martes, febrero 01, 2011

Alberto Szpunberg / De "La academia de Piatock"



LOS MIEMBROS DE LA ACADEMIA OBSERVAN EL
MILAGRO DE LA COPA


–Levanto la copa para la bendición del vino y, a la altura
de los ojos, allí donde llega cualquier mirada, incluso
la mía, apoyo la copa en el aire y abro la mano, como
quien da o saluda o se cubre del sol, y es evidente que,
antes de estrellarse, la copa permanece en el aire
sostenida por sus propios destellos...

– Pero es todo muy fugaz para que una fragilidad que finalmente
se estrella sea un milagro...

– Sé de una copa que, sin que nadie la levante, entre el
último suspiro del viernes y el primer suspiro del
sábado, titila sola en el aire y nadie sabe si es la primera
estrella o un simple pestañeo o una chispa perdida o una
luciérnaga entre muchas, y hasta los 36 justos se llenan
de dudas, pero son las mismas dudas las que hacen más
justos a los justos y santifican el sábado...

– Pero la copa que cae finalmente se rompe y el sábado, en
cambio, continúa...

– También un corazón se rompe, pero el final de un milagro
es parte del milagro y nadie, ni la escoba más feroz, ni la
limpieza más étnica, ni la contradicción más antagónica,
nadie puede hacer a un lado la última astilla de cristal si
también ella, aun pequeña e insignificante, desnuda los
colores de la luz y reverbera y resplandece...

– Pero si lo peor, Él no lo quiera, ocurre en el preciso
instante de la bendición del vino, también se pierde el
vino...

– Siempre algo del vino se esparce y huele en el aire, pero
quién puede hacer a un lado la última gota si también en
ella se refleja y tiembla la primera estrella, sin olvidar
jamás que, al fin y al cabo, la verdadera bendición del
vino es el trago y el descanso...

– ¡Salud y R.S.!

– Por los siglos de los siglos, amén…


EL OBRERO DEL VIDRIO ANALIZA LAS
CONDICIONES OBJETIVAS DEL MILAGRO
DE LA COPA


¿De qué milagro me hablan si soy yo quien carga todo el
desierto sobre mis hombros y luego vuelco su arena en
el crisol y recojo el líquido ardiente en el molde y le doy
la forma de mi sed y pulo su hueco como el vacío de mi

hambre y aún sangra en la palma de mis manos
el recuerdo de la astilla más pequeña?

¿De qué milagro me hablan si cada vez que toco la realidad
hasta el aire es áspero y mis caricias siempre dejan
huellas y hasta a veces, sin querer, hacen daño?

¿De qué milagro de la copa me hablan, si es una maniobra
más de la fábrica de vidrios y cristales Glasserman Hnos.,
cuyas acciones suben o bajan según me hundo o emerjo,
pero siempre con el desierto a cuestas, con esa trans-
parencia en los ojos, esa redención, ese espejismo
que hiere y se aleja, siempre se aleja?


Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940), La academia de Piatock, Fundación Editorial El Perro y La Rana, Caracas, 2008. Edición elecrónica

Ilustración: Rosa de los vientos, Mapamundi de los Cresques, o Atlas catalán, 1375

1 comentario:

  1. Me hizo acordar al mundo del Spoon River, los grupos de poemas correlaciones en los que cada quien le canta sus cuarenta al otro.

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