lunes, septiembre 05, 2022

Cesare Pavese / El tiempo pasa



Aquel viejo astuto una vez, sentado en la hierba,
esperaba que el hijo volviese con el pollo
mal acogotado, y le daba dos cachetazos. Por el camino
-caminaba al alba sobre aquellas colinas-
le explicaba que el pollo se acogota con la uña
-entre los dedos- del pulgar, sin ruido.
En el crepúsculo fresco marchaban bajo las plantas
repletas de fruta y el muchacho llevaba
sobre el hombro un zapallo amarillento. El viejo decía
que en los campos los víveres son de quien los precisa,
tanto es así que bajo techo no crecen. Mirar bien
alrededor, primero, y después elegir con calma la uva más negra
y sentarse a la sombra y no moverse hasta que uno está lleno.

Hay quien come pollo en la ciudad. Por las calles
no se encuentran los pollos. Se encuentra al vejestorio
-todo lo que queda de aquel viejo astuto-
que, sentado en una esquina, mira a los que pasan
y, cuando quieren, le tiran dos monedas. No abre la boca
el vejestorio: decir siempre una cosa da sed,
y en la ciudad no se encuentran barriles que derramen,
ni en octubre ni nunca. Está el mostrador del cantinero
que tiene hedor a mosto, especialmente de noche.
En otoño, de noche, el viejo camina
pero no tiene más zapallo, y las puertas humosas
de las cantinas arrojan borrachos que barbotean solos.
Es una gente que bebe solamente de noche
(desde la mañana lo piensan) y así se emborracha.
El vejestorio, de joven, bebía tranquilo;
ahora, solo de husmear le baila la barba:
hasta que le planta el bastón entre los pies a un ebrio
que cae a tierra. Lo ayuda a alzarse, le vacía los bolsillos,
(a veces al ebrio le sobra alguna cosa),
y a los dos los tiran afuera de la taberna humosa,
incluido él, que canta, que riñe,
y que quiere el zapallo y tenderse bajo la vid.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Italia, 1908- Turín, Italia, 1950), Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García Editora, Del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


Foto: Una imagen de Cesare Pavese, que circula sin identificación, en este caso sometida a filtros fotográficos Paris Review

Il tempo passa

Quel vecchione, una volta, seduto sull' erba,
spettava che il figlio tornase col pollo
mal strozzato, e gli dava due schiaffi. Per strada
-camminavano all' alba su quelle colline- 
gli spiegava che il pollo si strozza con l' unghia
 -tra le dita- del police, senza rumore.
Nel crepuscolo fresco marciavan sotto le piante 
imbottiti di frutta e il ragazzo portava
sulle spalle una zucca giallastra. Il vecchione diceva
che la roba nei campi è di che ne ha bisogno
tant' è vero che al chiuso non viene. Guardarsi d' attorno
bene prima, e poi scegliere calmi la vite più nera
e sedersele all' ombra e non muovere che si è pieni.

C' è chi mangia dei polli in città. Per le vie
no si trovano i polli. Si trova il vecchiotto
-tutto ciò ch' è rimasto dell' altro vecchione-
che, seduto su un angolo, guarda i passanti
che, si vuole, gli getta due soldi. Non apre la bocca
il vecchiotto: a dir sempre una cosa, vien sete,
e in città non si trova le botti che versano
nè in ottobre nè mai. C' è la griglia dell' oste
che sa puzzo di mosto, specialmente la notte.
Nell' autunno, di notte, il vecchiotto cammina,
ma non ha più la zucca, e le porte fumose
delle tampe dàn fuori ubriachi che cianciano soli.
E una gente che beve soltanto di notte
(dal mattino ci pensa) e così si ubriaca.
Il vecchiotto, ragazzo, beveva tranquilo;
ora, solo annunsando, gli balla la barba:
fin que ficca il bastone tra i piedi a uno sbronzo
che va in terra. Lo aiuta a rialzarsi, gli vuota le tasche
(qualche volta allo sbronzo è avanzato qualcosa)
e alle due lo buttano fuori anche lui
dalla tampa fumosa, che canta, che sgrida
e che vuole la zucca e distendersi sotto la vite.

Mondadori, 1969

1 comentario:

Irene Gruss dijo...

Dicen que el que calla otorga pero yo prefiero aplaudir. Mis respetos, Irene