jueves, marzo 13, 2014

Geoffrey Hill / De "Himnos de Mercia", 4











VI

Los príncipes de Mercia eran tejón y cuervo. Esclavo de su libertad, yo excavaba y atesoraba. Huertos fructificados sobre grietas. Yo bebía de los panales de arenisca helada.

«Un niño inadaptado en casa, solitario entre hermanos.» Mas yo, que ninguno tenía, alentaba una extrañeza, me entregaba a juguetes inalcanzables.

Velas de resina nudosa, ramas de manzano, el muérdago pegajoso. «Mira», decían, y de nuevo, «mira». Pero yo corría despacio; el paisaje se retiraba, regresando a su fuente.

En el patio del colegio, en los baños, los niños mostraban orgullosos sus cicatrices de moco seco, muñecas y rodillas adornadas de impétigo.


VII

Gasómetros, su rojo entre los campos. Represas de molino, piscinas de marga en completo reposo. Enjambres de anguilas. Coágulos de ranas: en una ocasión, con ramas y trozos de ladrillo, golpeó una acequia llena; luego se alejó furtivamente de la quietud y el silencio.

Ceolred era su amigo y lo siguió siendo, incluso tras el día del caza perdido: un biplano, ya entonces obsoleto e irreemplazable, dos pulgadas de tosca plata densa. Ceolred lo dejó caer en barrena por un hueco abierto entre los tablones del suelo del aula, suavemente, sobre excrementos de rata y monedas.

Después del colegio atrajo a Ceolred, que se reía de miedo, hasta las viejas canteras, y lo despellejó. Luego, tras dejar a Ceolred, viajó durante horas, solo y tranquilo, en su camión de arena privado, derrelicto, de nombre
Albión.

Geoffrey Hill (Bromsgrove, Reino Unido, 1932-Cambridge, Reino Unido, 2016)), Himnos de Mercia (Mercian Hymns, 1971), Versión de Jordi Doce y Julián Jiménez Heffernan, DVD Ediciones, Barcelona, 2006


Jaime Siles en Perros en la playa:

(...)
Hill parece, pues, transgredir la frontera que Aristóteles establecía entre poesía e historiografía, aunque, como Cicerón, asigna a ésta un valor retórico, que es el que este libro retoma y que podría explicar la razón por la que prima en él el poema en prosa. Seamus Heaney así lo entendió cuando en Stations, gustosamente, se vio sometido a su influencia. Pero hay un punto en todo este libro que todavía está por resolver y al que me gustaría añadir una humilde sugerencia hermenéutica: me refiero no sólo a su clara dimensión política sino también a su misma condición y constitución estética. Mi impresión es que Hill combina aquí dos planos (el de la Historia con mayúscula y el de la historia con minúscula, que se imbrican en la experiencia de la infancia, el sentimiento del paisaje y la mixtura del espacio y del tiempo) pero que lo hace de un modo trágico –y, en ocasiones, lírico– que recuerda a algunos de los procedimientos shakespeareanos y, en concreto, a aquellos que tienen como tema la meditación sobre el poder y, para ser exactos, el hipotema de la violencia fundacional del Estado.

Ese, y no otro, me parece la clave que rige estos Himnos de Mercia, en los que se alude a las leyendas monetales del rey Offa y a los títulos latinos que acompañaron su acción o la de otros reyes en los oscuros tiempos del medievo que se mezclan con los, no menos oscuros, de la memoria personal aquí. De manera que estos Himnos son de carácter político, como se puede ver en la cita de C. H. Sisson que, en la primera edición (1971), los introducía y que, como las acotaciones explicativas que acompañaban a cada uno de los poemas, luego se suprimió. Lo que ha tenido graves consecuencias para la recta comprensión del texto, aunque haya contribuido –y mucho– a aumentar el carácter abierto de la literariedad de esta escritura, porque –como observa Jordi Doce en su fundamentado epílogo– «el sentido aparece incorporado en la configuración misma de la imagen que genera y articula el poema». Y ello no hace sino añadir opacidad. Ahora bien, la opacidad también es un criterio estético, que estudió Fuhrmann y ejemplificó Montale y que, desde la Antigüedad clásica y su reformulación en el Barroco, no ha dejado de ser nunca uno de los rasgos distintivos de la estética de la modernidad.

(...)

Jaime Siles, ABCD las Artes y las Letras, ABC, 4 de noviembre de 2006

VI

The princes of Mercia were badger and raven. Thrall to their freedom, I dug and hoarded. Orchards fruited above clefts. I drank from honeycombs of chill sandstone.

‘A boy at odds in the house, lonely among brothers.’ But I, who had none, fostered a strangeness; gave myself to unattainable toys.

Candles of gnarled resin, apple-branches, the tacky mistletoe. ‘Look’ they said and again ‘look.’ But I ran slowly; the landscape flowed away, back to its source.

In the schoolyard, in the cloakrooms, the children boasted their scars of dried snot; wrists and knees garnished with impetigo.


VII

Gasholders, russet among fields. Milldams, marlpools that lay unstirring. Eel-swarms. Coagulations of frogs: once, with branches and half-bricks, he battered a ditchful; then sidled away from the stillness and silence.

Ceolred was his friend and remained so, even after the day of the lost fighter: a biplane, already obsolete and irreplaceable, two inches of heavy snub silver. Ceolred let it spin through a hole in the classroom-floorboards, softly, into the rat-droppings and coins.

After school he lured Ceolred, who was sniggering with fright, down to the old quarries, and flayed him. Then, leaving Ceolred, he journeyed for hours, calm and alone, in his private derelict sandlorry named Albion.

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