facial, pero siempre ha sido una excéntrica y una mandona. Mi hermana de Hartford dijo que ella solía atropellarla hasta que fue lo suficientemente grande como para darle una paliza. La he visto abofetear a su marido en plena cara. La hubiera golpeado como para que no regresara en una semana. Me ha corrido con un atizador, etc., pero siempre le pedía que no me golpeara, “No cometas ese error”, la advertía siempre.
   ‘Billy’ es una buena trabajadora y meticulosa, pero siempre quiere que la culpa sea de otro.  Le dije a mi amigo, en Hartford, que era igual a nuestra casera, LA PISTOLA. Dijo que tenía una hermana que también era así.
   En cuanto a mi madre, ella está obsesionada con el fuego. Por eso no quiere que me quede allí solo cuando ella muera. Los niños han dicho durante años que ella piensa más en mí que en cualquiera de sus hijos.
T. *

Fracasan, renguean por los callos. Creo
que quiere matarme, no sé
qué hacer. Llega después de medianoche,
me hago el dormido. Se para ahí,
siento que me mira, ¡tengo
miedo!

¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? ¿Qué?
¿Una tarde de verano?

Un cuarto de papas, media docena de naranjas,
un atado de remolachas y algunas verduras para la sopa.
Mira, tengo una dentadura nueva. Vaya,
pareces diez años más joven.

Pero nunca, ni en la angustia o la desesperación,
te olvides usar el sentido común, hasta descubrir
sus pensamientos, dignos y simples,
y no olvides nunca que aunque sus pensamientos
sean dignos y simples, la angustia
 y la desesperación: la gracia y el detalle de
 una dínamo—

Así en su  alta dignidad es sabio.

Un delirio de soluciones, inmediatamente, lo empujan
otra vez a las calles, para empezar de nuevo:
a subir escaleras huecas entre olores agrios
hacia una cita obscena. Y allí descubre
una dulzura infecta de chupetines rojos—
y un perro que aúlla:
¡Ven, eh, Chichi! O una gran barriga
que ya no ríe sino que se lamenta
con su inexpresivo ombligo negro el engaño
del amor . . .

Ellos son las divisiones y los desequilibrios
de todo su concepto, debilitados por compasión,
desdeñado deseo; ellos son —No hay ideas sino
en los hechos . . .

   No siento ni el más mínimo rencor hacia ti, pero te empujo hacia esos extremos insustanciales, y te ruego que te sometas a tus propios mitos, ya que cualquier demora en hacerlo es una mentira para ti. La demora nos hace viles y mezquinos: Todo lo que puedo decir de mí y de otros es que no es tan importante cómo miente un hombre o cómo fornica o cuánto ama el dinero, siempre y cuando no tenga un Poncio Pilatos sino un Lázaro hambriento en sus intestinos. Una vez Plotino preguntó, “¿Qué es la filosofía?” y él respondió, “Lo más importante”. El difunto Miguel de Unamuno gritó también, no “¡Más luz, más luz!” como Goethe cuando estaba muriendo, sino, “¡Más calor, más calor!”. Detesto sobre todo las socarronas piedras intestinales de Pilatos; y lo aborrezco más que el engaño y las falsedades y las pequeñas víboras de malicia que se encuentran en todas las lenguas carnales. Por eso te ataco, como dices, no porque crea que hagas trampa o que mientes por dinero, sino porque mientes y fastidias y haces trampa cada vez que ves una porción del destrozado Galileo en los intestinos de un hombre. Tú lo detestas; hace que te retuerzas; es por eso que todos los americanos a los que se les caen las babas por esa palabra tan proletaria: extrovertido. Por supuesto, tu propia naturaleza sabe mejor que tú como lo demuestran algunos bellos pasajes que has escrito.
Para terminar, tú y yo podemos prescindir uno del otro, como se acostumbra según los hábitos y modos descartables de la gente.  Puedo continuar con mi monólogo de la vida y de la muerte hasta la inevitable aniquilación. Pero está mal. Y como dije, por muchas trampas que me invente, no lloraré por Poe o Rilke o Dickinson o Gogol mientras le doy la espalda a unos niños abandonados e Ismaeles del espíritu en este país. Dije que el artista es un Ismael; Llámame Ismael, dice Melville en la primera línea de Moby Dick; él es el canalla de un hombre; —Ismael significa aflicción. Ya ves, siempre estoy preocupado por el presente cuando leo los dolorosos epitafios en el cementerio americano de la literatura y de la poesía, y cuando sopeso la cabeza y el corazón que sufrieron en la tierra donde  tú no estás. Contigo el libro es una cosa y el hombre que lo escribió, otra. El concepto de tiempo en la literatura y en las crónicas facilita al hombre la engañosa división. Pero me estoy volviendo locuaz:—

                                                                                 E. D. **


William Carlos Williams (Rutherford, 1883-1963), Paterson, New Directions, New York, 1963
Versión de Silvia Camerotto

* T: Alva N. Turner, 1878-1959
** E.D: Edward Dahlberg, 1900-1977

The delineaments of the giants (10)
He pointed it down and struck the rough /waters of the bay, hard; but lifted it again and /coming gradually, hit again hard but /remained down to taxi to the pier where /they were waiting— //(Thence Carlos had fled in the 70’s /leaving the portraits of my grandparents, /the furniture, the silver, even the meal /hot upon the table before the Revolutionists /coming in at the far end of the street.)  // I was over to see my mother today. My sister, ‘Billy’, was at the schoolhouse. I never go when she is there. My mother had a sour stomach yesterday. I found her in bed. However, she had helped and she is always trying to do something for her children. A few days before I left I found her starting to mend my trousers. I took them away from her and said, “Mother, you can’t do that for me, with your crippled head. You know. I always get Louisa or Mrs. Tony to do that work for me.” ‘Billy’ looked up and said, “It’s too bad about you.”
//I have already told you I helped with the work, did dishes, three times daily, swept and mopped floors, porches and cleaned yards, mowed the lawn, tarred the roofs, did repair work and helped wash, brought in the groceries and carried out the pots and washed them each morning, even ‘Billy’s’ with dung in it, sometimes, and did other jobs and then it was not uncommon for ‘Billy’ to say: “You don’t do anything here”. Once she even said, “I saw you out there the other morning sweeping porches, pretending you were doing something.”//Of course, ‘Billy’ has been chopped on by the surgical chopper and has gone through the menopause and she had a stroke of facial paralysis, but she has always been eccentric and wanted to boss. My Hartford sister said she used to run over her until she became big enough to throsh her. I have seen her slap her husband square in the face. I would have knocked her so far she would not have got back in a week. She has run at me with a poker, etc., but I always told her not to strike. “Don’t make that mistake,” I would always caution. //‘Billy’ is a good worker and thorough going but she wants to lay blame—always on the other fellow. I told my buddie, in Hartford, she was just like our landlady, THE PISTOL:. He said he had a sister just like that. //As to my mother, she is obsessed with fire. That’s why she doesn’t want me to stay there, alone, when she is dead. The children have all said for years, she thinks more of me than any child she has. //T. /They fail, they limp with corns. I /think he means to kill me, I don’t know /what to do. He comes in after midnight, /I pretend to be asleep. He stands there, /I feel him looking down at me, I /am afraid! //Who? Who? Who? What? /A summer evening? //A quart of potatoes, half a dozen oranges, /a bunch of beers and some soup greens. /Look, I have a new set of teeth. Why you /look ten years younger  . //But never, in despair and anxiety, /forget to drive wit in, in till it discover /his thoughts, decorous and simple, /and never forget that though his thoughts /are decorous and simple, the despair /and anxiety: the grace and detail of /a dynamo— //So in his high decorum he is wise. /A delirium of solutions, forthwith, forces /him into back streets, to begin again: /up hollow stairs among acrid smells /to obscene rendezvous. And there he finds /a festering sweetness of red lollipops— /and a yelping dog: /Come YEAH, Chichi! Or a great belly /that no longer laughs but mourns /with its expressionless black navel love’s /deceit  .  . //They are the divisions and imbalances /of this whole concept, made weak by pity, /flouting desire; they are—No ideas but /in the facts  .  .   // I positively feel no rancor against you, but will urge you toward those vapory ends, and implore you to submit to your own myths, and that any postponement in doing so is a lie for you. Delay makes us villainous and cheap: All that I can say of myself and of others is that it matters not so much how a man lies or fornicates or even loves money, provided that he has not a Pontius Pilate but an hungered Lazarus in his intestines. Once Plotinus asked, “What is philosophy?” and he replied, “What is most important”. The late Miguel de Unamuno also cried out, not “More light, more light!” as Goethe did when he was dying, but “More warmth, more warmth!” I hate more than anything else the mocking stone bowels of Pilate; I abhor that more than cozening and falsehoods and the little asps of malice that are on all carnal tongues. That is why I am attacking you, as you put it, not because I think you cheat or lie for pelf, but because you lie and chafe and gull whenever you see a jot of the torn Galilean in a man’s intestines. You hate it; it makes you writhe; that’s why all the Americans so dote upon that canaille word, extrovert. Of course, nature in you knows better as some very lovely passages that you have written show.  //But to conclude, you and I can do without each other, in the usual way of the sloughy habits and manners of people. I can continue with my monologue of life and death until inevitable annihilation. But it’s wrong. And as I have said, whatever snares I make for myself, I won’t weep over Poe, or Rilke, or Dickinson, or Gogol, while I turn away the few waifs and Ishmaels of the spirit in this country. I have said that the artist is an Ishmael; Call me Ishmael, says Melville in the very first line of Moby Dick; he is the wild ass of a man; —Ishmael means affliction. You see, I am always concerned with the present when I read the plaintive epitaphs in the American graveyard of literature and poetry, and in weighing the head and the heart that ached in the land, that you are not. With you the book is one thing, and the man who wrote it another. The conception of time in literature and in chronicles makes it easy for men to make such hoax cleavages. But I am getting garrulous:—  /E.D.



Ilustración: Deux fillettes, fond jaune et rouge, 1947, Henri Matisse

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