miércoles, julio 29, 2015

Griselda García / Reescritura de “Pensamientos de Deola”, de Cesare Pavese









GG pasa la mañana sentada en el café y ni el mozo la mira.
A esta hora en la ciudad baja el sol y algunos piden cerveza.
Ninguno busca. Tampoco GG, que mira pacífica y respira.
Cuando estuvo en la oficina, debía trabajar a esta hora
para subsistir: el mate con la compañera daba fuerza
y permitía soportar los chistes verdes de los jefes. Pero, sola,
es distinto: se puede hacer un trabajo más fino, con menos fatiga.
El alumno de ayer, arribando apurado, obtuvo una admonición,
al taller no se llega tarde. Si llegás tarde, no vengás.
Igual le sirvió una bebida y una masa dulce, italiana,
que el muchacho devoró en silencio como un niño.

Está atontada pero fresca esta vez, y le gusta ser libre, a GG,
y beber su té y comer medialunas. Esta tarde es medio anciana
y, si mira a los que pasan, es solo para tener algo que escribir.
A esta hora en la casa no pasa el tiempo y hay encierro
-el patrón aún no llega- es estúpido quedarse adentro.
Para soportar la tarea se requiere paciencia y, a esta altura,
la poca que queda se agota rápido y ya no vuelve.

GG se sienta mostrando el perfil a un espejo
y se mira en el fresco del vidrio. La cara un poco pálida:
son los años estancados. Frunce las cejas.
Se necesita la voluntad que tenía Enrique para durar
en un taller (porque, GG, acá todos los que vienen
te van a pedir algo, la demanda es ilimitada
y al maestro se le pide todo y más) y Enrique trabajaba
incansable, daba clases en escuelas de toda la ciudad
y todavía le alcanzaba para escribir su obra.

Los que pasan delante del café no distraen a GG
que intenta, como todos, trabajar poco y cobrar mucho.
Observando tras la pecera de La Orquídea, le placen
los vendedores de medias y linternitas que van por las mesas.
También la gitana pequeña que reza: "Le ofrezco esta rosa roja,
que nunca será tan bella como quien la recibe".
Le bastan dos o tres alumnos por día y tiene para vivir.
(Quizá fue un poco dura con el muchacho de ayer.
Suavizará la próxima vez). Estar sola, si quiere,
por la tarde, sentada en el café. No buscar a ninguno.

Griselda García (Buenos Aires, 1979)



Cesare Pavese: Pensamientos de Deola


Deola pasa la mañana sentada en el café
y ninguno la mira. A esta hora en la ciudad corren todos
bajo el sol todavía fresco del alba. Ninguno busca,
tampoco Deola, pero fuma pacífica y respira la mañana.
Cuando estuvo en pensión, debía dormir a esta hora
para reponer las fuerzas: la estera sobre el lecho
la ensuciaban con los zapatones soldados y obreros,
los clientes que rompen la espalda. Pero, sola, es distinto:
se puede hacer un trabajo más fino, con menos fatiga.
El señor de ayer, despertándola apurado,
la ha besado y llevado (me iría, querida,
contigo a Turín, si pudiese) con él a la estación
para que le deseara buen viaje.

Está atontada pero fresca esta vez,
y le gusta ser libre, Deola, y beber su leche
y comer brioches. Esta mañana es medio señora
y, si mira a los que pasan, es solo por no aburrirse.
A esta hora en la pensión se duerme y hay olor a encerrado
-la patrona sale de paseo- es estúpido estar ahí adentro.
Para yirar de noche en locales, se requiere presencia
y en pensión, a los treinta, lo poco que queda está perdido.

Deola se sienta mostrando el perfil a un espejo
y se mira en el fresco del vidrio. La cara un poco pálida:
no es el humo estancado. Frunce las cejas.
Se necesita la voluntad que tenía Marì para durar
en pensión (porque, querida señora, los hombres
vienen aquí para sacarse caprichos que no les cumplen
ni la mujer ni la novia) y Marì trabajaba
incansable, llena de brío y regalaba salud.
Los que pasan delante del café no distraen a Deola
que trabaja solamente a la noche, con lentas conquistas
en la música de su local. Echándole miradas
a un cliente o buscándole el pie, le placen las orquestas
que la hacen parecerse a una actriz en la escena de amor
con un joven rico. Le basta un cliente
cada noche, y tiene para vivir. (Quizá el señor de ayer
me llevaba de veras con él). Estar sola, si quiere,
a la mañana, y sentada en el café. No buscar a ninguno.

Cesare Pavese (San Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), Lavorare stanca. 1943. Traducción: Jorge Aulicino.

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