jueves, julio 21, 2011

Susana Cabuchi / Dos poemas



Mono

Deslucido y marchito
ejemplar
de una etapa
que no definió Darwin,
usa un traje heredado
por abuelos y nietos.
Dónde la selva,
los caudalosos ríos abismales,
los altos árboles
entregados al zumbido del mundo
para este remedo taciturno,
humillado
por el áspero trabajo
de la herrería
en la que forja
todas
las prisiones.


Vikingo

Fibras de lino,
lana de ovejas,
pieles de esquivos animales
lo cubrieron del miedo y de la nieve.
Leyó en certeras runas
la predicción de la espada o el hechizo,
la complejidad y la delicia del poema.
Talló en los elevados extremos de los barcos
-espirales de roble-
dragones y serpientes
para ahuyentar el mal.
Cruzó extensiones de pájaros marinos,
ocultos territorios y profusos hielos.
Por las noches, junto al fuego,
escuchó a narradores y viajeros
nombrar el fresno de Yggdrasil,
la bandera de Sigurd, que entendía el lenguaje de las aves,
los navíos que accedían al país de los muertos,
las armas forjadas en las entrañas de la tierra,
los magos que dominaban enigmas y tormentas.
Desafió las corrientes de la primavera
para regresar antes que el invierno congelara los ríos.
Pero artesano, mercader, granjero,
rey, guerrero o esclavo,
nuestro Vikingo
no ingresará a las sagas
que recuerden el combate con las grandes aguas,
la hermandad de los vientos.
Ha sido expulsado
de las violentas naves
y condenado a repetir su tragedia
-ropa de hilado azul,
calzado de cuero reseco,
casco de hierro-
cada año
alrededor de la plaza.

¿Atenderá
el misterioso Odín
-dios de la Poesía y de la Guerra-
esta obediencia,
y las derrotas,
y los saqueos del dolor?


Susana Cabuchi (Jesús María, 1948), Detrás de las máscaras, Ediciones del Copista, Córdoba, Argentina, 2008

Ilustración: Attori di strada, c. 1600, Giacomo Franco

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