sábado, noviembre 22, 2014

Antonio Cisneros / Por Robert Lowell



                   





                       Lowell retornaba en taxi a Nueva York desde el 
                       aeropuerto Kennedy. Al llegar al destino el chofer 
                       se dio cuenta de que el pasajero no se movía 
                       constatando que estaba muerto. 

                                                                                                       N.Y. 13.9.77 ANSA


Del avión al taxi,del taxi al sudor frío, del sudor al diafragma cerrado.
90.000 kilómetros de sangre a la deriva en el fondo de un taxi.
Rojos caballos bajando las colinas, evitando las altas hierbabuenas,
corriendo, siendo, riendo,
hundiéndose en las aguas como el sol del Pacífico.
Más libres que un cadáver azul a la deriva.
Sólo tumbos y chillidos de delfín.
Sin duelo alguno en los acantilados. En el fondo de un taxi.

(No hay quien tome tu mano y te consuele y te seque el sudor
y te recuerde -en 14 segundos- el mar Atlántico contra un bosque de pinos
y el orden de la tierra perfecta como una tía vieja.)

Azul a la deriva.
No hay duelo en los semáforos que guardan el camino
ni un abeto en tu puerta todavía.

Antonio Cisneros (Lima, 1942-2012), "El libro de Dios y de los húngaros", 1978, Como un carbón prendido en la niebla, Lom, Santiago de Chile, 2007

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