viernes, octubre 05, 2012

Tony Hoagland / Adán y Eva





Adán y Eva

Quise pegarle en la boca y esa es la verdad.

Después de todo, habíamos pasado de la estación de las miradas furtivas
a la estación de las bocas hambrientas,
de la orilla de las polleras y los jeans desteñidos
al océano de la piel en libertad,
de la cumbre peligrosa de los escalones del departamento
al valle santificado de la cama −

la vela oscilaba en la cómoda, la pequeña espada amarilla
soltaba su aroma a humo y cera,
y yo podía oler el deseo de ella
como una nube húmeda sobre el campo,

cuando en el momento crucial, en el momento fundamental,
en el momento de atención firmes,

agitó su mano blanquísima
delante de la entrada a su cuerpo y dijo No,

y mi cerebro estalló en llamas.

Si no pude hundirme en ella como una lanza oscura
o disolverme en ella como un coágulo tirado al río,

¿puedo llegar hasta el final y decir
que quise pegarle en la cara?
¿Me dan permiso de decir eso, que quería pegarle en la cara blanda?

¿O decir esto es otra instancia de la rapacidad,
otra manera de hacer lo que quería hacer entonces,
al decirlo?

¿Acaso un hombre es solamente un animal, y acaso una mujer no es un animal?
¿Es el nombre del animal poder?
¿Es verdad que el hombre quiere ver a la mujer
herida por su propio placer

y la mujer quiere ver en la cara del hombre la expresión
de alguien que cae desde una gran altura,
que la mujer se emociona con el poder de su debilidad
y el hombre se asombra con la debilidad de su poder?

¿Es la cacería sexual una caza en la que el animal interno
arrastra al humano
a una jungla hecha de vocales,
una maleza de pelos y sudor,

o es esta una idea obsoleta
alojada como un fósil
en el cerebro del mono
que vive dentro del hombre?

¿Puede el fósil ser removido quirúrgicamente
o disuelto, o rediseñado
para que el hombre pueda ser humano como la mujer?

¿Es que la mujer ve al hombre como una casa
donde vivir a salvo,
y es que el hombre ve a la mujer como a una puerta
a través de donde escaparse
de la odiosa prisión de sí mismo,

y si la puerta está cerrada,
es que él odia a la puerta entonces?
¿Es que aprende a odiar todas las puertas?

He visto a la lluvia volverse nieve y otra vez volverse lluvia,
y he visto al amor volverse sexo
y otra vez volverse amor,
y nadie se cubrió la cara de vergüenza,
y nadie se levantó para adentrarse en las fauces solitarias de la noche.

¿Pero adónde, de hecho, se podría haber ido?
¿Es acaso mejor que algunas cosas queden sin decir?
¿Debería decirles el nombre de ella?
¿Puedo decir otra vez,
que quise pegarle en la cara?

Hasta que digamos la verdad, no puede haber ternura.
Mientras haya deseo, no estaremos a salvo.

Tony Hoagland (Fort Bragg, Carolina del Norte, 1953), Donkey Gospel, Graywolf Press, Minneapolis, 1998
Traducción de Inés Garland

Adam and Eve

I wanted to punch her right in the mouth and that’s the truth.

After all, we had gotten from the station of the flickering glances
to the station of the hungry mouths,
from the shoreline of skirts and faded jeans
to the ocean of unencumbered skin,
from the perilous mountaintop of the apartment steps
to the sanctified valley of the bed −

the candle fluttering upon the dresser top, its little yellow blade
sending up its whiff of waxy smoke,
and I could smell her readiness
like a dank cloud above a field,

when at the crucial moment, the all-important moment,
the moment standing at attention,

she held her milk white hand agitatedly
over the entrance to her body and said No,

and my brain burst to flame.

If I couldn’t sink myself in her like a dark spur
or dissolve into her like a clod thrown in a river,

can I go all the way in the saying, and say
I wanted to punch her right in the face?
Am I allowed to say that,
that I wanted to punch her right in her soft face?

Or is the saying just another instance of rapaciousness,
just another way of doing what I wanted then,
by saying it?

Is a man just an animal, and is a woman not an animal?
Is the name of the animal power?
Is it true that the man wishes to see the woman
hurt with her own pleasure

and the woman wants to see the expression on the man’s face 
of someone falling from great height,
that the woman thrills with the power of her weakness
and the man is astonished by the weakness of his power?

Is the sexual chase a hunt where the animal inside 
drags the human down
into a jungle made of vowels,
hormonal undergrowth of sweat and hair,

or is this an obsolete idea
lodged like a fossil
in the brain of the ape
who lives inside the man?

Can the fossil be surgically removed
or dissolved, or redesigned
so the man can be a human being, like a woman?

Does the woman see the man as a house
where she might live in safety,
and does the man see the woman as a door
through which he might escape
the hated prison of himself,

and when the door is locked,
does he hate the door instead?
Does he learn to hate all doors?

I’ve seen rain turn into snow then back to rain,
and I’ve seen making love turn into fucking
then back to making love,
and no one covered up their faces out of shame,
no one rose and walked into the lonely maw of night.

But where was there, in fact, to go?
Are some things better left unsaid?
Shall I tell you her name?
Can I say it again,
that I wanted to punch her right in the face?

Until we say the truth, there can be no tenderness.
As long as there is desire, we will not be safe.


Foto: Tony Hoagland en High Volumes

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