martes, septiembre 02, 2014

John Ashbery / El manual de instrucciones









Cuando estoy sentado mirando por la ventana del edificio
desearía no tener que escribir el manual de instrucciones
     sobre los usos de un nuevo metal.
Miro hacia la calle y veo a la gente, cada cual caminando
     con una paz interior,
y los envidio; ¡están tan lejos de mí!
Ninguno de ellos tiene que preocuparse por terminar
     este manual en un plazo fijo.
Y, como es mi costumbre, empiezo a soñar, apoyando los codos
     sobre el escritorio y asomándome un poco a la ventana,
¡en la borrosa Guadalajara! ¡Ciudad de las flores rosadas!
¡La ciudad que más quise y la que menos vi,
     en México!
¡Pero supongo que estoy mirando, apremiado por tener
    que escribir el manual de instrucción.
tu plaza pública, ciudad, con tu primoroso quiosquito
     de música!
La banda está tocando "Scherezada", de Rimsky-Korsakov.
Alrededor están las muchachas de las flores, ofreciendo
     flores rosadas y de color limón,
todas atrayentes en sus vestidos de franjas rosa y azul
     (¡Oh!, qué tintes rosa y azul),
y cerca de allí esta el blanco puesto donde mujeres
     de verde ofrecen frutas verdes y amarillas.
Las parejas se pasean; todo el mundo tiene un humor festivo.
Primero, encabezando el desfile, un tipo apuesto
     vestido de azul oscuro. Usa un sombrero blanco
y tiene bigotes, que acaba de recortarse para esta ocasión.
Su amada, su esposa, es joven y bonita; su chal es
     rosado, encarnado y blanco.
Sus zapatillas son de charol, al estilo norteamericano,
y lleva un abanico, porque es recatada y no quiere
     que la gente le mire la cara con demasiada frecuencia.
Perto todo el mundo está tan ocupado con su esposa o su amada
que dudo que nadie repare en la esposa del hombre de bigotes.
¡Aquí vienen los muchachos! Saltando y arrojando pequeñas
     cosas en la acera
que es de baldosas grises. Uno de ellos, algo mayor,
     tiene un palillo entre los dientes.
Está más silencioso que el resto y afecta no fijarse
     en las bonitas chicas vestidas de blanco.
Pero sus amigos las miran, y vocean sus bromas a las
     chicas sonrientes.
Sin embargo pronto todo esto acabará, con el andar de los años,
y el amor los conduzca al paseo por otra razón.
Pero he perdido de mi vista al muchacho del palillo.
¡Aguarda, allí está, del otro lado del quiosco de la música,
apartado de sus amigos, en una animada charla con una niña
de catorce o quince años. Trato de oir lo que se dicen
pero al parecer solo hablan algo entre dientes, tímidas
     palabras de amor, probablemente,
ella es un poco más alta que él, y mira calmosamente
     en sus sinceros ojos.
Ella viste de blanco. La brisa desordena su largo y hermoso
     pelo negro contra su mejilla aceitunada.
Es evidente que está enamorada. El muchacho, el muchachito
     del palillo, también está enamorado.
Sus ojos lo demuestran. Alejándome de esta pareja,
observo que hay un intermedio en el concierto,
los paseantes están descansando y sorbiendo bebidas
     con pajillas
(las bebidas son servidas de una gran garrafa de vidrio
     por una señora de azul oscuro),
y los músicos se mezclan con la gente, con sus uniformes
     blanco crema, y conversan
sobre el tiempo, tal vez, o sobre cómo les va a sus niños
     en la escuela.
Aprovechamos esta ocasión para acercarnos en puntillas
     a una de las calles laterales.
Aquí puede verse una de esas casas blancas con molduras
     verdes
que son tan populares aquí. ¡Mira, te lo dije!
Adentro está fresco y oscuro, pero el patio está soleado.
Una anciana de gris está sentada allí, abanicándose con un
     abanico de hoja de palmera.
Nos recibe en su patio, y nos ofrece una bebida fresca.
"Mi hijo está en la ciudad de México", nos dice. "El también
     los hubiera recibido
si estuviera aquí. Pero está empleado en un banco allá.
Miren, esta es una fotografía de él."
Y un joven de piel morena con dientes como perlas nos sonríe
     desde el marco de gastado cuero.
Le agradecemos su hospitalidad, porque se está haciendo tarde
y queremos captar la vista de la ciudad, antes de dejarla,
     desde algún sitio adecuado.
Esa torre de la iglesia servirá, esa de un rosa descolorido,
     contra el violento azul del cielo. Entramos lentamente.
El cuidador, un viejo vestido de gris y castaño
     nos pregunta desde cuándo estamos en la ciudad, y si
     nos gusta.
Su hija está fregando las gradas; nos saluda con la cabeza
     cuando pasamos a la torre.
Pronto alcanzamos la punta, y toda la red de la ciudad
     se extiende ante nosotros.
Allí está el barrio rico, con sus casas rosadas y blancas,
     y sus deshechas, frondosas azoteas.
Allí está el barrio más pobre, sus casas azul oscuro.
Allí está el mercado, donde los hombres están vendiendo
     sombreros y espantando moscas,
y allí está la biblioteca pública, pintada en varios tonos
     de verde pálido y beige.
¡Mira! Allí está la plaza de donde venimos, con los
     paseantes.
Ahora hay menos, ahora que el calor es más intenso,
pero el muchacho y la chica aún están escondidos en la
     sombra del quiosco de música.
Y allí está la casa de la viejita:
todavía está sentada en el patio, abanicándose,
¡Qué limitada, pero qué completa también, ha sido muestra
     experiencia de Guadalajara!
Hemos visto el amor de los jóvenes, el amor de los esposos, y el
     amor de una anciana madre por su hijo.
Hemos oído la música, paladeado las bebidas y contemplado
     las coloreadas casas.
¿Qué otra cosa resta por hacer, sino quedarnos? Y eso no
     podemos hacerlo.
Y mientras una última brisa refresca la cúspide de la
     desgastada vieja torre, clavo la mirada
en el manual de instrucciones que me hizo soñar con
     Guadalajara.

John Ashbery (Nueva York, 1927), Alberto Girri, 15 poetas norteamericanos. Segunda serie, Bibliográfica Omeba, Buenos Aires, 1969

2 comentarios:

  1. Si se entrecierran los ojos como si se quisiera focalizar la luz, pero en este caso para imaginar el paisaje, podría decirse que este poema parece un cuadro pintado por Hans Bruegel, el Joven.

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  2. Sea que entrelace, Ashbery, ahí, en ese texto, su visión de un cuadro (postal, fotografía) con la confección de un instructivo con el teatro de la vida de una ciudad (cosmos) ajena y soñada, el efecto es, llamémoslo así, el de un Seurat dinámizado por las palabras de un Manual de Instrucciones dirigido por la mano del Tiempo (incandescente) que toma la primera persona del singular y la despliega vertiginosamente en la segunda del plural, amén.

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