sábado, enero 18, 2014

Raúl González Tuñón / Surprise party en Madrid
















7 de noviembre

(1936)

Quevedo entró sonriendo -cojeaba un poco- y mirando por el rabillo del ojo a Fray Luis de Granada, Baltasar Gracíán y Fray Luis de León, los primeros en acudir a la cita.
Luego entraron juntos Fernando de Rojas y Santa Teresa, lo que no dejó de causar cierto regocijado asombro a Quevedo.
Lope de Vega llegó con varios Autores Anónimos, cantando unas coplas que hablaban de la villa de Madrid, insobornable y heroica.
El Marqués de Santillana, el Arcipreste y Gonzalo de Berceo saboreaban un vino de soldado como si fuera de primera, pasándose la bota a cada instante.
Jorge Manrique apareció después. Le acompañaba el Autor Anónimo del "Mío Cid".
Fuera, don Luis de Góngora se alegraba de volver a ver un Madrid ennoblecido por el dolor.
Al mismo tiempo Velázquez, el Greco, Murillo y Goya contemplaban con distintos ojos e idéntico ardor el mismo cielo cuyos secretos conocían de antiguo,
Bécquer entró solo, con una lágrima en la corbata.
Le seguía Espronceda, con un ramo de siemprevivas. (Aprovecharía para visitar la tumba de Teresa).
Luego entró Larra (con el trabuco que pensaba donar a las milicias). ¡Qué irresistible simpatía la suya!
Pérez Galdós y Ganivet entraron juntos. El primero apoyado en su bastón rugoso y el segundo con el rostro verdoso, lejano y triste.
Todos daban muestras de impaciencia cuando apareció Valle Inclán haciendo el saludo antifascista con la mano que le faltaba, y todos se alegraron.
De pronto se produjo un gran silencio.
Federico García Lorca hizo su entrada.
Estaba un poco pálido, pero sonrió a todos. ¡Que irresistible simpatía la suya!
Santa Teresa se acercó a él, dándole un beso en la frente (en la que se veía un agujero rojo).
Pedro Espinosa, Garcilaso, el Conde de Villamediana y Calderón, que llegaron enseguida, sentáronse a su lado.
Después vino la oscuridad.
Todos se reunieron en el fondo del templo vacío, donde únicamente había quedado el Cristo de madera pintada (obra de Juan de Juanes, que estaba presente, con Berruguete) y al cual, con gran contento suyo, los obreros habían puesto esta leyenda colgada del pecho ensangrentado:
"Tú eres de los nuestros".
Fue entonces cuando el templo se iluminó. Con la luz, luz él mismo, llegó Don Quijote. (Era fácil reconocer en él a Cervantes).
Después de saludar con una inclinación de cabeza levantó levemente la lanza señalando hacia el oeste de la ciudad.
Todos se incorporaron.
Encaminóse a la puerta del templo.
Todos le siguieron.
Silenciosamente atravesaron la plaza de Santa Ana y continuaron andando por las calles, entre banderas, carteles, explosiones de júbilo y coraje, hacia el oeste de la ciudad.
Ellos podían ver, pero a ellos no los veían.
En el oeste de la ciudad había comenzado la lucha.
Pasaron, apartando cadáveres.
Parecía que de un momento a otro, pese a la bravura del pueblo en armas, los agentes del extranjero, los generales traidores y la tropa mercenaria iban a lograr su propósito: ocupar y arrasar la ciudad.
Don Quijote (era fácil reconocer en él a Cervantes) alzó la lanza sobre el suelo ardido del barrio de Argüelles,
Luego guió a los demás hasta el Paseo de Rosales.
Entrada la noche recorrieron todo el costado de la cintura amenazada de la ciudad de Castilla.
Allí donde ellos se detenían, allí donde la lucha era más terrible, allí donde caían los bravos del pueblo, allí se hacía más fuerte Madrid.
Allí fue contenida la avalancha.
Y las sombras volvieron a su mundo de perfecta sombra. Quiero decir, de perfecta luz.

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), "Las puertas del fuego", 1938, La luna con gatillo, Tomo I, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1957

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