sábado, agosto 02, 2014

Santiago Sylvester / Peripecia del cuerpo












El cuerpo es exigente: reclama, ofrece prestaciones, y ahora
me doy cuenta de que elige sólo a medias:
sin embargo,
en él está lo que gano y pierdo: vértigo de lo que llega,
descarte de lo que sobra y
perpetuamente sobrará.
La memoria
forma parte del cuerpo: no difieren naturaleza y cultura: todo
en este caso es todo, pero no con el fastidio ontológico sino
con la contundencia del verbo estar.
La voz, el entusiasmo,
forman parte del cuerpo como la mirada forma parte del
ojo: no hay separación que valga.
Un cuerpo sano o enfermo es igualmente el cuerpo, incluso
la cicatriz;
la caída de un diente, un moretón, son tan cuerpo como la
punta de los dedos:
hasta lo que puede ser cortado, uña, pelo o pellejo, que es
donde más se esmera porque ahí
puede desaparecer.
El enigma que circula por el cerebro, lo intenso del tendón
y resueltamente el sexo: cada tarea
pregunta qué vino mi cuerpo a decir de mí, cuál es la
justificación que me rodea:
el cuerpo, el exigente.
Con él
me siento en confianza, no sé si en calma:
un ojo cerrado, el otro abierto,
como el animal que se tiende al lado de su dueño y se duerme,
y sospecha que por ahora todo está bien.

Santiago Sylvester (Salta, 1942), Los casos particulares, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014

viernes, agosto 01, 2014

Gabriel Chávez Casazola / De su estancia












De su estancia en vaya a saberse cuáles ciudades de la confusión
conservaba,
apenas a salvo de la humedad y el calor propio a esa hacienda
estacada en el centro del verano,
unas cuantas revistas que en el cuarto de baño daban cuenta
de un pasado mejor, de unos años
de bullente actividad intelectual,
de grupos activistas, de talleres de cuento, de seminarios
  lacanianos,
de círculos de discusión de la Escuela de Frankfurt
y otros misterios reservados para los iniciados en
el buen sexo y los porros de aquella época y de aquellas ciudades de la
  confusión
en las que esa mujer altiva y lúcida aprendió a preparar un par
  de buenos platos
-por ejemplo, pollo al mole-
que hoy junto a las revistas son todo el patrimonio que perdura
de aquellos años dorados, esplendentes,
en que todos querían cambiar el mundo a fuerza
de bullente actividad intelectual y porros y Gramsci y hasta Louis Althusser.
hasta que Louis Althusser estranguló a su mujer e ingresó al manicomio
y murió babeando su impotencia y su ira en un camino
lodoso, del color del mole del pollo al mole,
botando sangre como rojos un cuadro de Frida Kahlo,
esa lugar común ahora, por entonces un descubrimiento
en una de las tapas de aquellas revistas estacadas
en medio del baño de aquella hacienda,
estacada a su vez
en el centro de esa mujer altiva y lúcida, tan digna
en su derrota
como la golondrina de Wilde cuando decía
despreciar el verano.

Gabriel Chávez Casazola (Sucre, 1972), Revista de Humanidades El Navegante n° 5, Universidad del Desarrollo, Santiago de Chile, 2013

jueves, julio 31, 2014

Charles Wright / El pájaro carpintero picotea, pero el agujero no aparece










Es duro de imaginar cuán olvidables somos,
cuán rápido todo lo que hemos hecho
es olvidado y se torna implacable,
cuán rápido
los lirios de los pantanos y el trébol amarillo iluminan nuestras pisadas,
cuán rápido y al final el paisaje nos subsume,
y todo lo que somos se transforma en lo que no somos.

Esto no es nuevo, el pinzón naranja
y el amarillo y el pardo
   levantando la arcilla seca gentilmente,
los pastos dormidos en su verde huida
antes de que el mediodía pueda sacudirlos,
el dulce olvido de todos los días
   como un chaleco tibio
sobre el frío e interminable cuerpo de la memoria.

Escasez de nubes sobre la mañana de Montana.
Julio, con sus mejillas azules hinchadas como un angelote en un mapa antiguo,
resoplando el viento hacia abajo desde la esquina noroeste de las cosas,
gorjeos en las cepas siempre verdes,
   golondrinas hollando el aire,
los cuervos saltando de árbol en árbol, tú no, tú no,
es todo lo que el mundo permite, y todo lo que uno puede desear.

Charles Wright (Pickwick Dam, Tennessee, 1935), Revista de Humanidades El Navegante n° 5, Universidad del Desarrollo, Santiago de Chile, 2013
Traducción de Claudio Archubi

miércoles, julio 30, 2014

Gerður Kristný / Anne









Durante el día, ni pío
de Anne, que vive arriba en plena viudez
-excepto cuando se duerme
y su diario
cae al suelo

Aparte de ello, ni pío

Otro asunto es por la noche
entonces es todo un infierno de barullo
los amigos de Anne hacen traquetear las escaleras
gritando sus holas
y abren una fiesta
algunos con botella de leche agria
otros chupando huevos

Hacia el amanecer los vecinos están cansados
de violines y canciones folclóricas
Los invitados salen de prisa
fundiéndose con las paredes

Cuando la policía fuerza la puerta
Anne está sentada a la mesa de la cocina
escribiendo

Gerður Kristný (Reikiavik, Islandia, 1970), Prometeo, Revista Latinoamericana de Poesía, nº 94-95, Medellín, julio de 2013
Trad. de Isabel Plaza




martes, julio 29, 2014

Gerður Kristný / Norte










Lentamente como los cachalotes
flotamos por la penumbra
que es blanca
aquí en el páramo

Se aferra veloz a lo suyo
concediendo sólo
un mensaje a la vez

Por un momento ellos resplandecen
al lado de la carretera
como las cerillas de la niña
en el cuento de hadas
encendiéndonos
hasta que volvemos
al agujero en el hielo
a respirar

Gerður Kristný (Reikiavik, Islandia, 1970), Prometeo, Revista Latinoamericana de Poesía, nº 94-95, Medellín, julio de 2013
Trad. de Isabel Plaza
Envío de Jonio González

Foto: Gerdur Kristný por Kristinn Ingvarsson

lunes, julio 28, 2014

Dino Campana / De "Cantos órficos", 3














Fantasía sobre un cuadro de Ardengo Soffici

Cara, zig zag anatómico que ensombrece
La pasión torva de una vieja luna
Que mira colgada del cielorraso
En una taberna café chantant
De América: la roja velocidad
De luces funámbula que tanguea
Española cinérea
Histérica en tango de luces se esfumó:
Que mira en el café chantant
De América
En el piano martillado tres
Llamitas rojas solas se encendieron.


Florencia
(Uffizzi)

Dentro de tus puentes multicolores
El Arno adivino, tranquilo se enarena
Y en reflejos sonoros quiebra apenas
Severos arcos entre un morir de flores.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Azul en el arco del intercolumnio
Tiembla rayado entre excelsos palacios:
Cándidas rayas en el azul; perdidos
Vuelos sobre blanca juventud en columnas.

Dino Campana (Marradi, 1885 – Scandicci, 1932), "Cantos órficos. La Verna", Cantos órficos y otros poemas, estudio preliminar y traducción de Antonio Aliberti, Epsilon Editora, Buenos Aires, 1986

Foto: Una imagen de Dino Campana, circa 1912. Fue puesta en cuestión en los últimos años


Fantasia su un quadro d’Ardengo Soffici 

Faccia, zig zag anatomico che oscura
La passione torva di una vecchia luna
Che guarda sospesa al soffitto
In una taverna café chantant
D’America: la rossa velocità
Di luci funambola che tanga
Spagnola cinerina
Isterica in tango di luci si disfà:
Che guarda nel café chantant
D’America:
Sul piano martellato tre
Fiammelle rosse si sono accese da sè.



Firenze
(Uffizii) 

Entro dei ponti tuoi multicolori
L’Arno presago quietamente arena
E in riflessi tranquilli frange appena
Archi severi tra sfiorir di fiori.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Azzurro l’arco dell’intercolonno
Trema rigato tra i palazzi eccelsi:
Candide righe nell’azzurro: persi
Voli: su bianca gioventù in colonne.

domingo, julio 27, 2014

Dino Campana / De "Cantos órficos", 2





Barcas amarradas

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Las velas las velas las velas
Que chasquean y azotan al viento
Que infla de vagas secuelas
Las velas las velas las velas
Que tejen y tejen: lamento
Voluble que la ola que extingue
En la ola voluble se apaga
En el último cruel estallido
Las velas las velas las velas


Fragmento
(Florencia)

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y los piececitos marchaban armoniosos
Llevando los sombrerones batalleros
Que armaban de un ala los ojos fieros
De su sola languidez en la luz del día...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

La Pascua era un febril campaneo...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Dino Campana (Marradi, 1885 – Scandicci, 1932), "Cantos órficos. Poemas diversos y fragmentos", Cantos órficos y otros poemas, estudio preliminar y traducción de Antonio Aliberti, Epsilon Editora, Buenos Aires, 1986

Ilustración:  Retrato de Dino Campana basado en una foto de alrededor de 1912. Editorial Acquaviva., Italia, vía Fanpage

Barche amarrate
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 
Le vele le vele le vele
Che schioccano e frustano al vento
Che gonfia di vane sequele
Le vele le vele le vele
Che tesson e tesson: lamento
Volubil che l'onda che ammorza
Ne l'onda volubile smorza
N l'ultimo schianto crudele
Le vele le vele le vele


Frammento
(Firenze)

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
E i piedini andavano armoniosi
Portando i cappelloni battaglieri
Che armavano di un'ala gli occhi fieri
Del lor languore solo nel bel giorno
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 

Scampanava la Pasqua per la via...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

sábado, julio 26, 2014

Dámaso Alonso / Mujer con alcuza








¿Adónde va esa mujer,
arrastrándose por la acera,
ahora que ya es casi de noche,
con la alcuza en la mano?

Acercaos: no nos ve.
Yo no sé qué es más gris,
si el acero frío de sus ojos,
si el gris desvaído de ese chal
con el que se envuelve el cuello y la cabeza,
o si el paisaje desolado de su alma.

Va despacio, arrastrando los pies,
desgastando suela, desgastando losa,
pero llevada
por un terror
oscuro,
por una voluntad
de esquivar algo horrible.

Sí, estamos equivocados.
Esta mujer no avanza por la acera
de esta ciudad,
esta mujer va por un campo yerto,
entre zanjas abiertas, zanjas antiguas, zanjas recientes,
y tristes caballones,
de humana dimensión, de tierra removida,
de tierra
que ya no cabe en el hoyo de donde se sacó,
entre abismales pozos sombríos,
y turbias simas súbitas,
llenas de barro y agua fangosa y sudarios harapientos del color de la desesperanza.

Oh sí, la conozco.
Esta mujer yo la conozco: ha venido en un tren,
en un tren muy largo;
ha viajado durante muchos días
y durante muchas noches:
unas veces nevaba y hacía mucho frío,
otras veces lucía el sol y sacudía el viento
arbustos juveniles
en los campos en donde incesantemente estallan extrañas flores encendidas.

Y ella ha viajado y ha viajado,
mareada por el ruido de la conversación,
por el traqueteo de las ruedas
y por el humo, por el olor a nicotina rancia.
¡Oh!:
noches y días,
días y noches,
noches y días,
días y noches,
y muchos, muchos días,
y muchas, muchas noches.

Pero el horrible tren ha ido parando
en tantas estaciones diferentes,
que ella no sabe con exactitud ni cómo se llamaban,
ni los sitios,
ni las épocas.

Ella
recuerda sólo
que en todas hacía frío,
que en todas estaba oscuro,
y que al partir, al arrancar el tren
ha comprendido siempre
cuán bestial es el topetazo de la injusticia absoluta,
ha sentido siempre
una tristeza que era como un ciempiés monstruoso que le colgara de la mejilla,
como si con el arrancar del tren le arrancaran el alma,
como si con el arrancar del tren le arrancaran innumerables margaritas, blancas cual su alegría infantil
    en la fiesta del pueblo,
como si le arrancaran los días azules, el gozo de amar a Dios y esa voluntad de minutos en sucesión
    que llamamos vivir.
Pero las lúgubres estaciones se alejaban,
y ella se asomaba frenética a las ventanillas,
gritando y retorciéndose,
solo
para ver alejarse en la infinita llanura
eso, una solitaria estación,
un lugar
señalado en las tres dimensiones del gran espacio cósmico
por una cruz
bajo las estrellas.

Y por fin se ha dormido,
sí, ha dormitado en la sombra,
arrullada por un fondo de lejanas conversaciones,
por gritos ahogados y empañadas risas,
como de gentes que hablaran a través de mantas bien espesas,
sólo rasgadas de improviso
por lloros de niños que se despiertan mojados a la media noche,
o por cortantes chillidos de mozas a las que en los túneles les pellizcan las nalgas,
...aún mareada por el humo del tabaco.

Y ha viajado noches y días,
sí, muchos días,
y muchas noches.
Siempre parando en estaciones diferentes,
siempre con una ansia turbia, de bajar ella también, de quedarse ella también,
ay,
para siempre partir de nuevo con el alma desgarrada,
para siempre dormitar de nuevo en trayectos inacabables.

...No ha sabido cómo.
Su sueño era cada vez más profundo,
iban cesando,
casi habían cesado por fin los ruidos a su alrededor:
sólo alguna vez una risa como un puñal que brilla un instante en las sombras,
algún cuchillo como un limón agrio que pone amarilla un momento la noche.
Y luego nada.
Solo la velocidad,
solo el traqueteo de maderas y hierro
del tren,
solo el ruido del tren.

Y esta mujer se ha despertado en la noche,
y estaba sola,
y ha mirado a su alrededor,
y estaba sola,
y ha comenzado a correr por los pasillos del tren,
de un vagón a otro,
y estaba sola,
y ha buscado al revisor, a los mozos del tren,
a algún empleado,
a algún mendigo que viajara oculto bajo un asiento,
y estaba sola,
y ha gritado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado en la oscuridad,
y estaba sola,
y ha preguntado
quién conducía,
quién movía aquel horrible tren.
Y no le ha contestado nadie,
porque estaba sola,
porque estaba sola.
Y ha seguido días y días,
loca, frenética,
en el enorme tren vacío,
donde no va nadie,
que no conduce nadie.

...Y esa es la terrible,
la estúpida fuerza sin pupilas,
que aún hace que esa mujer
avance y avance por la acera,
desgastando la suela de sus viejos zapatones,
desgastando las losas,
entre zanjas abiertas a un lado y otro,
entre caballones de tierra,
de dos metros de longitud,
con ese tamaño preciso
de nuestra ternura de cuerpos humanos.
Ah, por eso esa mujer avanza (en la mano, como el atributo de una semidiosa, su alcuza),
abriendo con amor el aire, abriéndolo con delicadeza exquisita,
como si caminara surcando un trigal en granazón,
sí, como si fuera surcando un mar de cruces, o un bosque de cruces, o una nebulosa de cruces,
de cercanas cruces,
de cruces lejanas.

Ella,
en este crepúsculo que cada vez se ensombrece más,
se inclina,
va curvada como un signo de interrogación,
con la espina dorsal arqueada
sobre el suelo.
 ¿Es que se asoma por el marco de su propio cuerpo de madera,
como si se asomara por la ventanilla
de un tren,
al ver alejarse la estación anónima
en que se debía haber quedado?
 ¿Es que le pesan, es que le cuelgan del cerebro
sus recuerdos de tierra en putrefacción,
y se le tensan tirantes cables invisibles
desde sus tumbas diseminadas?
 ¿O es que como esos almendros
que en el verano estuvieron cargados de demasiada fruta,
conserva aún en el invierno el tierno vicio,
guarda aún el dulce álabe
de la cargazón y de la compañía,
en sus tristes ramas desnudas, donde ya ni se posan los pájaros?

Dámaso Alonso (Madrid, 1898-1990), Hijos de la ira, Castalia, Madrid, 1989.
Envío de Jonio González

viernes, julio 25, 2014

Alejandro Nicotra / Sobre el alcohol y los poemas no escritos












Sobre el alcohol y los poemas no escritos
-dices- cayó uno, y los otros
caerán también, si no han caído aún
con los ojos quemados por la soledad,
todos seremos destruidos
y no sé si algún verso
valdrá, como pensábamos, estas muertes.

Alejandro Nicotra (Sampacho, Córdoba, 1931), La tarea a cumplir, selección y prólogo de Ricardo H. Herrera, Editorial Brujas, Córdoba, 2014

jueves, julio 24, 2014

Juan Anselmo Leguizamón / Tenía que haberle pedido a Javier Adúriz que corrija esto










¡Corran -les gritó-
ya se han dado cuenta de que son poetas!

Y así -de rompe y raje- estuvieron idos
con sus pentámetros yámbicos a cuestas
agarrados de sus sombreros de fieltro
perdiendo algunos Wordsworth en el camino.

Fue en tandas de cinco que se las tomaron
llevados por motoqueros del infierno
a la loma donde el Lucifer de Milton
acabado de tanto trajín y dolo

giraba en pura sangre de calesita
sin pillar sortija.

Juan Anselmo Leguizamón (Santiago del Estero, 1971), inédito

miércoles, julio 23, 2014

Jaim Guri / Me parece...












Me parece estar guardando los muros de una ciudad
que murió hace ya mucho tiempo.

La luz que ahora me alumbra
es el resto de otra que se apagó hace mucho.

Paseo entre las cosas que relegó el tiempo,
y camino.
Ellas viven fuera del tiempo que se desvanece en el reloj.

Ellas vuelven a mí, vuelven a vivir lentamente en mí,
junto a los ceniceros,
junto a las frías tazas de café.

Camino mucho y adivino
y gozo de la duda.

Pero guardo los muros de una ciudad que murió hace ya mucho.

Jaim Guri (Tel Aviv, 1923 - jerusalén, 2018), "Poesía hebrea moderna", La Semana Publicaciones, Jerusalem, 1987
Traducción de Arie Comey
Envío de Jonio González

martes, julio 22, 2014

Carlos López Beltrán / Desabrigo













Tuve un hijo.
Entre las ramas del bosque alemán
que rayan como ráfagas de grafito la ventana
de pronto adivino su perfil y siento su presencia.
Camina solo en una ciudad desconocida por mí,
entre dos barrios lúgubres, de inmigrantes.
Lleva un suéter muy grueso y muy gastado.
Y ha encendido un cigarro...

En este mismo instante en que se me aparece su sombra
él me entrevé en este vagón oscuro
junto a una mujer dormida, escribiendo.
Escribiendo sobre él...

Siente mi turbación dolorosa
y la siente distante, fría, amortiguada
bajo la paja astrosa de la ausencia.
Tuve un padre apenas se murmura
a sí mismo cuando una rata
corriendo entre dos cloacas lo distrae.

Tuve un hijo apenas me murmuro y mi mujer despierta
y me dice quedito una rata, una rata
corriendo entre dos cloacas, en mi sueño...

Carlos López Beltrán (Minatitlán, México, 1957), en Letras Libres, noviembre de 2007

lunes, julio 21, 2014

Gregory Orr / Dos poemas








Los sombreros

Los sombreros están hambrientos.
¿Qué comerán?
El tío divertido
mete la mano en su sombrero
y saca una manga vacía.
Todos los padres ríen
pero los niños están asustados.
¿Qué comerán ahora los sombreros,
los sombreros que llevan nuestros padres?
Mirad el sombrero en el rincón.
¿Le han dado de comer?


La canción del mendigo

Aquí hay una semilla. Comida
para una semana. Cráneo de vaca
en el prado; habitación trasera
donde estaba el cerebro:
una choza espaciosa para mí.

Pequeña por lo tanto, y más pequeña.
Mi deseo es permanecer vivo
y no ser más grande
que una astilla
alojada en mi corazón.

Y si el corazón es una roca
lo aporrearé con esta copa
de estaño y comeré las chispas.
gritando siempre, gritando
siempre por más.

Gregory Orr (Albany, NY, 1947), The Caged Owl, Copper Canyon Press, Port Townsend, 2002
Versiones de Jonio González


THE HATS

The hats are hungry.
What will they eat?
The funny uncle
puts his hand into the hat
and pulls out an empty sleeve.
All the parents are laughing,
but the children are scared.
What will the hats eat now;
the hats our fathers wear?
See the hat in the corner.
Has it been feed?

BEGGARS'S SONG

Here’s a seed. Food
for a week. Cow skull
in the pasture; back room
where the brain was:
spacious hut for me.

Small then, and smaller.
My desire’s to stay alive
and be no larger
than a sliver
lodged in my own heart.

And if the heart’s a rock
I’ll whack it with this tin
cup and eat the sparks,
always screaming, always
screaming for more.

sábado, julio 19, 2014

Silvina López Medin / Tres lombrices en la pileta hacen en el fondo un cuadro abstracto



Esa vez que intenté romper
el domingo en dos
y en la mitad
del peor temporal
bajo la flecha que parte la noche, agita
sus criaturas,
quise pisar la tormenta,
los pies desnudos en el pasto
el cuerpo a la espera de agua ajena

hasta recordar
lo que sale a flote:

lombrices
que tras el diluvio los pájaros
bajan a devorar,
levanté un pie
volví a los saltitos
hacia la zona de confort
bajo las tejas

llovía, llovía en serio
la lluvia no era fílmico
anuncio de otra cosa.

Silvina López Medin (Buenos Aires, 1976), Esa sal en la lengua para decir manglar,
Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014

viernes, julio 18, 2014

Javier Adúriz / Arriba, arriba


Arriba, arriba, parias de la tierra,
arriba famélica legión. Dejad de lado,
dejen los cartones, nada va a cambiar.

Arriba, arriba, santos de la tierra,
muchedumbre ensoñada, corazones
de carne. Nada va a cambiar.

El género humano es la internacional.

Arriba, arriba, la luz está en nosotros,
una beatitud incandescente, el sentido
nomás, de haber vivido el sin sentido.

Arriba, arriba, nada va a cambiar.
Después de todo, el significado
lo hacemos entre todos. Arriba.

El género humano es la internacional.

Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948-2011), "Los nada", 2011,
Poesía completa, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2014

Antonella Anedda / De "Notti di pace occidentale", 4



II

No quería nombres para muertos desconocidos
y sin embargo quería que existieran
quería que una lengua anónima
–la mía–
hablase de muchos muertos anónimos.
Lo que llamamos paz
trae sólo el breve alivio de la tregua.
Si el nombre es alcanzarse a sí mismo,
ninguno de estos muertos ha alcanzado su destino.
No hay más que lugares, los de una isla
desde donde escrutar el Continente
–el oriente– sus guerras
el polvo que arrojan para confundir
el veredicto: no estamos salvados
no salvamos
sino con un coraje oblicuo
con un gesto
de mínima luz.

Antonella Anedda (Roma, 1958), "Nohes de paz occidental", 1999,
Antología, traducción de Jorge Aulicino,
Hilos Editora, Buenos Aires, 2014

II

Non volevo nomi per morti sconosciuti
eppure volevo che esistessero
volevo che una lingua anonima
–la mia–
parlasse di molte morti anonime.
Ciò che chiamiamo pace
ha solo il breve sollievo della tregua.
Se nome è anche raggiungere se stessi
nessuno di questi morti ha raggiunto il suo destino.
Non ci sonno che luoghi, quelli di un’isola
da cui scrutare il Continente
–l’oriente– le sue guerre
la polvere che gettano a confondere
il verdetto: noi non siamo salvi
noi non salviamo
se non con un coraggio obliquo
con un gesto
di minima luce.

jueves, julio 17, 2014

Robert Lowell / Buenos Aires












En mi habitación del Hotel Continental
a mil millas de ninguna parte,
escuché
el grueso, carnoso respirar de la manada.

El ganado cubría mi ropa nueva:
abrigo de delgada gamuza color nuez,
calzado puntiagudo
que me apretaba los pies.

Un falso decoro de fin de siglo
roncaba sobre Buenos Aires,
perdido en las pampas
gobernada desde cuarteles.

Antiguos hombres fuertes  a quienes se negó la gloria,
en bancarrota, a caballo, soldados a sus monturas, movían
patas alzadas en mármol blanco de forma lunar
para abatir al país.

La escultura militar romántica
enarbolaba sables frente a arquitectura Dickensiana,
lacónicos pelotones patrullaban los vacíos
dejados por la pobreza invisible.

Todo el día leí de golpes de estado de la prensa
de pesados, generales destructivos –
bollos de masa en el tablero de ajedrez – y nunca vi
los tanques que se le enfrentaban.

En los soleados paseos de cipreses
en  el cementerio de Mártires Republicanos,
cientos de templos romanos monoambientes
albergaban sus neoclásicos catafalcos.

Bustos realistas conmemorativos
preservaban los sacones de campaña
y las preocupadas, surcadas frentes
de esos soldados burócratas.

Al borde de sus portones de bronce
cien diosas de mármol
lloraban como sauces. Hallé alivio
cubriendo con suaves palmas cada duro seno.

Esa noche caminé las calles.
Mis apretados pies sangraban en los zapatos. En una plaza
rechacé la seducción desde la oscuridad de
cuerpos de pitonisas semidiosas del nuevo mundo.

En todas partes bramaba el viejo toro –
los amordazados de abajo clamaban
por la bruta carne de Perón,
el Don Juan de las cortesanas.

En la plaza principal
un obelisco de piedra blanca
se erguía como falo
sin piel ni pelo –

siempre mi faro
¡me dirigí a casa que es el hotel!
Mi aliento blanqueaba el aire invernal
abatido yo por el cansancio.

Cuando la negrura de la noche se disipó,
vi la luz de la madrugada
sobre una Buenos Aires llena
de un severo gentío almidonado.

Robert Lowell (Boston, 1917- New York,1977), New York Review of Books, 1 de febrero de 1963. Incluido en el libro For the Union Dead (Para los muertos de la unión), 1964
Versión de Andrew Graham-Yooll


Buenos Aires

In my room at the Hotel Continental
a thousand miles from nowhere,
I heard
the bulky, beefy breathing of the herds.

Cattle furnished my new clothes:
my coat of limp, chestnut-colored suede,
my sharp shoes
that hurt my toes.
A false fin de siecle decorum
snored over Buenos Aires,
lost in the pampas
and run by the barracks.

Old strong men denied apotheosis,
bankrupt, on horseback, welded to their horses, moved
white marble rearing moon-shaped hooves,
to strike the country down.

Romantic military sculpture
waved sabers over Dickensian architecture,
laconic squads patrolled the blanks
left by the invisible poor.

All day I read about newspaper coup d’états
of the leaden, internecine generals—
lumps of dough on the chessboard—and never saw
their countermarching tanks.

Along the sunlit cypress walks
of the Republican Martyrs’ graveyard,
hundreds of one-room Roman temples
hugged their neo-classical catafalques.

Literal commemorative busts
preserved the frogged coats
and fussy, furrowed foreheads
of those soldier bureaucrats.

By their brazen doors
a hundred marble goddesses
wept like willows. I found rest
by cupping a soft palm to each hard breast.

That night I walked the streets.
My pinched feet bled in my shoes. In a park
I fought off seduction from the dark
python bodies of new world demigods.

Everywhere, the bellowing of the old bull—
the muzzled underdogs still roared
for the brute beef of Peron,
the nymphets’ Don Giovanni.

On the main square
a white stone obelisk
rose like a phallus
without flesh or hair—

always my lighthouse
homeward to the hotel!
My breath whitened the winter air,
I was the worse for wear.

When the night’s blackness spilled,
I saw the light of morning
on Buenos Aires filled
with frowning, starch-collared crowds.

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Foto: Robert Lowell en Londres, 1967 Jane Brown/The Guardian

miércoles, julio 16, 2014

Franco Fortini / Comunismo















Siempre he sido comunista.
Pero justamente los otros comunistas
han sospechado de mí. Era comunista
mucho más allá de sus certezas y mis dudas.
Justamente no me han reconocido.

Mi disciplina no podían verla.
Mi centralismo parecía anarquía.
Mi autocrítica negaba la de ellos.
No se puede ser comunista especial.
Pensarlo significa no serlo.

Así justamente no me han reconocido
mis compañeros. Siervo del capital
yo, como ellos. Más aún, porque lo olvidaba.
Y ellos trabajaban mientras buscaba mi placer.
Incluso por esto siempre era comunista.

Mucho más allá de sus certezas y mis dudas,
de este mundo siempre quería el final.
Pero también mi fin. Y también esto -más, esto-
los alejaba de mí. No los ayudaba mi esperanza.
Mi centralismo parecía anarquía.

Como quien para sí quiere más verdad
para ser ante los otros más verdadero y para que los otros
sean él mismo, así he vivido y muero.
Siempre por lo tanto he sido comunista.
De este mundo siempre quería el final.

Vivo, he vivido bastante para ver
por ciencia horrenda abatidos a los compañeros que me hirieron.
Pero digo: ¿sabían que era de los suyos, ustedes, no?
¿Por eso me odiaban? Oh mi verdad necesita,
disuelta en tiempo y aire, corazones más dispuestos a educar.

Franco Fortini (Florencia, 1917–Milán, 1994), "Una volta per sempre", Versi scelti, 1939-1989, Einaudi Editore, Turín, 1990
Versión de J. Aulicino


Comunismo

Sempre sono stato comunista.
Ma giustamente gli altri comunisti
hanno sospettato di me. Ero comunista
troppo oltre le loro certezze e i miei dubbi.
Giustamente non m’hanno riconosciuto.

La disciplina mia non potevano vederla.
Il mio centralismo pareva anarchia.
La mia autocritica negava la loro.
Non si può essere comunista speciale.
Pensarlo vuol dire non esserlo.

Così giustamente non m’hanno riconosciuto
i miei compagni. Servo del capitale
io, come loro. Più, anzi: perché lo dimenticavo.
E lavoravano essi, mentre io il mio piacere cercavo.
Anche per questo sempre ero comunista.

Troppo oltre le loro certezze e i miei dubbi
di questo mondo sempre volevo la fine.
Ma la mia fine anche. E anche questo, più questo,
li allontanava da me. Non li aiutava la mia speranza.
Il mio centralismo pareva anarchia.

Com’è chi per sè vuole più verità
per essere agli altri più vero e perché gli altri
siano lui stesso, così sono vissuto e muoio.
Sempre dunque sono stato comunista.
Di questo mondo sempre volevo la fine.

Vivo, ho vissuto abbastanza per vedere
da scienza orrenda percossi i compagni che m’hanno piagato.
Ma dite: lo sapevate che ero dei vostri, voi, no?
Per questo mi odiavate? Oh, la mia verità è necessaria,
dissolta in tempo e aria, cuori più attenti a educare.
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Foto: Franco Fortini, foto de juventud La Nazione

martes, julio 15, 2014

César Vallejo / Salutación angélica















Eslavo con respecto a la palmera,
alemán de perfil al sol, inglés sin fin,
francés en cita con los caracoles,
italiano ex profeso, escandinavo de aire,
español de pura bestia, tal el cielo
ensartado en la tierra por los vientos,
tal el beso del límite en los hombros.

Mas sólo tú demuestras, descendiendo
o subiendo del pecho, bolchevique,
tus trazos confundibles,
tu gesto marital,
tu cara de padre,
tus piernas de amado,
tu cutis por teléfono,
tu alma perpendicular
a la mía,
tus codos de justo
y un pasaporte en blanco en tu sonrisa.

Obrando por el hombre, en nuestras pausas,
matando, tú, a lo largo de tu muerte
y a lo ancho de un abrazo salubérrimo,
vi que cuando comías después, tenías gusto,
vi que en tus sustantivos creció yerba.

Yo quisiera, por eso,
tu calor doctrinal, frío y en barras,
tu añadida manera de miramos
y aquesos tuyos pasos metalúrgicos,
aquesos tuyos pasos de otra vida.

Y digo, bolchevique, tomando esta flaqueza
en su feroz linaje de exhalación terrestre:
hijo natural del bien y del mal
y viviendo talvez por vanidad, para que digan,
me dan tus simultáneas estaturas mucha pena,
puesto que tú no ignoras en quién se me hace tarde diariamente,
en quién estoy callado y medio tuerto.

César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-París, 1938), "Poemas humanos", Obra poética completa, Francisco Moncloa Editores, Lima, 1968
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Foto: s/d

lunes, julio 14, 2014

Raymond Carver / Advertencia













Al intentar un poema mientras afuera todavía
estaba oscuro, tuvo la inconfundible sensación de que
le estaban observando. Dejó la pluma y miró a su alrededor.
Un momento después se levantó y recorrió las habitaciones de
su casa. Miró dentro de los armarios. Nada, claro.
Con todo, no quería arriesgarse.
Apagó las luces y se quedó sentado a oscuras.
Fumó su pipa hasta que pasó la sensación
y hubo luz afuera. Bajó la vista
al papel en blanco que tenía delante. Luego se levantó
y volvió a hacer la ronda de su casa.
El sonido de su respiración lo acompañaba.
Sólo eso. Evidentemente.
Nada.

Raymond Carver (Clatskanie, Oregon, 1938-Port Angeles, Washington, 1988), Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas, traducción de Mariano Antolín Rato, Visor, Madrid, 1993

Foto: s/d

domingo, julio 13, 2014

Raymond Carver / Después del incendio











El hombrecillo viejo y calvo, cocinero del general Zukov, el
mismo cuya gorra se había quemado, entró. Se sentó y escuchó.
Luego, también él empezó a recordar y a contar historias.
Nicolai, sentado en la chimenea, con las piernas colgando,
escuchaba y hacía preguntas sobre los platos
que preparaba para los nobles en los viejos tiempos.
Hablaron de albondiguillas, de chuletas, diversas sopas y
salsas, y el cocinero, que lo recordaba todo muy bien,
mencionó platos que ya no se preparaban; había uno, por ejemplo
-un plato hecho con ojos de vaca-, que se llamaba
"al levantarse a la mañana".

                                                     Anton Chéjov
                                                          Los campesinos


Raymond Carver (Clatskanie, Oregon, 1938-Port Angeles, Washington, 1988), Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas, traducción de Mariano Antolín Rato, Visor, Madrid, 1993

Foto:s/d