sábado, noviembre 06, 2010

Louis MacNeice / "Diario de otoño", 1


Diario de otoño

I

Pesado y lento, el verano termina en Hampshire,
desaparece en las laderas de pasto raso donde el tejo podado
separa las vidas de generales y almirantes retirados
y a los binoculares que cuelgan en el vestíbulo y los misales dispuestos en el banco de la iglesia
y a agosto que se va yendo al son de las trompetas de lata de las capuchinas
y al estruendo de los bronces del Ejército de Salvación de los girasoles
y a la solterona que teje sentada en una mecedora
sin levantar la vista ante el ruido de los aviones que pasan
hacia el norte desde Lee-on-Solent. Macrocarpa y ciprés
rosas en rústico emparrado y árboles de moras
y huevos con tocino para el desayuno en bandeja de plata
y todas las ventajas heredadas del desahogo material
y todas las preocupaciones heredadas, reumatismo e impuestos,
y si Stella se casará y qué hacer con Dick
y con la rama de la familia que perdió su dinero en acciones de Hatry
y el cierre del Morning Post y el paso del climaterio
y el auge de la vulgaridad, autos que pasan el portón del guardia
y las multitudes que se desvisten en la playa
y los amantes cockney que hacen dedo con pensamientos
que no dirigen ni a Dios ni a la Nación sino el uno al otro.
Pero la casa sigue siendo un santuario debajo de visillos,
sin novedad en el Frente Familiar,
ruidos de corral por los campos al atardecer
mientras los vagones del Ferrocarril del Sur se demoran…desviados
a vías muertas de amapolas para pasar la noche – noche que no conoce pasión
ni asalto de manos o lengua,
porque todo es antiguo como pedernal o tiza o agujas de pino
y los rebeldes y los jóvenes
han tomado el tren a la ciudad o el auto de dos plazas
desentrañando vías o ruta,
perdiendo tras de sí deliberadamente el hilo–
palinodia otoñal.
Y ahora también voy en el tren y el verano se va yendo
al sur mientras me dirijo al norte
rumbo a los hojas secas que caen, la fogata que arde,
el moribundo que da a luz
la vida más ardua, revelando lo que soporta los árboles,
la escarcha que mata los gérmenes del laissez-faire;
West Meon, Tisted, Farnham, Woking, Weybridge,
luego, el aire apiñado y rancio y preñado de Londres.
Mi perra, un símbolo del orden abandonado,
yace en el suelo del coche,
sus ojos ineptos y seductores como una estrella de cine,
que quiere vivir, o sea que quiere más
regalos, joyas, pieles, chucherías, invitaciones,
como si vivir no fuera
seguir la curva de un planeta o del agua contenida
sino un salto a la oscuro, una tangente, un disparo desviado.
Eso es lo que aprendemos después de tantos fracasos,
la construcción de castillos de arena, de reinas de nieve,
que no podemos avanzar en la vida o en la belleza de la vida,
que ningún río es río si no fluye.
Surbiton, y sube una mujer, pintada,
con el pelo teñido, pero una media corrida y los ojos
pacientes debajo de las pestañas calculadas,
endurecidos para siempre a la sorpresa,
y el ritmo del tren se vuelve repetición ad nauseam
de toda cansadora alborada o madrigal sensiblero,
los aires deslavados de la atracción sexual
que como hojas secas vagan por la pared del corralón:
“Quise a mi amor con un billete de andén,
una canción de jazz,
un bolso de mano, un par de medias de Paris Sand;
mucho la quise
la quise entre líneas, contra reloj,
no hasta la muerte
sino hasta que la vida nos separó, la quise con papel moneda
y con aliento a whisky.
La quise con ojos de pavo real y loza de Cartago,
con cristal y guantes, oro y polvera
con blasfemia, camaradería y bravata
y montones de otras cosas.
Quise a mi amada con alas de ángeles,
sumergidas en henna, extraordinariamente rojas,
con mis horas de oficina, con flores y sirenas,
con mi presupuesto, mi llave y pan diario.”
De modo que a Londres y bajando las escaleras
siempre en movimiento
donde un viento cálido reúne los cuerpos de los hombres
y dispersa sus complejos y desvelos.

[1939]

Louis MacNeice (Belfast, 1907-Londres, 1963)
Traducción de Jorge Fondebrider


Autumn Journal

I

Close and slow, summer is ending in Hampshire, / Ebbing away down ramps of shaven lawn where dose-clipped yew/ Insulates the lives of retired generals and admirals/ And the spyglasses hung in the hall and the prayer-books ready in the pew/ And August going out to the tin trumpets of nasturtiums/ And the sunflowers' Salvation Army blare of brass/ And the spinster sitting in a deck-chair picking up stitches/ Not raising her eyes to the noise of the 'planes that pass/ Northward from Lee-on-Solent. Macrocarpa and cypress/ And roses on a rustic trellis and mulberry trees/ And bacon and eggs in a silver dish for breakfast/ And all the inherited assets of bodily ease/ And all the inherited worries, rheumatism and taxes,/And whether Stella will marry and what to do with Dick/ And the branch of the family that lost their money in Hatry/ And the passing of the Morning Post and of life's climacteric/ And the growth of vulgarity, cars that pass the gate-lodge/ And crowds undressing on the beach/ And the hiking cockney lovers with thoughts directed/ Neither to God nor Nation but each to each./ But the home is still a sanctum under the pelmets,/ All quiet on the Family Front,/ Farmyard noises across the fields at evening/ While the trucks of the Southern Railway dawdle… shunt/ Into poppy sidings for the night –night which knows no passion/ No assault of hands or tongue/ For all is old as flint or chalk or pine-needles/ And the rebels and the young/ Have taken the train to town or the two-seater/ Unravelling rails or road,/ Losing the thread deliberately behind them–/ Autumnal palinode./ And I am in the train too now and summer is going/ South as I go north/ Bound for the dead leaves falling, the burning bonfire,/ The dying that brings forth/ The harder life, revealing the trees' girders,/ The frost that kills the germs of laissez-faire; West Meon, Tisted, Farnham, Woking, Weybridge,/ Then London's packed and stale and pregnant air./ My dog, a symbol of the abandoned order,/ Lies on the carriage floor,/ Her eyes inept and glamorous as a film star's,/ Who wants to live, i.e. wants more/ Presents, jewellery, furs, gadgets, solicitations/ As if to live were not/ Following the curve of a planet or controlled water/ But a leap in the dark, a tangent, a stray shot./ It is this we learn after so many failures,/ The building of castles in sand, of queens in snow,/ That we cannot make any corner in life or in life's beauty,/ That no river is a river which does not flow./ Surbiton, and a woman gets in, painted/ With dyed hair but a ladder in her stocking and eyes/ Patient beneath the calculated lashes,/ Inured for ever to surprise;/ And the train's rhythm becomes the ad nauseam repetition/ Of every tired aubade and maudlin madrigal,/ The'he faded airs of sexual attraction/ Wandering like dead leaves along a warehouse wall:/ 'I loved my love with a platform ticket,/ A jazz song,/ A handbag, a pair of stockings of Paris Sand–/ I loved her long./ I loved her between the lines and against the clock,/ Not until death/ But till life did us part I loved her with paper money/ And with whisky on the breath./ I loved her with peacock's eyes and the wares of Carthage,/ With glass and gloves and gold and a powder puff/ With blasphemy, camaraderie, and bravado/ And lots of other stuff./ I loved my love with the wings of angels/ Dipped in henna, unearthly red,/ With my office hours, with flowers and sirens,/ With my budget, my latchkey, and my daily bread.'/ And so to London and down the ever-moving Stairs/ Where a warm wind blows the bodies of men together/ And blows apart their complexes and cares.

Faber & Faber, Londres

Foto: MacNeice The Guardian

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