martes, febrero 15, 2022

Lili Novy / Puerta oscura




Oscura es la puerta de nuestra casa,
el alto vestíbulo en penumbra está.
En ella del sol los dorados rayos
jamás se han vertido ni se verterán.
La luna, tímida testigo,
su interior no mira cuando platea el frente.
Sólo la penumbra, bailarina leve
flota misteriosa en las piedras del suelo.

Y sobre el portal de afuera,
un hombre pétreo a sus hombros carga,
como si esparciera la belleza misma
delicado el balcón y de hierro las flores.
Su índice derecho está en los labios
hace un siglo y medio que se apoya ahí.
Aquí las preguntas no están permitidas,
destinos hay muchos, sobre muchos calla…

En los aposentos llenos de antiguallas,
sólo estamos llenos de densos destinos,
hechizados somos, con pasión, y enfermos
oímos los llamados incesantes: ¡Salgan…!
Y ya ansiamos todos abrazar distancia,
el viento nos tienta como un rico extraño,
pero no encontramos los caminos ciertos,
si nos preparamos a buscar fortuna.
Como si flotaran sombras tras nosotros
desde las columnas del viejo vestíbulo,
como si nos rodeara las manos en reposo
algo del sueño y así nos despertara
como si siempre viéramos ante nosotros
la campana en lo alto del llamador,
y nos llevara como en bello olvido,
la ciudad afuera, la nostalgia adentro.
Para otros canturrean campanas a la luz,
bajo arcos sombríos la nuestra nos llama,
a ellos los levantan nuevos días en el este,
las nuestras se apagan suaves hacia el oeste…

¿Qué has creado, maestro barroco,
que no conozco tu nombre ni destino?
Tus estremecimientos resuenan con los míos,
aunque eres desde siempre, entre los mudos, mudo.
Tu plan clandestino, oscuro, hechicero,
condensó la vida en una sola imagen,
la sensación fugaz y pasajera busca
encontrar la imagen tranquila y final.
Oscura bajo el hombre silente es la puerta,
el reflejo acaricia las flores del balcón,
los rayos nocturnos, los matinales, dorados
desde el más allá derraman su sonrisa.

Elizabeta Haumeder, Lili Novy (Graz, Austria, 1885-Liubliana, 1958), "Excentricidad y desprejuicio", Op. Cit., abril 12, 2021
Versión de Florencia Ferre


lunes, febrero 14, 2022

Stephen Crane / Cuatro poemas





Caminaba yo por un desierto.
Y grité,
"¡Ah, Dios, sácame de este lugar!"
Una voz dijo: "No es un desierto".
Grité: "De acuerdo, pero
la arena, el calor, el horizonte vacío".
Una voz dijo: "No es un desierto".

*

Me encontraba en medio de la oscuridad;
no podía ver mis palabras
ni lo que mi corazón deseaba.
Entonces, de pronto, se hizo una intensa luz

"Déjame entrar de nuevo en la oscuridad."

*

Si existe un testigo de mi insignificante vida,
de mis pequeñas angustias y dificultades,
lo que ve es un tonto;
y no está bien que los dioses amenacen a los tontos.

*

El viajero
fue presa del estupor
al observar el camino hacia la verdad.
Estaba densamente cubierto de malas hierbas.
"Ah", dijo,
"veo que nadie ha pasado por aquí
en mucho tiempo".
Más tarde vio que cada hierbajo
era un cuchillo.
"Bien", murmuró por fin,
"sin duda existen otros caminos".

Stephen Crane (Newark, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1871 - Badenweiler, Alemania, 1900), Prose and Poetry, The Library of America, Nueva York, 1984
Versiones de Jonio González.


Foto: Stephen Crane, corresponsal de guerra en Grecia, 1897 (detalle) Revista de Letras/Syracuse University



I walked in a desert.
And I cried,
"Ah, God, take me from this place!"
A voice said, "It is no desert."
I cried, "Well, but
"The sand, the heat, the vacant horizon."
A voice said, "It is no desert."

***

I was in the darkness;
I could not see my words
Nor the wishes of my heart.
Then suddenly there was a great light

"Let me into the darkness again."

***

If there is a witness to my little life,
To my tiny throes and struggles,
He sees a fool;
And it is not fine for gods to menace fools.

***

The wayfarer,
Perceiving the pathway to truth,
Was struck with astonishment.
It was thickly grown with weeds.
“Ha,” he said,
“I see that none has passed here
In a long time.”
Later he saw that each weed
Was a singular knife.
“Well,” he mumbled at last,
“Doubtless there are other roads.”

domingo, febrero 13, 2022

Elena Annibali / De "La casa de la niebla"



II

plantamos un árbol en la casa de la niebla
se doraban al sol los girasoles
moría otro día
otra noche
el árbol creció, arraigó
en la penumbra
modelaba con hueso su estatura
cada pájaro que probó los frutos
caía en somnolencia
en ausencia de vida
en la radical ceguera de los muertos

Elena Anníbali (Oncativo, Argentina, 1978), La casa de la niebla, Ediciones del Dock, 2015

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Foto: Elena Annibali/Facebook

sábado, febrero 12, 2022

Paula Jiménez España / La Emperatriz




Yo soy la tierra
las líneas repetidas del segundo hexagrama 
la redondez compacta, el círculo de hormigas
el reptar de lombrices apretadas circundando mi ombligo.
Lo excipiente abona mis entrañas,
el resto del amor, lo que secreta el goce cuando llega a su fin
y el corazón se vuelve a su propio destino solitario.
Nada me saca el don de concebir y si estoy seca 
voy a crear el llanto
nutrido de las sales del océano, las lágrimas: mis hijas.
Nada hay detrás de mí, pero al futuro
le antepongo un escudo que defiende con hierro a la iniciada.
Capaz de rapiñar, declarar guerras, matar para cuidarla
o proteger esta matriz que crece 
debajo de mi vestido azul, como la noche. Esta matriz
que es molde 
de la especie, de la raza imponiéndose a la raza.
Adentro mío, dios
hierve como una bruja en una olla, porque yo soy la tierra
y estoy para quemar su frío, el nombre hueco
la madera hecha cruz, el poder de su cielo disgregado. 
Soy la concentración.
Estoy para que adentro 
de mí se originen volcanes, la erupción insensata. 
Y soy mi propia rajadura, por donde caigo
hermafrodita y llena, para gestarme.
Es mi poder de magma: el invencible.
Yo engendro los berridos y la materia que se multiplica 
porque soy primavera
la exultante de todo florecer
y me opongo al vacío, a su árbol despojado
y al desierto. 
Si la esterilidad gana esta guerra
si gana esa semilla híbrida, el no espacio,
lo que sigue es retorno. En mi vientre
albergo lo que sea, lo que quede, para otra vez crear 
un movimiento de gusanos milenarios ovando entre los huesos
el aserrín de las generaciones, el olor hediondo de lo inmenso
convertido en pasado y desazón. 
Yo soy la tierra y soy 
los ojos ciegos húmedos
los ojos apretados contra el suelo, la puja
del cuerpo acuclillado a la orilla del río. 
Miren los peces
salir de entre mis piernas, nadar 
bajo el agua cristalina y rozarse uno al otro
para reproducir solo un destino, un futuro de espejos
que estallarían si 
otra vez un Big Bang, pero inverso y centrifugo, 
me tragara de pronto, atropellada 
por sus siete jinetes de ceniza. 
No lo dudo: después, suave como una brisa 
volvería a ser brote de jarilla en la arena
micromundo escondido, la proteína 
que alimenta a las raíces invisibles. 
No se queden tranquilos.
Sientan mi aliento verde abriéndose al oxígeno, 
tiene la fuerza total de las catástrofes.

Paula Jiménez España (Buenos Aires, 1969)

La suerte,
Caleta Olivia,
Buenos Aires, 2021











viernes, febrero 11, 2022

Federico Moreyra / La Posteridad




La mujer vestida con la inmortalidad
se contempla a través de un vals de fin de siglo.
La mujer con los ojos de la gloria
más allá de la muerte me contempla.
¿Acaso un día (porque ya no habrá noche)
sobre mi tumba bailaremos un vals?
La sola forma de vencerla es perdiendo.
La única forma de ganarla es muriendo.
Pero ya sé que nunca bailaremos el vals.

[inédito]

Federico Moreyra (Buenos Aires, 1945-San Clemente del Tuyú, Argentina, 2001), fotografía del texto original mecanografiado en "Las novelas perdidas de Federico Moreyra", Alejandro Langlois, febrero 8 de 2022

Foto: ídem


jueves, febrero 10, 2022

Alfredo Fressia / Cuatro poemas




de Eclipse, Melón Editora, 2013:

Preparación de una cena

Con el ojo irisado de la muñeca china,
la de la seda inconsútil como piel, aquilato
el reflejo jade de las venas, en reposo
las aves à la campagnarde.
Contemplo mucho tiempo
la interrogación lujuriosa de los cuellos
hasta ejecutar con destreza la fina arte cisoria.
Examino las alas sobre la marquetería
del trinchante.
El abanico de tersa malaquita
esconde las respuestas.


Anochecer en la torre
   
                  Úrsula punza la bayuna yunta
        Julio Herrera Reissig

¿Ves? Siempre retumba antes de la huida, brusca
la tarde se derrumba. Úrsula ya no punza
la bayuna yunta y aún no duerme la penumbra
en la espesura. ¿Una tundra? La instantánea oculta:
Une station balnéaire sur le Rio de la Plata, 1900
o antes, cuando sucumban los montes en fuga
al túmulo del mar. ¿Ves sobre la playa una medusa
gigante como la congoja? ¿Úrsula no pregunta?
¿Qué lengua muerta el alma pronuncia? Punza
la noche, la cena, la persiana abrupta.
Una mosca perturba la órbita nocturna,
está extraviada, zumba.


de Poeta en el Edén [2012], Editorial Lisboa, 2016:

Vejez

Llegaste a un país congelado
y tiritas.
Nunca estuviste en el Edén, Alfredo,
lo del odio de Dios será mentira
y hay golpes en la vida.
Abandona entonces la poesía
y ahora cuídate de esa tos de perro,
de ti mismo
y de las cóleras en frío.


El gato de Platón

      Un recuerdo de Hippolyte

Un gato contiene en sí
a todos los gatos
cuando salta hacia la gracia
secreta de un gato de Platón.
Entre el gato y su bigote
se engendró el acrobático
oráculo del brinco.
Y ahora danza colgado
del susto de ser todavía gato
y no la pura idea
que gira en la pirueta
de todos los gatos
que contiene
un gato.

Alfredo Fressia (Montevideo, 1948- San Pablo, Brasil, 2021)
Envío de Augusto Munaro

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miércoles, febrero 09, 2022

Gutierre de Cetina / Ojos claros



I

Ojos claros, serenos, 
Si de un dulce mirar sois alabados,
¿Por qué, si me mirais, mirais airados?
Si cuanto más piadosos,
Más bellos pareceis á aquel que os mira,
No me mireis con ira,
Porque no parezcais menos hermosos.
¡Ay tormentos rabiosos!
Ojos claros, serenos,
Ya que así me miráis, miradme al menos.

Gutierre de Cetina (Sevilla, España, entre 1514 y 1517 - Puebla de los Ángeles, México, 1557), "Madrigales", Obras,  Imprenta de Francisco de P. Díaz, Sevilla, 1895 Google Ebooks


Retrato: Gutierre de Cetina  por Francisco Pacheco, Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, edición facsimilar del manuscrito de 1599. Rafael Tarasco, litografía de Enrique Utrera, Sevilla, 1881-1884 Biblioteca Virtual Andalucía

Nota del Ad.: Se respetó la ortografía de la edición citada

martes, febrero 08, 2022

Jan de Jager / Versos soñados


Hay un primer intento,
su acumulación infantil, curiosa y asombrosa,
su asimilación cuidadosa y medida,
su recopilación automática,
su meditación. 

Y así vamos amontonando escombros
de amores, de proyectos y de basura. 

Hay un segundo intento,
en su cuestionamiento,
en el escepticismo, la noche más profunda,
la rebelión a toda prueba,
querés ver,
un dedo que señala la nada. 

Y así vamos amontonando una montaña de ofensas y defensas,
de risas y saña, vicios, riquezas,
gloria y vergüenza,
ridículo patético y vanidad inflada,
humildad humillada humildemente. 

Hay un tercer intento
de dioses y de sueños. 

Y es así que me pregunto
si no serán estos intentos
de desembocar en el conocimiento
los que desembocan en su fraude, en su ocaso,
en su fracaso.

La montaña se deshiela
                      se deshierra
                      se despiedra 
y es así que me pregunto
si no será este fracaso final
el que desemboca,
el que se desenfrena en el conocimiento.
                                                             
                                                           1995

Jan de Jager (Buenos Aires, 1959), Casa de cambio III, Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2007

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Foto: Jan de Jager/ Facebook

lunes, febrero 07, 2022

Jaime Huenún / Sentimos el invierno en el estómago...




Sentimos el invierno en el estómago,
y no podemos, como antes, mordisquear
–con vano y fino orgullo–
hierbas, cortezas y piedras
en los ásperos caminos de la diáspora.
La poesía nos dejó
arrugas en los ojos y en la lengua,
un huevo diminuto envuelto en un pañuelo
y el humo del tren que parte
hacia la nieve gris de la Revolución.
Pero envejecer no es nada nuevo
y viajar sólo es un modo
–como lo son tantos otros–
de imaginar bellos paisajes,
mientras altos guardianes nos escoltan
por largos y fríos andenes
hacia la nueva felicidad. 

Hemos sobrevivido a la clonación del terror,
hemos sobrevivido a la musa del miedo
que derrite la nieve y entibia los nidos
de los mirlos hambrientos.
Nos quedan sin embargo muchos, largos años
de tranquila miseria, de viajes sin retorno
a una cueva vacía sin fogatas ni sombras.
Sabemos por ahora –y siempre lo supimos–
que en la casa ambulante del poeta proscrito
montan guardia serena en vigilia y en sueño
los dioses tutelares de la ruina y la cruz. 

Voy sin prisa por la Calle
de los Falsificadores,
esperando que este tiempo
se libere al fin de mí.
Sigo rumbo por la Vía
de los Locos y Asesinos
manteniendo a duras penas
la distancia y la razón.
Mi destino, ya lo adviertes,
es infame y perdulario,
aunque en esta esquina roja
solo cae lluvia gris.

Jaime Huenún (Valdivia, Chile, 1967), La calle Mandelstam y otros territorios apócrifos, 2016 Círculo de Poesía, 2016


domingo, febrero 06, 2022

Matías Heer / Titicaca




(Fragmento)

olas
de un lago
a 3800 metros
de altura

olas
v, w tamaño11
avenir next lt pro,
minúsculas,
persiguiéndose
unas a otras,
sismo a sismo,
sin alcanzarse,
cansadas,
más que a la orilla
de la mente
cuando ya
no existen;
el objetivo:
disolverse
y volver
a entrar;
convulsas
arañan la arena,

el esfuerzo
de haberse formado,
de su explosión,
tan sólo
para espejarse

en los ojos
ancestrales

neutros
de las piedras,

chapoteo
de electrones:
colores,

como fermiones y bosones
gases aleatorios
se manifiestan en viento que no veo,

como destrenza
las grelas
de la chola
que mea al caminar,

como desmenuza
el meo
de la chola
caminante

en los ojos
de algún burro
inexplicable,

llegará el burro
a emocionarse
por ese
movimiento
pacífico

construcción
destrucción
regeneración

llegará a por ese
persistirse
insistirse
vivirse

llegará el burro
a emocionarse
de la oreja
boliviana
en el Perú
del Eloy

que menea la estatura
al viento grandioso
que aflora olitas

entre el meneo
de los botes,
al timbal de las olas
y un par de tardes luego:

botes
expuestos
al mismo balanceo
constante,
anclados
a un gomón
relleno de piedras
encallado en la orilla,
un pez
campanea sin eco
en una piedra
con crin
al sol

que
seca

los cueros
de los chanchos

mordiéndose
en la orilla,

las plumas
de las gaviotas
impertinentes,
la lluvia habida,

los dedos
del fumador
cuando decide
si tirar o no
la colilla,
si pronunciar o no
un buen día

y las olas
que nunca deciden
nunca cesan;

una melodía
sin demasiada espuma,

como el que pasa silbando
seco bajo el sol que seca

una melodía
que recuerda
sin saber
de dónde,
que silbó
su padre
sin saber
de dónde,
ni hace
cuánto;

(...)

Zipme, slimbook, 2020

Matías Heer (Buenos Aires, 1984), Op. Cit., noviembre 28, 2021


sábado, febrero 05, 2022

Alfred Tennyson / La dama de Shalott




A cada lado del río se extienden
largos campos de cebada y centeno
Que cubren la tierra y concluyen en el cielo,
Y a través del campo el camino corre
                      Hacia la encumbrada Camelot;
Y la gente sube y baja,
Mirando a las lilas que se mecen
Alrededor de la isla allí abajo,
                     La isla de Shalott.

Los sauces palidecen, los álamos tiemblan,
Cae en sombras la brisa, se estremece y
En las olas que recorren por siempre
La isla, por el río 
          Fluye hacia Camelot.
Cuatro paredes grises, y cuatro torres grises
Encierran  un espacio de flores
Y la silenciosa isla guarda
           A la dama de Shalott.

En el margen, veladas por los sauces
Se deslizan las pesadas barcazas tiradas
Por caballos lentos;  y sin parar
Las chalupas se mueven  con sus velas de seda
                          Río abajo, hacia Camelot:
¿Pero quién la ha visto saludar?
¿O la han visto parada en la ventana?
¿O todos conocen en esta tierra
                           A la dama de Shalott?

Sólo los segadores que temprano van 
Hacia los barbados maizales
Escuchan una canción que alegre se repite
Desde el río claro y serpenteante 
               Hacia las torres de  Camelot
Y bajo la luna el segador agotado
Apila los fardos en las aireadas tierras altas
Al escuchar susurra: “Es el hada,
              La dama de Shalott”

 
Parte dos

Allí ella teje día y noche
Un tapiz mágico de alegres colores
Ha escuchado un susurro que dice
Que una maldición caerá sobre ella si 
          Mira hacia Camelot
Ella no lo comprende,
Por eso teje incesante
Y a nada más se dedica
          La dama de Shalott.

Y en la mañana en el límpido espejo
Que todo el año delante de ella cuelga 
Las sombras del mundo aparecen.
Allí ve ella el camino cerca
        Serpenteando hacia Camelot:
Allí el río se arremolina,
Y  los aldeanos hoscos y ordinarios,
Y las chicas de los mercados en capas rojas
         Pasan provenientes de Shalott. 

A veces un grupo de alegres damiselas
Un abad dando un paseo sin prisa
A veces un pastor joven, con rulos
O un paje de cabellos largos en ropas carmesí,
                    Van hacia las torres de  Camelot:
Y a veces a través del espejo azul
Los caballeros pasan cabalgando en pares:
Por eso no posee ningún leal y fiel caballero,
                    La dama de Shalott

Pero en su tapiz ella encuentra placer
Al tejer las mágicas visiones del espejo
Porque a menudo en las noches silenciosas
Un funeral con penachos, luces
              Y música, se dirige a Camelot:
O cuando la luna está en lo alto
Pasan dos jóvenes recién casados;
Harta estoy ya de las sombras, dice 
               La dama de Shalott.


Parte 3

A un tiro de flecha de distancia de su alcoba
Él cabalga entre los fardos de cebada
El sol encandilaba entre las hojas
Y brillaba entre las grebas de bronce
                          Del valiente Lancelot.
Un caballero se inclinaría por siempre
Ante una dama bajo la protección de su escudo
Que refulge en el campo dorado,
                        Cercano al remoto Shalott.

La enjoyada brida suelta relucía,
Como un ramal de estrellas 
Que colgaba en la galaxia dorada.
Las campanas de la brida alegres sonaban
                         Al cabalgar hacia Camelot:
Y desde su heráldico tahalí cruzado pendía
Un poderoso clarín  todo plateado 
Y al cabalgar su armadura repicaba
                         Muy cerca de Shalott.

Bajo el azul y despejado cielo
Muy lujosa brillaba la montura 
El yelmo y el penacho 
Juntos como una sola llama ardían 
                al cabalgar a Camelot.
Como sucede en la noche púrpura
Bajo los resplandecientes cúmulos de estrellas 
Algún estelado meteoro, un cometa 
                 Se mueve sobre la apacible Shalott.

Su clara frente al sol resplandecía
En pulidos cascos trotaba su caballo
Por debajo de su yelmo flotaban
Oscuros como el carbón, sus cabellos ondulados
                Al cabalgar a Camelot.
Desde el banco y desde el río
Se reflejó su figura en el espejo
“Tirra lirra”  por el río
                Cantaba el caballero Lancelot.

Ella dejó el tapiz, dejó el telar,
Dio tres pasos en su alcoba
Vio su lirio de agua florecer
Vio el yelmo y el penacho
                    Al mirar hacia Camelot.
Soltó el tapiz y flotó extendida
De lado a lado se partió el espejo
Es la maldición sobre mí, lloró     
                   La dama de Shalott.


Parte 4

Al azote del tormentoso viento del este
Los pálidos bosques amarillos se inclinaban
El ancho caudal se quejaba en las riveras
Del pesado cielo la copiosa lluvia caía
                      Sobre las torres de Camelot.
Ella bajó y encontró una barca
Bajo un sauce flotando entre las aguas 
Y alrededor de la proa escribió
                      La dama de Shalott.

Y en el sombrío remanso del río
Como una temeraria vidente en trance
Al comprender su infortunio
Con vidriosa expresión
                        Miró hacia Camelot.
Y al caer la tarde
La amarra soltó  y allí se tendió,
El ancho caudal lejos la llevó,
                       A la dama de Shalott.

Tendida, cubierta por telas níveas
Que hacia ambos lados ondeaban-
Las hojas sobre su luz apagada-
Con los sonidos de la noche
              Flotaba hacia Camelot.
Y al ir la proa a la deriva
Entre los campos y las colinas de sauces 
La escucharon cantar su última canción,
               La dama de Shalott.

Oyeron un canto triste, sagrado,
Cantado fuerte, cantado bajo
Hasta que su sangre se heló despacio
Y sus ojos en sombras quedaron
             Vueltos hacia las torres de  Camelot.
Porque antes de llegar con la marea
A la primera casa en la orilla
Cantando su canción murió,
            La dama de Shalott.

Bajo las torres y  balcones
Por las paredes de los jardines y galerías
Como una figura reluciente flotó
Entre las casas altas, con la palidez de la muerte,
              Silenciosa, por Camelot.
De los muelles salieron
Caballeros y burgueses, damas y señores,
Y alrededor de la proa su nombre leyeron,
              La dama de Shalott.

¿Quién es ella? ¿Y qué hace aquí?
Y en el cercano palacio iluminado
Se acalló el sonido de la realeza,
Y se persignaron por temor,
          Todos los caballeros de Camelot.
Quedó Lancelot pensativo por un rato
 y dijo: “Un rostro muy hermoso tiene,
Dios en su gloria se apiade,
         De la dama de Shalott."

Alfred Tennyson (Somersby, Inglaterra, 1809-Aldworth, Inglaterra, 1892), Everyman’s Poetry.
Selected and edited by Michael Baron, University of London, 1996
Versión: Marina Kohon


Imagen: Retrato de Alfred Tennyson, acuarela de William Henry Margetson (1891), a partir de una fotografía de Herbert Rose Barraud (1882) National Portrait Galley, Londres  

    
The Lady of Shalott

Part I

On either side the river lie
Long fields of barley and of rye,
That clothe the wold and meet the sky;
And thro’ the field the road runs by
             To many-towered Camelot;
And up and down the people go,
Gazing where the lilies blow
Round an island there below,
            The island of Shalott.


Willows whiten, aspens quiver,
Little breezes dusk and shiver
Thro’ the wave that runs for ever
By the island in the river
          Flowing down to Camelot.
Four gray walls, and four gray towers,
Overlook a space of flowers,
And the silent isle imbowers
          The Lady of Shalott.

By the margin, willow-veil’d,
Slide the heavy barges trail’d
By slow horses; and unhailed
The shallop flitteth silken-sail’d
            Skimming down to Camelot:
But who hath seen her wave her hand?
Or at the casement seen her stand?
Or is she known in all the land,
            The Lady of Shalott?

Only reapers, reaping early
In among the bearded barley,
Hear a song that echoes cheerly
From the river winding clearly,
           Down to tower’d Camelot:
And by the moon the reaper weary,
Piling sheaves in uplands airy,
Listening, whispers «‘Tis the fairy
          Lady of Shalott.»


Part II

There she weaves by night and day
A magic web with colours gay.
She has heard a whisper say,
A curse is on her if she stay
           To look down to Camelot.
She knows not what the curse may be,
And so she weaveth steadily,
And little other care hath she,
           The Lady of Shalott.

And moving thro’ a mirror clear
That hangs before her all the year,
Shadows of the world appear.
There she sees the highway near
         Winding down to Camelot:
There the river eddy whirls,
And there the surly village-churls,
And the red cloaks of market girls,
         Pass onward from Shalott.

Sometimes a troop of damsels glad,
An abbot on an ambling pad,
Sometimes a curly shepherd-lad,
Or long-hair’d page in crimson clad,
            Goes by to towered Camelot;
And sometimes through the mirror blue
The knights come riding two and two:
She hath no loyal knight and true,
           The Lady of Shalott.

But in her web she still delights
To weave the mirror’s magic sights,
For often thro’ the silent nights
A funeral, with plumes and lights
               And music, went to Camelot:
Or when the moon was overhead,
Came two young lovers lately wed;
«I am half sick of shadows,» said
              The Lady of Shalott.


Part III

A bow-shot from her bower-eaves,
He rode between the barley-sheaves,
The sun came dazzling through the leaves,
And flamed upon the brazen greaves
              Of bold Sir Lancelot.
A red-cross knight for ever kneeled
To a lady in his shield,
That sparkled on the yellow field,
              Beside remote Shalott.

The gemmy bridle glitter’d free,
Like to some branch of stars we see
Hung in the golden Galaxy.
The bridle bells rang merrily
              As he rode down to Camelot:
And from his blazon’d baldric slung
A mighty silver bugle hung,
And as he rode his armour rung,
             Beside remote Shalott.

All in the blue unclouded weather
Thick-jewell’d shone the saddle-leather,
The helmet and the helmet-feather
Burn’d like one burning flame together,
                As he rode down to Camelot.
As often through the purple night,
Below the starry clusters bright,
Some bearded meteor, trailing light,
                Moves over still Shalott.

His broad clear brow in sunlight glow’d;
On burnished hooves his war-horse trode;
From underneath his helmet flow’d
His coal-black curls as on he rode,
                 As he rode down to Camelot.
From the bank and from the river
He flashed into the crystal mirror,
«Tirra lirra,» by the river
                Sang Sir Lancelot.

She left the web, she left the loom,
She made three paces thro’ the room,
She saw the water-lily bloom,
She saw the helmet and the plume,
           She look’d down to Camelot.
Out flew the web and floated wide;
The mirror crack’d from side to side;
«The curse is come upon me,» cried
          The Lady of Shalott.


Part IV

In the stormy east-wind straining,
The pale yellow woods were waning,
The broad stream in his banks complaining,
Heavily the low sky raining
          Over tower’d Camelot;
Down she came and found a boat
Beneath a willow left afloat,
And round about the prow she wrote
          The Lady of Shalott.

And down the river’s dim expanse,
Like some bold seër in a trance
Seeing all his own mischance–
With a glassy countenance
              Did she look to Camelot.
And at the closing of the day
She loosed the chain, and down she lay;
The broad stream bore her far away,
             The Lady of Shalott.

Lying, robed in snowy white
That loosely flew to left and right–
The leaves upon her falling light–
Thro’ the noises of the night
            She floated down to Camelot:
And as the boat-head wound along
The willowy hills and fields among,
They heard her singing her last song,
           The Lady of Shalott.

Heard a carol, mournful, holy,
Chanted loudly, chanted lowly,
Till her blood was frozen slowly,
And her eyes were darken’d wholly,
                Turn’d to towered Camelot.
For ere she reached upon the tide
The first house by the water-side,
Singing in her song she died,
                The Lady of Shalott.

Under tower and balcony,
By garden-wall and gallery,
A gleaming shape she floated by,
Dead-pale between the houses high,
           Silent into Camelot.
Out upon the wharfs they came,
Knight and burgher, lord and dame,
And round the prow they read her name,
          The Lady of Shalott.

Who is this? and what is here?
And in the lighted palace near
Died the sound of royal cheer;
And they cross’d themselves for fear,
             All the knights at Camelot:
But Lancelot mused a little space;
He said, «She has a lovely face;
God in his mercy lend her grace,
            The Lady of Shalott.»

viernes, febrero 04, 2022

Cesare Pavese / El instinto






El hombre viejo, desilusionado de todo,
en el umbral de la casa en el tibio sol,
mira al perro y a la perra desfogar el instinto.

Sobre su boca desdentada se persiguen moscas.
Su mujer se le murió hace tiempo. También ella,
como las perras, no quería saber nada,
pero tenía el instinto. El hombre viejo olfateaba,
-todavía no desdentado-, la noche llegaba,
se metían en la cama. Era lindo el instinto.

Lo que le gusta del perro es la gran libertad.
De la mañana a la noche vagabundea por la calle;
y un poco come, un poco duerme, un poco monta a las perras:
ni siquiera espera la noche. Piensa
como olfatea, y los olores que siente son suyos.

El hombre viejo recuerda una vez, de día,
en que hizo de perro en un campo de trigo.
No sabe con qué perra, pero recuerda el gran sol
y el sudor y las ganas de no terminar nunca.
Era como en una cama. Si volviesen los años,
lo querría hacer siempre en un campo de trigo.

Baja por la calle una mujer y se para a mirar;
pasa el cura y se da vuelta. En la plaza pública
se puede hacer de todo. Hasta la mujer,
que tiene recato de mirar, por el hombre, se para.
Solamente un muchacho no tolera el juego
y descarga una lluvia de piedras. El hombre viejo se indigna.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950),  "Lavorare stanca" (1936, 1943), Trabajar cansa. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García Editora, Del Dock, Cartografías, Buenos Aires, 2018
Versión de Jorge Aulicino


Ilustración: Cesare Pavese El Mundo, España, 27.8.2016


L'istinto

L'uomo vecchio, deluso di tutte le cose,
dalla soglia di casa nel tiepido sole
guarda il cane e la cagna sfogare l'istinto.

Sulla bocca sdentata si rincorrono mosche.
La sua donna gli è morta da tempo. Anche lei
come tutte le cagne non voleva saperne,
ma ci aveva l'istinto. L'uomo vecchio annusava
-non ancora sdentato-, la notte veniva,
si mettevano a letto. Era bello l'istinto.

Quel che gli piace nel cane è la gran libertà.
Dal mattino alla sera gironzola in strada;
e un po' mangia, un po' dorme, un po' monta le cagne:
non aspetta nemmeno la notte. Ragiona,
come fiuta, e gli odori che sente son suoi.

L'uomo vecchio ricorda una volta di giorno
che l'ha fatta da cane in un campo di grano.
Non sa più con che cagna, ma ricorda il gran sole
e il sudore e la voglia di non smettere mai.
Era come in un letto. Se tornassero gli anni,
lo vorrebbe far sempre in un campo di grano.

Scende in strada una donna e si ferma a guardare;
passa il prete e si volta. Sulla pubblica piazza
si può fare di tutto. Persino la donna,
che ha ritegno a voltarsi per l'uomo, si ferma.
Solamente un ragazzo non tollera il gioco
e fa piover sassi. L'uomo vecchio si sdegna.

Poesie, Mondadori, 1969

jueves, febrero 03, 2022

Seamus Heaney / La forja




Todo lo que conozco es una puerta a la oscuridad.
Afuera, los viejos ejes y flejes de hierro oxidándose.
Adentro, el repique breve y alto del yunque martillado,
El impredecible abanico de las chispas
O el siseo de una herradura templándose en el agua.
El yunque debe estar de algún modo al centro,
Astado como un unicornio, cuadrado en un extremo,
Y allí inamovible: un altar
Donde él se gasta a sí mismo en forma y música.
A veces, con delantal de cuero y pelos en la nariz,
Se asoma por el vano, evoca el retumbar
De cascos donde ahora el tráfico centellea en filas,
Después gruñe y entra con un portazo y un revuelo
A moldear el hierro verdadero, a hacer andar los fuelles.

[Door into the Dark, 1969]

Seamus Heaney (Bellaghy, cerca de Castledawson, Irlanda del Norte, 1939-Dublin, 2013), Diario de Poesía n° 7, Buenos Aires, verano de 1987 y 1988 
Traducción de Mirta Rosenberg



The Forge

All I know is a door into the dark.
Outside, old axles and iron hoops rusting;
Inside, the hammered anvil’s short-pitched ring,
The unpredictable fantail of sparks
Or hiss when a new shoe toughens in water.
The anvil must be somewhere in the centre,
Horned as a unicorn, at one end and square,
Set there immoveable: an altar
Where he expends himself in shape and music.
Sometimes, leather-aproned, hairs in his nose,
He leans out on the jamb, recalls a clatter
Of hoofs where traffic is flashing in rows;
Then grunts and goes in, with a slam and flick
To beat real iron out, to work the bellows.

Door into the Dark, Faber & Faber, Londres, 1969

miércoles, febrero 02, 2022

María Eugenia Bravo-Calderara / Dos poemas




Preguntas 
 
Quién soy yo, además de esta pseudosombra
que balbucea en otras lenguas,
además de esta figura mal parada que oscila
en el espacio y se tambalea?

Quién soy yo, ahora que poco a poco
la memoria me desdice y me cortan los caminos
todas las fronteras de la tierra?

Quién soy yo, además de un cierto indeciso
candidato a ministro de la muerte,
a contadora de tumbas que no estén en
ningún cementerio? 


Cierto temor 
 
Hay cierto temor en el ojo
de las cosas,
un temblor en sus voces de madera,
impenetrables sólo se acercan a sí mismas,
y permanecen estables,
pero riéndose.
¡Así de malas pueden ser las cosas!
¡Ojo!

María Eugenia Bravo-Calderara (San Bernardo, Chile)

Voces equidistantes. 
Antología de poetas latinoamericanos en Reino Unido,
selección y estudio de Enrique D. Zattara,
Ediciones Equidistancias,
Buenos Aires-Londres, 2022








Foto: Ediciones Equidistancias

martes, febrero 01, 2022

Gerald Stern / Así de azul



Ella era un encanto con sus rosas, a mí sin embargo
me gustan las lavandas porque puedo secarlas y
nada es así de azul, de modo que aquí estoy,
con un ramo de trágicas lavandas en los brazos,
toda la historia del sur de Francia contra mi
pecho, los campos cada vez más extensos, los ejércitos
matándose mutuamente, caballos que caen, franceses
muriendo a miles, aunque ninguno por amor.

Gerald Stern (Pittsburgh, Pensilvania, Estados Unidos, 1925-Nueva York, Estados Unidos, 2022), Save The Last Dance, W. W. Norton, Nueva York, 2008
Versión de Jonio González




BLUE LIKE THAT

She was a darling with her roses, though what I
like is lavender for I can dry it and
nothing is blue like that, so here I am,
in my arms a bouquet of tragic lavender,
the whole history of Southern France against my
chest, the fields stretching out, the armies
killing each other, horses falling, Frenchmen
dying by the thousands, though none for love.


Act. 2023