sábado, septiembre 27, 2014

Antonella Anedda / De "Dal balcone del corpo"










Aniversario II

Hace veinte años era inquieta
como un pájaro capturado
pero el matrimonio reveló
en su quietud un vacío
donde el mundo piensa mirarte vivir
y en cambio tú te balanceas sobre un asta invisible.

En un tiempo la vida era severa, en blanco y negro
-como las fotos de los objetos que tomaba
Después lentamente comenzaron a aflorar los colores:
al comienzo, sinopias, luego más decididos y ahora densos
capaces de arrojar sangre a quien los mira.
La casa de enfrente, por ejemplo,
observada en todas sus variaciones de luz, es mi obra maestra.

¿Soy yo la que a la mañana me pongo la ropa preparada la noche
      anterior?
¿Esa tela apenas arrugada sobre la madera de la silla?
Tú no existes, dice la llama que en algún lugar del pecho
ha comenzado a murmurar mientras se agita.
Qué importa, dice el río, lamiéndome los zapatos con su fango.
Slp hacen los remolinos a los lejos.
Como sábanas de los sueños de amor... ¿qué soy?
Parejas, cuchicheando. Al alba, entre los arbustos.
Veo mi cuerpo: ahora libera chispas
capaces de iluminarme el camino.

Envejeciendo me lleno de imágenes.
Antes, el alma rechazaba las formas
turbada, amasaba el sexo con el alimento.
El blanco y el negro servían para poner orden en el exceso
hasta que entre las grietas he comenzado de nuevo a amar.
He separado el sexo del alimento, el alimento de los cuadros
y silenciosamente las imágenes me han recompensado:
me venían al encuentro como espejo de los fondos
pero también con la nitidez de las faltas.
Sin sombras: cosas que debían ser vistas.
Historias de las que no hay que apartar los ojos.

Hace falta un tiempo para el inventario.
Incluido el crimen latente en nosotros.
Basta un detalle para que me visiten los delitos
como la (verdadera) historia de los hombres
que violentaron y mataron por aquí indiferentes
a ese ruido de ramas, ese partirse de leños
que no impidieron a la sangre tocar las hojas
y a los gritos elevarse entre la alondras.

No somos lo que nos gusta creer.
Fingimos finalmente hasta que se nos desliza la vida.
También yo, todavía.
¿Quién dice que de verdad me procrearon,
que no me encerrarán, como ayer a la desconocida, en un ataúd de pino
cuando mi catálogo está apenas en el comienzo?
sobre el margen de una era con el útero vacío
para siempre un antro donde no entrarán
sino agua y algas, finalmente.
Es el tiempo de la carcajada en el desierto
cuando en lugar de la belleza
está el movimiento del cuerpo que se nutre zapando
las papas y las coliflores en la huerta.
...
Allá entre las plantas estaba aquel chico
al que habrá llevado la madre
luego desaparecido en algún instituto.

La ausencia abre la garganta hasta el pecho,
es una de las tantas coronas de espinas
que vuelan al acaso sobre las frentes de los seres humanos.

El chico se ha perdido
y no estoy en condiciones de encontrarlo.
Hoy es mi aniversario de matrimonio
"todavía joven", dicen, pero en realidad vieja:
en un tiempo las mujeres de mi edad descansaban
mientras la vida...
La vida se refleja aquí, en el riachuelo.
La cara del chico toma cuerpo
como la luna contra el horizonte de cartón
de cuando me casaba y el amor...

¿Dónde estaba el amor? ¿En qué se convirtió durante todos esos años?
¿Se había desmenuzado en mil recuerdos distintos que se entrechocan como
     vajilla?
¿Había dejado caer su cuerpo? ¿Sus esquirlas centelleaban todavía?

El espejo está vacío,
¿pero todo está de veras muerto o comienza lentamente a florecer?:
un huevo, un zumbido, el canto de una rana
la salamandra que avanza cautamente a lo largo del muro,
mientras un hombre entra limpiándose los zapatos en el felpudo
y el café rebosa destilando su negrura
para bendecirme, hoy.

Antonella Anedda (Roma, 1958), "Dal balcone del corpo", 2007, Antologia, selección, traducción y prólogo de Jorge Aulicino, Hilos Editora, Buenos Aires, 2014


Anniversario II 

Venti anni fa ero inquieta
come un uccello catturato
ma il matrimonio si è rivelato
nella sua quiete un vuoto
dove il mondo pensa di guardarti vivere
e invece tu dondoli su di un’asta invisibile.

Un tempo la vita era severa, in bianco e in nero
- come le foto degli oggetti che scattavo
Poi  lentamente sono affiorati i colori:
all’inizio sinopie, poi più decisi e ora densi
capaci di dare sangue a chi li guarda.
La casa di fronte per esempio
osservata in ogni variazione di luce è il mio capolavoro. 

Sono io che al mattino metto i vestiti preparati la sera prima?
Quelle stoffe appena increspate sul legno della sedia?
Tu non esisti, dice la fiamma che in una parte del petto
ha cominciato crollando a mormorare.
Che importa, dice  il fiume lambendomi le scarpe col  fango
Slp fanno i gorghi al largo.
Come lenzuola dei sogni d’amore…che sono? 
Coppie, bisbiglianti. All’alba, tra i cespugli.
Vedo il mio corpo: adesso sprigiona faville
capaci di rischiararmi il cammino. 
Invecchiando mi riempio di immagini.
Prima l’anima scacciava le forme 
turbata le impastava al sesso, al cibo.
Il bianco e nero, servivano a mettere ordine al troppo
finché tra le fessure ho ricominciato a amare. 
Ho diviso il sesso dal cibo, il cibo dai quadri 
e quietamente le immagini mi hanno ricompensato:
mi venivano incontro con lo specchio degli sfondi
ma anche con il nitore delle colpe. 
Senza ombre: cose che dovevano essere viste.
Storie da cui non distogliere gli occhi.

Ci vorrebbe un tempo per elencare.  
Anche il crimine latente in noi. 
Basta un dettaglio perché mi visitino i delitti
come la (vera) storia degli uomini
che violentarono e uccisero qui intorno incuranti
dei tonfi dei rami, di quel troncarsi di legni
che non impedirono al sangue di toccare le foglie 
e alle urla di salire tra le allodole.

Non siamo quello che ci piace credere.
Fingiamo fino all’ultimo finché ci scorre la vita.
Anche io, ancora.
Chi dice che davvero mi generarono, 
che mi chiuderanno come ieri la sconosciuta in una bara di pino 
quando il mio catalogare è appena all’inizio?
sul ciglio di un’era con l’utero vuoto
per sempre un antro dove non entreranno
che acqua e alga, finalmente. 
E’ il tempo della risata nel deserto 
quando al  posto della bellezza
c’è il moto del corpo che nutre zappando
le patate e i cavolfiori nell’orto. 

Là  tra le piante c’era quel bambino 
al quale avrebbero portato via la madre
poi scomparso in qualche istituto.

L’assenza apre la gola fino al petto,
è una delle tante corone di spine
che volano a caso sulle fronti degli esseri umani. 

 Il bambino si è perso 
io non sono in grado di trovarlo.
Oggi è il mio anniversario di matrimonio
“ancora giovane”, dicono ma in realtà vecchia: 
un tempo le donne della mia età  riposavano
mentre la vita…
La vita si specchia qui nel rigagnolo. 
La faccia del bambino si concretizza
come la luna contro l’orizzonte di cartone 
di quando mi sposavo e l’amore… 

Dov’era l’amore? In cosa si era tramutato durante tutti quegli anni? 
Si era sminuzzato in mille ricordi diversi che cozzano come stoviglie? 
Aveva lasciato cadere il suo corpo? Le sue scaglie baluginavano ancora?

Lo specchio è vuoto 
ma tutto è davvero morto o inizia piano a fiorire?: 
un uovo, un ronzio, il canto di un rana 
il geco che avanza cautamente  lungo il muro, 
mentre un uomo entra pulendosi le scarpe sul tappeto 
e il caffè trabocca stillando  il suo nero 
fino a benedirmi, oggi.

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