domingo, julio 19, 2015

Tom Pow / La Anunciación









La Anunciacion (c.1963-64) de Antonia Eiriz (1929-1995)
Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana

Hay algo de Charles Laughton
a propósito de la Virgen lumpen –una simple costurera–
mientras retrocede en su silla, fijada
por una luz pálida. Jadea para respirar,
en tanto pasan a través de ella ondas de choque neurálgicas.
¿Y quién va a culparla? – con apenas
una máquina de coser entre ella
y el ángel que se le presenta
–en una diagonal desde el extremo derecho–
como algo liberado de una trampa,
así de desesperado ha estado por su tarea...

Un crítico se ha referido a
“el salvajismo feroz” de la obra de Eiriz
y en verdad, ninguno de los Cuatro Jinetes de Durero
es tan terrorífico como este demonio esquelético.
Le vemos la caja de las costillas, el hueso pélvico,
redondo como una rueda. No hay nada
detrás de sus insondables ojos cuadrados;
sin embargo el jubiloso horror
de su boca rectangular y oscura
recuerda la jaula de la que saltó.
                                                       Su brazo izquierdo
 –una conjunción de huesos prácticos–
aparece fijado a un costado de su cabeza. De esa prolongación
huesuda es de la que la costurera inútilmente se aparta.

Sin embargo, él entregará su mensaje, con elocuencia
aquí parafraseado: “¿Las buenas noticias?
no hay presente de Dios ni Dios es
un presente. Ni el misticismo ni vida
respiran en esta pintura, sólo
la terrible angustia que precede el final.”
De hecho es una imagen de fuerza sin alegría
– aunque no carente de su majestad. Las alas del ángel
–color agua de zanja–
vuelan detrás de él como una capa;
y encima de sus cejas feroces, casi líquidas,
unas pocas pinceladas marcan una corona.

La información sobre Eiriz
no es tan fácilmente disponible como su obra merece.
Pero entiendo, por hablar con
quienes la conocieron, que cayo en desgracia
en algún momento de los años sesenta, su obra
fue atacada con tal “salvajismo feroz”
que abandonó la pintura del todo –
sin embargo quienquiera que ubique a la Muerte en el centro
del deporte nacional (La Muerte en Pelota, 1966)
no está buscando ganarse el favor de nadie. Según los testigos,
se fue volviendo cada vez más huraña y pasó sus últimos
años infelices en Miami.

Como otros expresionistas más famosos
–Bacon y Ensor, por ejemplo–
su obra es tanto una expresión
de las capacidades de la pintura y del gesto
como de la oscuridad de su visión.
De cerca, puede verse, no hay un pedazo
de tela que carezca de energía e interés.
Sin embargo, ¿que régimen no le temería a alguien,
que, sin una pizca de locura, sólo con un
dolor activa, puede mirar al rostro del mundo
sin ilusión, esperanza o compromiso
–y luego tener el valor
de mantener esa imagen
durante el tiempo que toma
ejercitar su virtuosismo–
hundiendo el pincel
una y otra vez
en la oscuridad?

(inédito)

Tom Pow (Edimburgo, 1950)
Traducción de Jorge Fondebrider


THE ANNUNCIATION

La Anunciacion (c.1963-64) by Antonia Eiriz (1929-1995)
Museo Nacional de Bellas Artes,  Havana

There’s something of Charles Laughton
about the lumpen Virgin – a simple seamstress – 
as she recoils in her chair, pinned 
by a whey-faced light. She gasps for breath,
as neuralgic shock waves pass through her.
And who can blame her? - with only
a sewing machine between her
and the angel which comes at her –
in a diagonal from top right – 
like something released from a trap,
so desperate has he been for this task.

One critic has commented on
“the ferocious savagery” of Eiriz’s work
and truly, none of Durer’s Four Horsemen
is as terrifying as this skeletal ghoul.
We see the rack of his ribcage, his pelvic bone, 
round as a wheel. There’s nothing 
behind his depthless square eyes; 
though the gleeful horror
of his dark rectangular mouth 
recalls the cage from which he’s been sprung. 
                                                       His left arm –
a conjunction of serviceable bones –
appears fixed to the side of his head. It is from this
bony extension that the seamstress helplessly turns.

Yet he will deliver his message, eloquently
paraphrased here: “The good news?
there is no present from God, nor is God
a present. No mysticism nor life
breathes in this painting, only
the terrifying anguish which precedes the end.”
It is indeed an image of joyless force –
yet not without its majesty. The angel’s wings – 
the colour of ditch water –
sweep out behind him like a cloak;
and above his fiery, almost molten brows,
a few brushstrokes mark a crown.

Information about Eiriz 
is not as readily available as her work deserves.
But I understand, from speaking to those
who knew her, she fell from favour
sometime in the sixties, her work 
attacked with such “ferocious savagery” 
that she abandoned painting altogether – 
though anyone who places Death at the centre
of the national sport (La Muerte en Pelota, 1966)
is not intent on currying favour. By all accounts,
she became more and more reclusive and her last
unhappy years were spent in Miami.

Like other, more famous Expressionists –
Bacon and Ensor for example –
her work is as much an expression
of the capabilities of paint and of gesture
as it is about the darkness of her vision.
Up close, you will find, there’s not a patch
of canvas that’s without energy and interest.
Nevertheless, what regime would not fear one,
who, without a hint of madness, only with a
dolor activa, can look at the face of the world
with no illusion, hope or compromise –
and then have the courage
to hold that image
for the time it takes
to exercise her virtuosity –
dipping her brush
again and again
into the darkness?

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