viernes, febrero 06, 2015

Olga Orozco / Catecismo animal











Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo,
trozos como cascotes insolubles
vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad,
la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío.
Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error,
enfrentamos de pie las inclemencias, la miserable condición del rehén,
expuestos del costado que se desgasta al roce de la arena y al
   /golpe del azar,
bajo el precario sol que quizás hoy se apague, que no salga mañana.
No tenemos marca ni predestinación ni vestigios de las primeras luces;
ni siquiera sabemos qué soplo nos expulsa y nos aspira.
Apenas si el sabor de la sed, si la manera de traspasar la niebla,
si esta vertiginosa sustancia en busca de salida,
hablan de alguna parte donde las mutiladas visiones se completan,
donde se cumple Dios.
Ah descubrir la imagen oculta e impensable del reflejo,
la palabra secreta, el bien perdido,
la otra mitad que siempre fue una nuble inalcanzable desde la
   /soledad
es toda la belleza que nos ciñe en su trama y nos rehace,
una mirada eterna como un lago para sumergir el amor en su versión
   /insomne,
en su asombro dorado.
Pero no hay quien divise el centelleo de una sola fisura para
   /poder pasar.
Nunca con esta vida que no alcanza para ir y volver,
que reduce las horas y oscila contra el viento,
que se retrae y vibra como una llama aterida cuando asoma la
   /muerte.
Nunca con este cuerpo donde siempre tropieza el universo.
Él quedará incrustado en este muro.
Él será más opaco que un pedrusco roído por la lluvia hasta el
   /juicio final.
¿Y servirá este cuerpo más allá para sobrevivir,
el inepto monarca, el destronado, el frágil desertor obligatorio,
rescatado otra vez desde su nadie, desde las entrañas de un escorial
   /de brumas?
¿O será simplemente como escombro que se arroja y se olvida?
No, este cuerpo no puede ser tan solo para entrar y salir.
Yo reclamo los ojos que guardaron el Etna bajo las ascuas de otros
   /ojos;
pido por esta piel con la que caigo al fondo de cada precipicio;
abogo por las manos que buscaron, por los pies que perdieron;
apelo hasta por el luto de mi sangre y el hielo de mis huesos.
Aunque no haya descanso, ni permanencia, ni sabiduría,
defiendo mi lugar:
esta humilde morada donde el alma insondable se repliega,
donde inmola sus sombras
y se va.

Olga Orozco (Toay, 1920-Buenos Aires, 1999), "En el revés del cielo", 1987, Relámpagos de lo invisible. Antología, selección y prólogo de Horacio Zabaljáuregui, Fondo de Cultura Económica, segunda edición, Buenos Aires, 2009


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