lunes, marzo 04, 2013

W. H. Auden / En memoria de Sigmund Freud




En memoria de Sigmund Freud
(muerto en sept. de 1939)

Cuando haya demasiados que lamentar,
cuando el dolor se haya hecho público y se haya expuesto
a la crítica de toda una época
la fragilidad de nuestra conciencia y de nuestra angustia,

¿de quiénes hablaremos? Pues todos los días mueren
entre nosotros los que nos hacían bien,
los que sabían que nunca era bastante, pero
tenían la esperanza de mejorar algo las cosas con sólo vivir.

Así era este médico: aún a los ochenta quería
pensar en nuestra vida, a cuya turbulencia
tantos jóvenes y plausibles futuros
con la amenaza o la adulación exigen obediencia,

pero no pudo ser: cerró los ojos
ante esta última imagen, común a todos,
de problemas como parientes reunidos,
intrigados y celosos por nuestra agonía.

Pues a su alrededor, hasta el mismo fin, perduraban
aquéllos que él había estudiado, la fauna de la noche
y las sombras que todavía aguardaban para entrar
en el brillante círculo de su reconocimiento

acudieron a alguna otra parte con su desencanto cuando él,
un judío importante muerto en el exilio,
fue arrancado del interés de su vida
para volver a la tierra en Londres.

Sólo el Odio fue feliz, pues esperaba aumentar
ahora sus pacientes y su sórdida clientela,
que cree poder curarse matando
y cubriendo de cenizas el jardín.

Ellos siguen vivos, pero en un mundo que él cambió
sólo con mirar hacia atrás sin falsos pesares;
todo lo que hacía era recordar
con memoria de viejo y honestidad de niño.

No fue para nada ingenioso: simplemente le dijo
al infeliz Presente que recitara el Pasado
como una lección de poesía, hasta que tarde
o temprano titubeara en un verso en donde

hacía mucho comenzaron las acusaciones,
y de repente sabría quién lo había juzgado,
conocería la riqueza o necedad de su vida,
y perdonaría y sería más humilde,

capaz de enfrentar el Futuro como amigo,
sin un vestuario de excusas, sin
una máscara fija de rectitud ni un
molesto gesto, familiar en exceso.

No es de extrañarse que las antiguas culturas de la vanidad
previeran en su técnica de agitación
la caída de príncipes, el derrumbe de
sus lucrativos patrones de frustración:

si él tenía éxito, pues, la Vida Generalizada
se tornaría imposible, el monolito
del Estado se quebraría, y se impediría
la cooperación de los vengadores.

Por supuesto que invocaron a Dios, pero él siguió su camino
hacia abajo entre los condenados, como Dante, hacia abajo
hasta la hedionda fosa donde los lastimados
llevan la fea vida de los rechazados,

y nos mostró que el mal no es, como pensábamos,
los hechos que hay que castigar, sino nuestra falta de fe,
nuestro modo deshonesto de negar
y la concupiscencia del opresor.

Si algunos rastros de la aristocrática pose,
el rigor paternal, del que desconfiaba, aún
persistían en su expresión y en sus rasgos,
se trataba de una coloración protectora

para quien viviera tanto tiempo entre enemigos:
si muchas veces se equivocó, e inclusive fue un tanto absurdo,
para nosotros ya no es más una persona,
sino todo un clima de opinión

bajo el cual conducimos nuestras vidas diferentes:
como el tiempo, sólo puede ser un obstáculo o una ayuda;
los orgullosos pueden seguir siendo orgullosos, pero lo encontrarán
un poco más difícil; el tirano intenta

llevarse bien con él, pero no lo quiere demasiado:
tranquilo, él circunda todos nuestros hábitos de crecimiento
y se extiende, hasta que los cansados, inclusive
en el ducado más remoto y miserable,

han sentido el cambio en los huesos, y se han alegrado,
hasta que el niño, infeliz en su pequeño Estado,
un fogón donde la libertad se excluye,
una colmena cuya miel es el miedo y la preocupación,

se siente más tranquilo ahora, de alguna manera confiado en escapar,
mientras que, esparcidos por el pasto de nuestra indiferencia,
tantos objetos, largo tiempo olvidados,
revelados por su brillo, que no se desanima nunca,

nos son devueltos y otra vez son preciosos;
juegos que creíamos que había que abandonar al crecer,
ruiditos de los cuales no nos atrevíamos a reírnos,
o las caras que hacíamos cuando nadie miraba.

Pero él quiere mucho más para nosotros. Ser libre
muchas veces es sentirse solo. Él quería unir
las desiguales mitades fracturadas
por nuestro bien intencionado sentido de justicia,

restituir al más grande la voluntad y el ingenio
que posee el más chico, pero que sólo puede usar
para áridas disputas; quería devolverle al
hijo la riqueza del sentimiento materno;

pero sobre todo quería que recordáramos
sentir entusiasmo por la noche,
no sólo por el sentido de asombro
que tiene que ofrecernos, sino también

porque necesita de nuestro cariño. Con grandes ojos tristes,
sus entrañables criaturas miran hacia arriba y
en silencio nos ruegan que les pidamos que nos sigan:
son exiliadas que anhelan el futuro

que está en nuestro poder; ellas también se alegrarían
si se les permitiera servir al esclarecimiento, igual que él,
inclusive soportar nuestro grito de "Judas",
como lo hizo él, como deben soportarlo todos los que le sirven.

Nuestra voz racional calla. Sobre su tumba,
la casa del Impulso llora por el bienamado;
triste está Eros, constructor de ciudades,
y desolada la anárquica Afrodita.

                                        Noviembre de 1939


W. H. Auden (York, 1907- Viena, 1973), Los Estados Unidos, y después. Poesía selecta 1939-1973, selección y traducción de Rolando Costa Picazo, Ediciones Activo Puente, Buenos Aires, 2009


In Memory of Sigmund Freud
(d. sept. 1939)
 
When there are so many we shall have to mourn,
when grief has been made so public, and exposed
     to the critique of a whole epoch
   the frailty of our conscience and anguish,

of whom shall we speak? For every day they die
among us, those who were doing us some good,
     who knew it was never enough but
   hoped to improve a little by living.

Such was this doctor: still at eighty he wished
to think of our life from whose unruliness
     so many plausible young futures
   with threats or flattery ask obedience,

but his wish was denied him: he closed his eyes
upon that last picture, common to us all,
     of problems like relatives gathered
   puzzled and jealous about our dying. 

For about him till the very end were still
those he had studied, the fauna of the night,
     and shades that still waited to enter
   the bright circle of his recognition

turned elsewhere with their disappointment as he
was taken away from his life interest
     to go back to the earth in London,
   an important Jew who died in exile.

Only Hate was happy, hoping to augment
his practice now, and his dingy clientele
     who think they can be cured by killing
   and covering the garden with ashes.

They are still alive, but in a world he changed
simply by looking back with no false regrets;
     all he did was to remember
   like the old and be honest like children.

He wasn't clever at all: he merely told
the unhappy Present to recite the Past
     like a poetry lesson till sooner
   or later it faltered at the line where

long ago the accusations had begun,
and suddenly knew by whom it had been judged,
     how rich life had been and how silly,
   and was life-forgiven and more humble,

able to approach the Future as a friend
without a wardrobe of excuses, without
     a set mask of rectitude or an 
   embarrassing over-familiar gesture.

No wonder the ancient cultures of conceit
in his technique of unsettlement foresaw
     the fall of princes, the collapse of
   their lucrative patterns of frustration:

if he succeeded, why, the Generalised Life
would become impossible, the monolith
     of State be broken and prevented
   the co-operation of avengers.

Of course they called on God, but he went his way
down among the lost people like Dante, down
     to the stinking fosse where the injured
   lead the ugly life of the rejected,

and showed us what evil is, not, as we thought,
deeds that must be punished, but our lack of faith,
     our dishonest mood of denial,
   the concupiscence of the oppressor.

If some traces of the autocratic pose,
the paternal strictness he distrusted, still
     clung to his utterance and features,
   it was a protective coloration

for one who'd lived among enemies so long:
if often he was wrong and, at times, absurd,
     to us he is no more a person
   now but a whole climate of opinion

under whom we conduct our different lives:
Like weather he can only hinder or help,
     the proud can still be proud but find it
   a little harder, the tyrant tries to

make do with him but doesn't care for him much:
he quietly surrounds all our habits of growth
     and extends, till the tired in even
   the remotest miserable duchy

have felt the change in their bones and are cheered
till the child, unlucky in his little State,
     some hearth where freedom is excluded,
   a hive whose honey is fear and worry,

feels calmer now and somehow assured of escape,
while, as they lie in the grass of our neglect, 
     so many long-forgotten objects
   revealed by his undiscouraged shining

are returned to us and made precious again;
games we had thought we must drop as we grew up,
     little noises we dared not laugh at,
   faces we made when no one was looking.

But he wishes us more than this. To be free
is often to be lonely. He would unite
     the unequal moieties fractured
   by our own well-meaning sense of justice,

would restore to the larger the wit and will 
the smaller possesses but can only use
     for arid disputes, would give back to
   the son the mother's richness of feeling:

but he would have us remember most of all 
to be enthusiastic over the night,
     not only for the sense of wonder
   it alone has to offer, but also

because it needs our love. With large sad eyes
its delectable creatures look up and beg
     us dumbly to ask them to follow:
   they are exiles who long for the future

that lives in our power, they too would rejoice
if allowed to serve enlightenment like him,
     even to bear our cry of 'Judas', 
   as he did and all must bear who serve it.

One rational voice is dumb. Over his grave
the household of Impulse mourns one dearly loved:
     sad is Eros, builder of cities,
   and weeping anarchic Aphrodite.
                                             
                                                  November 1939




Ilustración: Composition in Black, 1946, Alexander Calder

4 comentarios:

  1. Auden no tuvo la oportunidad, claro, de leer a Lacan. Leyó prejuiciosamente a Freud, su poema resulta viejo y hasta muy demasiado ingenuo, insusbstancial. Dura, contracturada se lee la traducción de Costa Picazo. Una tiniebla artificiosa, anticuada, triste, este poema de Auden, que podría haber sido piadosamente resguardado.

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  2. Qué quiere decir "prejuiciosamente", Alice? Insubstancial no me parece, viejo tampoco, e ingenuo sólo cuanto debe serlo un poeta. Discrepo con su visión tanto del poema como de la traducción: nada es aquí ni triste ni anticuado. Qué sería más moderno? Hablar, como Lacan, cuidándose que no lo agarraran por la cola, para decirlo con palabras suaves? Barroco, cien páginas insustanciales para una frase con sustancia? Porque eso a mi juicio es Lacan. En cuanto a Freud, fue un fundador, y como escritor, cien veces mejor que Lacan...Bienvenida su polémica opinión.

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  3. Sí, Jorge, he leído ese poema de Auden desde un lugar impropio.
    Coincido con usted en lo siguiente: Lacan es barroco (el mayor poeta barroco que he sido capaz de leer hasta ahora); Auden, en su homenaje a Freud, es ciertamente "ingenuo sólo cuanto debe serlo un poeta", como bien escribiste.
    Bueno, tu respuesta me obligó a releerlos, al poema y a su autor.
    Es función de un Museo de la Poesía presentar cada vez nuevos y variados objetos de deseo. Auden + Freud ha sido para mí uno de ellos.
    Te debo una lectura serena de Ariosto.
    Saludos, gracias.

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  4. Sí, creo que esa es la función de un "museo" de poesía... ¿con la "frescura" de los buenos museos? Cadáveres frescos, para decirlo de otro modo... Gracias por tu comentario -más fatigoso es leer a Lacan que a Ariosto, aunque lo que se dice "serena" una lectura no admite...

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