sábado, agosto 31, 2013

Javier Adúriz / Diálogo

    Para Marcos Bertorello, 
 Mariana Aulicino  y Carolina Cortés


— ¡Por fin, Estensoro!, lo esperé la vida... Y siempre un cometa usted,  cinco minutos, media hora. Y después que me parta un rayo.
— Pero qué dice, Titán… Buenos Aires parece que se encoge con el tráfico del diablo... Dígame: ¿Hoy es de beber, de fumar o de charlar, lo nuestro?
— De todo junto, chico, además, por supuesto, de estar a lo que venga…
— Y con qué me viene hoy, ¿otro firulete electrizante?
— Mire, Estensoro, no las tengo todas conmigo, pero me está entrando firme la sospecha de que el oficio que practicamos se ha vuelto con el tiempo un género menor, casi de aspecto, vano.
— Entonces qué, ¿somos los patitos feos del cuento? ¿Los cisnes negros de la familia?
— Y sí, algo así o peor. La circulación es exigua, no nos leemos ni entre nosotros… y para que tenga una idea, la última vez que conocí a un lector, el despistado me había confundido con otro… ¿Usted cuenta con lectores, joven maravilla de la intelligentsia argentina?
— Mire, Vanucci, su categoría “lector” hace rato que me tiene casi sin cuidado… Como dice Auden, es ese tipo de sujeto que casi nunca concierta con mis intereses. Y más, como usted ya sabe, yo escribo y cuelgo. Con mis amigos colgamos en la web lo que queremos. Es nuestro modo de crear accesos, lectura in vitro… ¡La hicimos, Vanucci, confiese!.. la gran Boido hicimos… la poesía no se vende.
— Sí, Menem lo hizo…, y un bonito eslogan a los que fuimos tan afectos, lamentablemente… Pero sabe qué, a mí me hubiera gustado vivir de mi oficio, como un gasista por ejemplo… Además le señalo que su esperanza es abstracta, matemáticamente irrefutable, sí, pero oportuna  para ver el momento en que asoman  las dificultades escondidas en la entraña del género. Cada poema o “constructo”  (¿le damos un poco de horror gótico-lingüístico a la charla?) parece llevar dentro de sí, toda la potencia adolescente, algo primario, y la cosa no sale de ahí. No quiero ofender, pero intuyo que el medio los obra desde adentro, hacia un frenesí productivo, con mucho pavloviano por ese trato veloz con los botones. Escritura cortita y al pie, lectura ídem. La pantalla los formatea.  ¡La play station tal vez los formatea! Poesía de síndrome reactivo, diría.
— Lo que ocurre es que usted es hijo, nieto y chozno de la gran tradición. Un escruchante de Homero y sus secuaces, y si me apura, hasta de Hernández le diría, para venir a lo de ayer que también será olvidado.
— Precisamente, en aquel entonces, el poeta era el que armaba el gran friso, el escenario en que se vive. Hoy todo para el cine, la novela, la tele. ¿Y nosotros qué?
— Un concentrado sensible, los happy few.
— Me parece un demonio, Estensoro. ¿No vio lo que está ocurriendo? El planeta se incendia y ustedes se cuelgan del árbol de Juvencia. ¿O somos los diez justos que sostienen el circo? Los que no se quieren embarrar.
— Diagnóstico urgente. Usted padece de horacismo, Vanucci. Lo útil y lo dulce: Academia aprenda-con-agrado… Ya está, querido. Por favor, relájese. Ya se jubiló, cobra sin trabajar. Por delante no tiene ninguna obligación.
— Responsabilidad… ¿Conoce esa palabra?
— Por supuesto, y conmigo mismo, fiel al que soy, o a los muchos otros que soy, que me tienen atareado, aunque suene a desvío. La libertad, anciano.
— ¿Qué libertad?
— La de escribir lo que quiero, de la manera que quiero y, cuánto más original, mejor.
— ¿Originalidad?... ¿No los cansa esa pulsión de tener que inventar todos los días el dulce de leche y la birome? Ese vanguardismo de alcance pendejesimal, la histeria de la novedositud.
— No, en absoluto, lo prefiero al balero de su época, señor: causa efecto, causa efecto con lógica de opuestos y desciframiento monódico. Y qué curioso, tan semejante al libro, ese mausoleo donde esperan draculines con elogiosa contratapa, aunque el lector al fin resulte el sapo pepe, un príncipe embotado… No, viejo, prefiero la pantalla vibrátil, vivir el fragmento, los innumerables cruces de mi hora estallada.
— A mí me suena al fondo del tacho. El individualismo del individualismo del individualismo. El paco del fumo.
— A mí, en cambio, a una micropolítica, la única posible en estos días: la revuelta contra todo.
— ¡Micropolítica!... ¿No quiere que le prepare un vascolet, Estensoro?.. Micropolítica… ¿No ve? Todo lo vuelven micro, incluso el poema.
— Pero ésa es la revolución, el solo hecho de escribir lo que nos dé la gana. Eso aparte de que usted, tal vez, se esté ablandando, y entona un gemidillo de la peor especie: el embudo moral… Ahora resulta que la culpa la tiene el género. El poema no tiene moral, Titán, es mi forma de ser libre.
— ¿Y quién dice que no? Pero dentro de uno. Afuera existe otra dimensión, más profunda. Voy a ser pomposo: más libre cuanto más fraterna. ¿Recuerda lo de Po-Chu-I?... Cuando tenía un poema terminado, el loco se lo leía de inmediato a una lavandera amiga suya. Y en los ojos de ella, reconocía si el texto funcionaba. Caso contrario, abandonaba sus palabras en el cauce del río. ¿No le parece admirable?
— Le confieso que yo también me empeño en un experimento semejante. Toda vez que puedo, le leo mis constructos al novio de mi madre. Nada más para disfrutar de la perplejidad que muestra. Gozo muchísimo su mandíbula golpeando contra el piso. La de alguien, ni más ni menos, que llega a horario a todas partes…
—Es, usted, la peor alimaña de mis pensamientos, Estensoro. Si no la gana, la empata… Ahora excúseme un instante, me llaman aguas menores… No bien vuelvo, le hago saque y volea… Está bien, soy un homérido, vengo del libro. Y usted de dónde viene, joven: síntesis, por favor…
—Por dios, mire con lo que me sale… Qué sé yo, de la técnica. Soy un hijo de nadie. Además, creí que en el último encuentro habíamos coincidido en que ambos veníamos de la gran radiación, el gran acelere.
—Es cierto, mucho nos une: el contorsionismo, la cabeza deforme, los bigotes…
— ¿Nunca va dejar de reír…?
—Nunca, y con todos los dientes… Pero eso de la técnica hace a mi tesis: una sobrenaturaleza expandida, un sinónimo limpito de “me cago en lo concreto”. La ciudad nos encerró a mirar a través de un ventanuco. No le parece mejor dialogar, dialogar con el hombre común, de carne y hueso, como la lavandera de Po- Chu-I.
— ¿Recuerda qué bueno aquel ensayo de Eliot: “De Poe a Valery”? Ahí describe con claridad meridiana las etapas del gozo literario. Que el oyente primero se centraba solo en el asunto; que después, ya en la era del libro, distingue las formas de la cosa y disfruta en simultáneo los estilos, por mayor conciencia del lenguaje. Y que en tiempos de Valery, por fin, se repliega a la manipulación introspectiva, a esa conciencia de sí, manteniendo el argumento como mero sostén. Esto los fogueó a ustedes, ¿o no?
—A mi ver, Valery es el narciso en estado puro, uno de los extremos problemáticos del género. Y ya ve la patada que le pegó Witoldo. Si la cosa se reduce a uno con uno mismo, más allá de cualquier alteridad, fin del partido. Como le oí una vez a Enrique Butti: si no hay escritores, está la biblioteca, no pasa demasiado. Pero sin lectores, qué… se termina el oficio.
— Pero el valerismo lo llevaron hasta la locura, ustedes mismos. Ojos en blanco, tono solemne, hablar de la palaaabra, y aburrirse todos tomados de la mano. Nosotros agarramos la base, el monito introspectivo, le metimos pop, bizarría, perspectiva indie, y a cagar, a bailar con la que salga.
— Sí, y les salió una animadora infantil, sólo para jóvenes y chicos… Pero mi punto es este: hay otro lado del lenguaje. Lo pronuncia el sujeto, pero queda ahí para el otro. Entonces no me importa si la cosa es histórica, si la técnica, o de clase o lo que sea. En estas condiciones, el próximo paso va a ser poner el punto final y un cartel ominoso: cerrado por duelo.
— Master, yo soy como el pájaro del proverbio, no canto buscando respuesta, canto porque tengo melodía. Y es la mía, mi propio rollo. Mi lenguaje, en todo caso, mi fantasma síquico, el sonido interno de un otro que manda mensajes, y que este sujeto que ve ahora, estampa para sentirse vivo.
— ¿Sabe? en esto coincidimos… Me hace acordar al tipito de Kafka que esperaba el mensaje imperial. Ahí nosotros dos, como él, con el puño en la mejilla, aguardamos el mantra del poema. La diferencia de esta contemplación estriba en que usted ve a su doble, a su sola experiencia del lenguaje que, por lo visto, para usted es suficiente. Yo prefiero tratar de llegar a otro fondo, algo más transpersonal, disolver el ego. ¿Cómo decirlo?: a ese lugar donde el lenguaje habla un viejo espesor de todos y rige, y quizás ilumina lo que llamamos real. La cosa es llegar ahí, cuando el río suena por sí mismo
— Le voy a contar una anécdota. Frente por frente de casa hay un taller mecánico, regenteado por una criatura polifémica. Alguien que expresa presupuestos con un arte de broncos eructos. Vea, dice, lo suyo puede estar entre los doscientos y cuatrocientos pesos. Al otro día, sin embargo, para rescatar el fierro deberá oír indefectiblemente el siguiente epigrama: Lástima, pibe, son quinientos. ¿A este Ulises de su Homero quiere oír? Y no me venga con activos y contemplativos para el campo simbólico. ¡Para el campo sin bólido, dirá!
— Pero ahí afuera está la cosa, Estensoro, siempre está afuera, en eso otro que no es uno. Nuestra imaginación también fabula como la de él, lo distinto es que tenemos obligación de verdad y belleza.
— Qué palabrones, Vanucci. ¿Por qué son tan afectos a las abstracciones? El lenguaje no da certeza, da ficción, imaginación, fantasías del tiempo, un puro goce.
— Pero ahí está la distancia. El que empeña el lenguaje es el que miente, pero no quien lo recibe con los ojos, lo objetivo. Cuando la contemplación tiene esa cierta magia, el que ve, el lector, encuentra una intuición de la naturaleza de lo real, lo usualmente velado de las cosas. Y al producirse ese ingreso, da ese fulgor de verdad: un algo cierto que es ajeno y de todos. Esa es mi experiencia estética: un destello que se vuelve belleza, por esa adhesión exaltada del contemplador.
— Entonces, la belleza camina según el cristal con que se mire… ¿De modo que usted ve a la mujer gorda del circo, la de pelo en pecho, y si calza es la belleza?
— Así de simple y tortuoso, chico: Beauty is in the eye of the beholder.
— Lo que digo: está en mis ojos…
— Lo que digo, Estensoro, está en sus ojos de lector. Vos hacés la literatura, los otros, cualquiera, todos hacemos la versión de lo real. El lenguaje es mucho más que nosotros, aunque lo hagamos de a uno. No, precisamente, esa menuda pulsión del hombrecito escribidor que cada quien lleva en sí desde el principio, con conciencia encerrada de lenguaje.
— Tal vez yo sea un emperrado nominalista y usted, un realista que se va al universal de las buenas intenciones… Además, si el lenguaje contiene de manera velada el doble de lo real, tengo derecho a exprimirlo y que dé un nuevo mundo, más propio, para respirar en este ahogo. Una micro revuelta individual…
— Fabián Casas me dijo una vez: la poesía la hacemos entre todos. Me pareció una chantada, algo propio de lo que se debe decir, sobre todo en estado de jauría, o como un énfasis de lo que le llegaba del surrealismo o cosas así. Claro que, planchado ahora, al juvenilismo actual… Bien, hoy no. Pienso distinto, el hombre me parece agudo, y cuanto más en estos términos de una experiencia compartida. Más el comienzo de una revolución que una revuelta: hablar con el otro, una dación de la infinita riqueza abandonada.
— Usted, Vanucci, ya semeja un beato despojado y en pantuflas, la versión zen de Carlitos Balá. En un punto me horroriza… ¿No será un partidario ahora del verso medido, no? Dígame que no… Di que no, Godzilla de mis ojos, di que no…
— Ahora entramos en la cuestión de las formas… ¿Por qué no abrimos la ventana y contemplamos un rato el Río de la Plata? ¿Le gusta nuestro río, Estensoro? Tiene algo fundacional ¿no? Un mar dulce, una inmensa y cruel mansedumbre.
— Me gustan muchísimo otros ríos, más mínimos y transparentes, donde pescar, por ejemplo.
— A mí también. En realidad, me gustan todos; y pescar, no le digo… Pero sí, la cuestión de las formas… Me da lo mismo, oigo el poema en métrica medida y en verso libre. Creo que son modos, maneras de ingreso a la zona invicta, cuando se perfora el inconsciente personal y se llega a otro tipo de espesura, vinculado más bien al oído y el temperamento del que pulsa el instrumento.
—Yo no escribo más que en verso libre. No quisiera otra manera de tallar mi materia. El formato cerrado me postra.
— Creo que hoy es una polémica del todo inútil. Según creo, tu verso libre tiene en su trastienda una ley, que hace ver libre y suelto lo que en verdad se aviene a otra perspectiva, la necesidad del objeto, un otro también. Desde luego la cosa es histórica. El verso medido pareciera responder al oído de una gran voz que rueda desde la primera interjección, con el amanecer del hombre primal. Eso sigue ahí, en lo que llamo la zona invicta. Después ya se sabe, el hombre nuevo, más atento a su inconsciente o su sujeto, y ya: el verso libre, I sing myself, literalmente. Tal vez su caso, menos extremado. Amo a los dos, son la evidencia de la idea, de lo otro, de la respiración de la especie.
— Pero somos esencialmente una experiencia verbal, Vanucci. Una materia ardida, pero materia al fin.
— No estoy tan seguro. Tal vez, seamos una experiencia vital, que el poema pone claro a través de eso poco que tenemos. De cualquier manera confieso que los dos son uno: el cuerpo y la mente, y sobre todo en el texto. Uno y otro se aluden como en forja de una piedra imán. Y aun así, lo que sigue flotando, cuando las palabras se callan es una suerte de espíritu, de respiración compartida. He dicho… Por qué no armamos uno de los buenos. ¿Tiene hoy o no tiene?
— Por supuesto, ya le armo un chino de estos…
— ¿Se acuerda de aquella tonada del sesenta que cantaba Sinatra: “Moon River”?
— Sí, un lugar común bastante edulcorado.
— Vivimos en lugares comunes, my huckleberry friend: el país, el lenguaje, la amistad, el tiempo que nos permite. Me encantan los lugares comunes.
— Y qué con la canción.
— Es un homenaje, yo creía que al Mississippi. Pero no, a un recodo del río Savannah y por supuesto a Marck Twain, por lo de huckleberry. Ahí le dice al  río que verán las cosas de este mundo, cada uno buscando su estilo, braceándolo con su modo. Un día sin embargo, van a ir más allá del arco iris. Bien, el iris del lector es mi arco iris, el otro lado del poema donde se intuye o comparte este cielo de tierra que hacemos juntos.
— Eso, Vanucci, compartamos el faso y miremos nuestro río en silencio.
— Sí, querido, miremos, pero no en silencio sino con esperanza, mucha esperanza…

Javier Adúriz (Buenos Aires, 1948-2011),  Dificultades de la poesía, Del Dock, 2010

viernes, agosto 30, 2013

Marguerite Yourcenar / Vos no sabrás jamás...


Vos no sabrás jamás que tu alma viaja
Porque te ha adoptado lo más profundo de mi corazón
Y que nunca, ni el tiempo, ni la edad, ni otros amores,
Impedirán que vos estés en mí.

Es que la belleza del mundo ha tomado tu rostro,
Ve a través de tu dulzura, brilla en tu claridad,
Y el lago pensativo del paisaje
solamente en tu serenidad me refleja.

Vos no sabrás jamás que llevo tu amor
Como una lámpara de oro que ilumina mi camino
Y que un poco de tu voz se unió a mi canto.

Suave antorcha que irradia, dulce hoguera, tu llama
Me dice qué sendero has elegido
Vivís aún, porque te sobrevivo.

Marguerite Yourcenar (Bruselas, 1903- Northeast Harbor, Maine, 1987), Les Charités d’Alcippe, Gallimard, 1929
Versión de Marina Kohon


Vous ne saurez jamais...

Vous ne saurez jamais que votre âme voyage
Comme au fond de mon coeur un doux coeur adopté ;
Et que rien, ni le temps, d'autres amours, ni lâge,
N'empêcheront jamais que vous ayez été.

Que la beauté du monde a pris votre visage,
Vit de votre douceur, luit de votre clarté,
Et que ce lac pensif au fond du paysage
Me redit seulement votre sérénité.

Vous ne saurez jamais que j'emporte votre âme
Comme une lampe d'or qui m'éclaire en marchant ;
Qu'un peu de votre voix a passé dans mon chant.

Doux flambeau, vos rayons, doux brasier, votre flamme,
M'instruisent des sentiers que vous avez suivis,
Et vous vivez un peu puisque je vous survis.

miércoles, agosto 28, 2013

Eduardo Ainbinder / Había un anciano


que era incapaz de hacer
una correcta composición de lugar.
No sabemos las razones verdaderas,
presumimos falta de entendederas,
para lo irrelevante memoria de elefante,
lo interesante no lograba retener ni un día
aquel anciano incapaz de hacer
una correcta composición de lugar.
En una caminata por suelo lunar
en una cruzada contra el facilismo,
en los bajos fondos o en las altas esferas
en inhabitables, insufribles salas de espera
en una visita guiada, en la vida retirada
o en una interminable velada de los incautos,
en el mundo del revés
o bajo una pirámide invertida,
no sabía dónde, dónde
había extraviado su vida.
Buscaba y más buscaba
y el lugar no encontraba.

Eduardo Ainbinder (Buenos Aires, 1968) XXI Festival de Poesía de Rosario 

martes, agosto 27, 2013

Yosano Akiko / Una noche

En cada cuarto,
en cada jarrón,
enciende una brillante luz;
arregla amapolas y rosas.
Esto no es consolar
sino castigar;
porque aquí, una mujer
-olvidada de alabar
y de responder-,
de pronto deseó llorar
por una nimiedad.


Yosano Akiko (Sakai, 1878-Tokio, 1942), Alberto Girri, Versiones, Corregidor, Buenos Aires, 1974

lunes, agosto 26, 2013

Jorge Leonidas Escudero / Toque raro



Tirado en la cama, vestido todavía
miro el techo y veo algo repentino
que se me cruza ¿qué?

Siento sorpresa porque he visto
algo espontáneo y fugaz,
como ajeno a mi pensamiento: yo no fui.

¿Será eso un pájaro de otro mundo
que de pronto pasó por mi conciencia?
Puede que sea porque pasó
cuando yo andaba como queriendo
saltar el cerco hacia
no sé dónde.

Entonces se me apareció esa
percepción distinta: ¿será la Unidad?
¿La Unidad con qué? No sé,
por eso ahora hago silencio
pero dejo así escrito esto.

Jorge Leonidas Escudero (San Juan, 1920), Sobrevenir, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2013

domingo, agosto 25, 2013

Miguel Angel Petrecca / Dos poemas


Hongos

Antes de que empezara a anochecer,
luego de haber intentado escribir un poema,
salió a dar una vuelta sin ninguna dirección.
En el camino se encontró parado frente a un árbol
en cuyo tronco, cerca de la base, habían crecido
un puñado de hongos blancos con rayas oscuras.
Los tocó primero apenas con la punta de las zapatillas
para comprobar si estaban adheridos al árbol.
Después se preguntó cuándo había llovido por última vez:
no pudo recordarlo. Debía haber sido uno
o quizás dos días atrás, y debía haber sido
una buena lluvia como para que brotaran
hongos de ese tamaño, tan esponjosos
y gruesos. Al volver a su casa, pensó
preguntaría cuándo había llovido y cuánto.
Le darían detalles sobre la lluvia,
la intensidad, la hora del día, el tiempo,
y eso dispararía en él algún recuerdo.
Levantó la vista: no había nadie en la calle.
Tuvo el impulso de agacharse y recogerlos.
Volver a su casa con un puñado de hongos
como si para hacerlo hubiera tenido que cruzar
un bosque. En el cielo estaban pasando,
también, cosas interesantes, a toda velocidad.
En la cuadra se había encendido ya una luz.
Pensó en el poema que había dejado sin terminar,
que hablaba de la lluvia, de la lluvia en general,
o de la idea de la lluvia cayendo silenciosa, durante el sueño.


Las cosas

Las cosas que hacen furor, las que pasan sin pena ni gloria
en algún lado se reúnen, discuten sobre su pasado.
Árboles y personas, zapatillas con el dibujo de la suela
todo gastado igual que una cara en un sueño
en algún lado se reúnen, hablan sobre su pasado.
Esa taza, y la chica que da el informe del tiempo,
y el repasador colgado que filtra el paisaje,
y el portero, que tuvo un pasado antes de ser portero,
quieren reunirse en alguna parte a hablar sobre su pasado.
El hijo quiere crecer sólo para llegar hasta ahí,
para hablar de su padre con su padre, para mirar
desde una terraza el barrio y hablar sobre su pasado,
y el pasado del barrio, y después bajar corriendo las escaleras,
y alejarse para siempre en el primer taxi que encuentre.

Miguel Angel Petrecca (Buenos Aires, 1979), La voluntad, Bajo la Luna, Buenos Aires, 2013


viernes, agosto 23, 2013

Tiffany Atkinson / La atracción mayor

Ese es el muelle:
           esprit de l’escalier
sostenido por la espuma
y la mierda de estornino. Toda la noche se mece con
la danza. Pisadas furiosas, la yesca de los viejos
tablones maldiciendo, ciego, él ve las luces

de Dublin, así de duro es. La esposa
de otro se amontonó contra él como un flí-
per
y aquella con la que vino

fumando en la balaustrada mientras el mar
tiende discretas sábanas sobre el malecón:

ella tararea new york new york
quisiera—

pensando cómo el barro cerrará
los párpados y tensará sus dedos retorcidos.
Todas las pequeñas bocas chuparán como estrellas muertas.

Es un puente de pies fríos.
Despertáte,
alguien está llorando mientras ella retrocede
hacia la tierra diagramada, en la ciudad que nunca.

Tiffany Atkinson (Berlín, 1972, vive en Cardiff), El hombre cuya mano izquierda pensaba que era un pollo, antología, traducción de Silvia Camerotto e Inés Garland, Gog y Magog, Buenos Aires, 2013



The main attraction

That is the pier: 
esprit de l’escalier
held up with spray
and starling shit. All night it rocks with
dancing. Furius treads the tinder of the old
boards swearing blind he sees the lights

of Dublin, he’s that tight. Someone’s
wife stacked up against him like a pin-
ball machine
and the one he came with

smoking at the railing as the sea
lays tactful napery between the groynes:

she’s humming new york new york
want to —

thinking how the mud would clam
the eyelids shut and tense its wriggly fingers.
All the little mouths would suck like dead stars.

It’s a bridge with cold feet.
Wake up
someone’s bawling as she steps back on
to mapped land, in the city that never.

Juan Antonio Vasco / Destino común

El guardián,
el hombre que trae la sopa de medallas,
suele también llegar envuelto en compresas de fin
     de semana
y horóscopos donde siempre hay un viaje y un
     cambio de fortuna.
¡Oh qué progresista es el ferrocarril de la sabiduría,
el riel donde poníamos a aplastar las monedas
cuando el padre descendía de sus altas botas
envuelto en una nube de humo campesino!
Gracias pues.
Estamos conmovidos.
Gracias en nombre de todos.
Muchas gracias por las vendas
                         por las medallas
                         por los horóscopos
                         por los viajes
                         por los fines de semana
                         por los cambios de fortuna
                         por las patadas en el culo
                         y por la salvación.

Juan Antonio Vasco (Buenos Aires, 1924-1984), "Destino común", 1959, Obra poética, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2012

jueves, agosto 22, 2013

Orlando en verso y prosa, IV

1.  El castillo del nigromante

Aunque simular no es propio de mente honrada, aporta evidentes beneficios en un mundo poblado de máscaras. Si encontrar un amigo al que se le pueda hablar con franqueza es tan difícil, ¿qué se podía esperar que hiciese Bradamante ante Brunello, un mentiroso consumado y contumaz? Así pues, le ha mentido, y continuará haciéndolo.
Acaba de conocer al pequeño y ladino portador del anillo mágico, cuando un gran fragor interrumpe el diálogo. Miran hacia afuera de la posada y ven al posadero y otras gentes que a su vez miran el cielo como si estuviese acaeciendo el paso de un cometa o algún otro fenómeno celeste. Nada de eso. Es un mago en un caballo volador.




Grandes las alas, de color diverso:
se distinguía en medio al caballero,
armado de fierro claro y brillante.
Hacia el poniente había puesto rumbo
y se hundió sin más entre las montañas.
Decía el dueño (y eso era verdad),
que era éste un nigromante , y que en su viaje
sobrevolaba siempre aquel paraje.

Unas veces vuela hacia las estrellas,
otras veces desciende a ras de tierra
y se lleva con él a las mujeres
que caminan por toda esta comarca,
de modo que las míseras doncellas
que son, o al menos se creen, hermosas,
-y sean como sean se las lleva-,
no salen cuando hay sol ni cuando nieva.

"Sobre el Pirineo tiene un castillo
(relataba), hecho como por encantos,
todo de acero, tan resplandeciente
que no existe otro que se le compare.
Marcharon por él muchos caballeros,
y no se jactó de volver ninguno;
por todo esto yo pienso, y temo fuerte,
que los retiene el mago o les da muerte."

La dama, que escucha todo y asiente,
porque cree que hará, y hará por cierto,
con el anillo mágico, la prueba
de dejar el castillo despoblado,
le dice al posadero: "Busca uno
que pueda guiarme por ese camino;
no puedo contenerme, ni divago:
quiero ya pelear contra ese mago."

Brunello, tal como le había vaticinado la maga, se ofrece a acompañarla. Le dice que tiene escritas las señas del camino, y otras cosas que le gustará conocer. Ella responde que no duda de eso, pensando en la alhaja encantada que deshace los encantamientos.
De monte en monte, y de bosque en bosque, llegan a la altura en que los Pirineos pueden mostrar, si el aire no está oscuro, las tierras de Francia y de España.
Ven allí el resplandeciente castillo del nigromante, alto en su peñón, que no tiene escaleras ni naturales ni artificiales. Decide Bradamante que es hora de deshacerse de Brunello, pero como no quiere ensangrentarse las manos con un hombre desarmado, y además innoble, lo toma por sorpresa, lo ata a un árbol y le quita el anillo. Hace sonar su cuerno desafiante y el mago no tarda en dejarse ver sobre el monstruo alado que, aquí podemos verlo mejor, no es un caballo sino un hipogrifo. El mago va al ataque, Bradamante simula defenderse repartiendo mandobles ciegos, a la espera de que el mago intente descubrir el escudo que encandila. Pero el nigromante es un tanto perverso.

Podía descubrirlo de inmediato,
sin tener al rival en la estacada,
mas le gustaba ver por un buen rato
agitarse el asta y girar la espada,
como se ve que al astuto gato
embromar al ratón también le agrada,
y recién cuando le da el aburrimiento,
muerde y pone final a ese tormento.

Es el anillo es el que pone fin, esta vez, a las hazañas del mago, como había prometido la discípula de Merlín. Bradamante simula caer, él descubre el escudo pero es tarde. El anillo ha obrado. Cuando la doncella se acerca para cortarle la garganta, sólo ve un viejo de cara triste.
Es Atlante, el mago que tomó a su cargo la protección de Rogelio, pues las estrellas le han dicho que tendrá en breve un triste final. Atlante le ha construido alrededor una ilusión, que es ese castillo, al cual ha llevado a otros caballeros y damas para hacerle compañía. También músicos, ricas telas,  bebidas, manjares. Bradamante no cree el vaticinio del mago sobre el fin cercano de Rogelio. “Si tu propia derrota no viste próxima, mal puedo creer en tus augurios”, le dice.
Obligado, el mago rompe ciertos cántaros humeantes y el castillo se esfuma junto con él. Damas y caballeros aparecen, sorprendidos, sobre la piedra desnuda. Entre ellos, Rogelio. La dicha que tiene al ver a Bradamante es inenarrable, tanto como la de ella.
No dura mucho la felicidad. Luego de un rato en que Rogelio, Gradaso, Sacripante y todos aquellos caballeros intentan capturar al hipogrifo, que los hace correr de un lado a otro, como una corneja acosada por los perros, Rogelio logra montarlo y el hipogrifo deja los cortos vuelos de gallina y parte más velozmente que un halcón. Desaparece en el cielo ante la mirada atónita de todos y la angustia de Bradamante.


2. Reinaldo emula a los caballeros de la Tabla Redonda


Habíamos dejado a Reinaldo en la proa de un barco a punto de hundirse. Eso por cierto no sucede. El barco logra atravesar una de esas típicas tormentas del canal de la Mancha y llega a las costas de Escocia, que aún suele hacer oír, entre bosques umbrosos, el bélico sonido de los fierros.
Repentinamente, el hijo de Amón olvida su deseo de regresar cuanto antes y se le ocurre recorrer esos caminos por donde solían andar los caballeros de Arturo a la busca de aventuras. No se apura. Toma un sendero u otro según le indica su instinto. Da por fin con una abadía especialmente preparada para recibir caballeros errantes o damas extraviadas. Los monjes le ofrecen un banquete, pero intentan disuadirlo de sus propósitos: desde los tiempos de Arturo, los bosques han perdido popularidad. Nadie se enterará de las hazañas que pueda llevar a cabo en esos sitios perdidos. Casi como chimento, aunque quizá sea para él “digna empresa”, cuentan que la hija del rey, Ginebra –sí, igual que la dama de Arturo, lo sabemos-, morirá al otro día en cumplimiento de una ley del reino: toda dama que pierda su virginidad siendo soltera, debe pagar con su vida si la acusa un caballero. A menos que otro caballero pelee por ella en un torneo público, y venza. Compungido, el rey ha ofrecido la mano de Ginebra y una rica dote a quien logre doblegar al acusador.
Se contiene el paladín franco y no da un respingo en su asiento.

Pensó Reinaldo un poco, y respondió:
"¿Una doncella, entonces, morirá
porque dejó que desfogara en brazos
amantes su amador tanto deseo?
¡Maldito aquel que tal decreto impuso,
y maldito también quien lo tolera!
Debidamente muere quien es cruel,
no quien le da la vida a un amor fiel.

"Verdad sea o no que Ginebra dado
se haya a su buen amante, digo esto:
si es que lo ha hecho, la alabaría mucho,
aunque ella quiera mantenerlo oculto.
La defiendo con este pensamiento.
Denme uno que me guíe de inmediato,
y donde esté el acusador me lleve,
que en fe de Dios el ímpetu me mueve.

"Y no diré que la dama no lo ha hecho,
pues sin saber, podría hablar en falso;
diré que, por un semejante acto,
no debe haber castigo para ella;
y diré que fue inicuo o que fue un loco
quien hizo esos perversos estatutos;
inicuos son, se deben revocar
y dictarse ley digna de aplicar.

"Si un mismo ardor, un deseo parejo,
inclina y conduce a uno y otro sexo
al dulce fin del amor que parece
al ignorante vulgo un grave fallo,
¿por qué se ha de punir sólo a la dama
que una o más veces haya realizado
lo que hace todo hombre cuando lo instiga
el apetito, y nadie lo castiga?

"Se infligen, con leyes tan desiguales,
realmente a las damas expresos daños.
Espero en Dios mostrar que es un perjuicio
que desde antiguo vienen soportando."
Reinaldo tiene universal consenso
de que son conocidas injusticias;
que consentida es esta ley que rige
y que, pudiendo, el rey no la corrige.

Bajo el cielo blanco y rojizo del amanecer, Reinaldo toma sus armas, monta a su fiel Bayardo y parte a todo galope, seguido por un escudero que reclutó en la abadía. Caballo de guerra y flaco rocín se adentran leguas y leguas en esos bosques tenebrosos. Reinaldo no tiene mucho tiempo. El plazo para la ejecución de la dama se cumple ese día.

Buscando el modo de cortar camino,
se apartan de la vía principal;
y oyen de pronto un llanto lastimero
que llena en torno toda la foresta.
Bayardo es espoleado, y el rocín,
hacia el valle donde resuena el llanto,
y ante dos viles ven una doncella
que parece, de lejos, ser muy bella,

pero tan llorosa y doliente cuanto
dama o doncella o joven jamás fuese.
Están los dos con los fierros desnudos,
para teñir de rojo la hierba con su sangre.
Ella, con ruegos, intenta diferir un poco
la muerte, pero no logra conmoverlos.
Llega Reinaldo, y cuando  aquello entiende,
con amenazas a gritos los contiende.

Volvieron los malandrines las espaldas,
al ver acudir de lejos el socorro,
y se perdieron en el espeso valle.
Al paladín no le plugo seguirlos,
sino que fue a la dama, para saber
cuál era la causa de la punición.
Para no demorar, hace al escudero
llevarla a grupas, y tornan al sendero.

Y cabalgando, mejor puede mirarla
y ve que es hermosa y de prudentes modos,
pero se encuentra aún muy despavorida
por el peligro de muerte que corrió.
Cuando ella fue preguntada nuevamente
sobre el motivo del trance desdichado,
comenzó con parvo acento a referir
lo que voy para otro canto a diferir.

Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino

Cesare Pavese / Leña verde

(A Massimo)

El hombre quieto tiene delante colinas en la oscuridad.
Mientras estas colinas sean de tierra, los aldeanos
deberán zaparlas. Las mira fijo, y no ve,
como el que cierra los ojos en prisión, bien despierto.
El hombre quieto -que estuvo en prisión- mañana regresa
al trabajo con algunos compañeros. Esta noche, está él solo.

Las colinas le saben a lluvia: es el olor remoto
que a veces llegaba a la prisión con el viento.
A veces, llovía en la ciudad: un abrirse de par en par,
del aliento y la sangre, a la calle liberada.
La prisión bebía la lluvia, en prisión la vida
no terminaba, a veces se filtraba también el sol:
los compañeros esperaban y el futuro esperaba.

Ahora está solo. El olor increíble de tierra
le parece salido de su propio cuerpo, y recuerdos remotos
-él conoce la tierra- lo atan al suelo,
a ese suelo real. No sirve pensar
que la zapa, los aldeanos, la clavan en la tierra
como en un enemigo, y que se odian a muerte,
como muchos enemigos. Tienen, sin embargo, una dicha
los aldeanos: ese pedazo de tierra labrado.
¿Qué importan los otros? Mañana, las colinas
estarán bajo el sol, y cada uno en la suya.

Los compañeros no viven en las colinas,
nacieron en la ciudad, donde en vez de hierba
hay rieles. A veces, lo olvida también él.
Pero el olor de tierra que llega a la ciudad
ya no sabe a aldeanos. Es una larga caricia
que hace cerrar los ojos y pensar en los compañeros
en prisión, en la larga prisión que espera.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), "Lavorare stanca", Poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión de Jorge Aulicino



Legna verde

(a Massimo)

L'uomo fermo ha davanti colline nel buio.
Fin che queste colline saranno di terra,
i villani dovrano zapparle. Le fissa e non vede,
come chi serra gli occhi in prigione ben sveglio.
L'uomo fermo -che è stato in prigione- domani riprende
il lavoro coi pochi compagni. Stanotte è lui solo.

Le colline gli sanno di pioggia: è l'odore remoto
che talvolta giungeva in prigione nel vento.
Qualche volta pioveva in città: spalancarsi
del respiro e del sangue alla libera strada.
La prigione pigliava la pioggia, in prigione la vita
non finiva, talvolta filtrava anche il sole:
i compagni attendevano e il futuro attendeva.

Ora è solo. L'odore inaudito di terra
gli par sorto del suo stesso corpo, e ricordi remoti
-lui conosce la terra- constringerlo al suolo,
a quel suolo reale. Non serve pensare
che la zappa i villani la picchiano in terra
como sopra un nemico e che si odiano a morte
come tanti nemici. Hanno pure una gioia
i villani: quel pezzo di terra divelto.
Cosa importano gli altri? Domani nel sole
le colline saranno distese, ciascuno la sua.

I compagni non vivono nelle colline,
sono nati in città dove invece dell'erba
c'è rotaie. Talvolta lo scorda anche lui.
Ma l'odore di terra che giunge in città
non sa piú di villani. È una lunga carezza
che fa chiudire gli occhi e pensare ai compagni
in prigione, alla lunga prigione che attende.

miércoles, agosto 21, 2013

Sandro Barrella / De "Los italianos a la guerra"

El techo de la casa
de Antonio herido de guerra
prisionero provisional
en África
muratore-albañil

el techo se desplomó
voló
por acción de las bombas
inglesas
americanas

cerrada
la oficina del fascio
voló

los civiles en guerra
abuelo Antonio en África
Mussolini
en Saló

(...)


No conoció a Pound
la nona Michelina

no conoció a Pound
de la rabiosa Norteamérica
a radio Roma

no escuchó por las noches su voz
en el receptor
ni vio en los campos de Calvello florecer
sus teorías económicas.

Michelina compró una máquina Singer de coser
en 1941 a Giancarlo Pertti
en diez cuotas pagadas mes a mes

-diecci cuota pagada mesi a mesi-
decía Michelina

en arrabiata lengua arrebatada
en el odio por su marido en guerra
en Abisinia prisionero en Bombay
en Australia

decía Michelina de la usura de Giancarlo Pertti

Pecado contra natura


Sandro Barrella (Buenos Aires, 1967), Los italianos a la guerra, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2013

martes, agosto 20, 2013

Richard Gwyn / Historia del lobo



Ah, él es un lobo, un lobo, le explicó Gabriela a Alice. Tiene mente de lobo y dientes de lobo, y la lengua larga y correosa de un lobo, y los ojos amarillos de un lobo, y cuando apoya la cabeza sobre tu muslo te pierdes para él y para los deseos que habitan en su cerebro de lobo. Alice se da cuenta de algo: ella es el Hada Morgana y sabe de qué manera ocurrirán las cosas, mientras que Gabriela es Ginebra, una víctima de la inercia y esclava de toda pasión pasajera, capaz de ser seducida por cualquier idea, cualquier paisaje, cualquier lobo de cualquier tipo. De hecho, Gabriela está celosa de Alice y desea poder abrazar a un lobo con la misma alegría y abandono que Alice; Alice, a quien no le importa si él es un lobo o no, quien no reacciona más allá de la sensación de placer que él le despierta, a quien no le preocupan las categorías animales, y quien no cuelga cueros de criaturas en su pared.

Richard Gwyn (Pontypool, Gales, 1956), Abrir una caja, antología, traducción de Jorge Fondebrider, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2013



Wolf Story

Ah, he is a wolf, a wolf, explained Gabriela to Alice. He has a wolf’s mind and a wolf’s teeth, and the long leathery tongue of a wolf, and a wolf’s yellow eyes and when he rests his head on your thigh you are lost to him and the desires that inhabit his wolfish brain. Alice catapults to a realization: that she is Morgan Le Fay and knows how things will unfold, whereas Gabriela is Guinevere, a victim to inertia and in thrall to any passing infatuation, capable of being seduced by any idea, any landscape, any wolf in any guise. In fact, Gabriela is jealous of Alice and wishes she could embrace a wolf with as joyful an abandon as Alice; Alice who doesn’t care whether he is a wolf or not, who doesn’t respond beyond the sense of pleasure that he arouses in her, who doesn’t care for animal categories, and doesn’t hang the pelts of creatures on her wall.


lunes, agosto 19, 2013

Ana Lafferranderie / De "Volcar la cuna"

Un gesto atávico, girar la cuchara en el líquido denso. La olla
sobre el fuego, estar en el vapor. Los muslos pesando en la madera.
Una humedad viva, eso soy, como lo fueron otros. Cuerpo que se
expande en la luz inestable del hogar.

(...)

Los pasos a cumplir para llegar si apuro, la mejor forma de hacer
la valija. Cada pequeña habilidad se va a perder desvanecida con
el cuerpo. Como se perdió el modo de la que sabía hacer brillar
las cosas. El goce íntimo que le daba esa destreza. La entrega al
universo de ese acto.

(...)

En la silla impersonal de un aeropuerto. Sin poder acceder a lo que
nombro, el mar, su forma viva. Mis propios movimientos parecen
haber quedado afuera. Todo gira hacia mí, todo me ignora. El
tiempo se vuelve imperceptible hasta que alguien grita en el centro
de la sala, sigue gritando. Y en la atmósfera fría despliega un halo
tibio que me devuelve el pulso, la urgencia de la voz.


Ana Lafferranderie (Montevideo, 1969), Volcar la cuna, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2012


Foto: Ana Lafferranderie en FB

domingo, agosto 18, 2013

Raymond Queneau / Un poema es muy poca cosa

Un poema es muy poca cosa
Apenas algo más que un ciclón en las Antillas
Que un tifón en el Mar de la China
Un temblor de tierra en Formosa
Una inundación del Yang Tse Kiang
Que ahoga a cien mil chinos de golpe
Zas
No eso no da siquiera tema para un poema
Es muy poca cosa

Nos divertimos mucho en nuestro pequeño pueblo
Vamos a edificar una nueva escuela
Vamos a elegir nuevo alcalde y cambiar los días de mercado
Estamos en el centro del mundo ahora estamos cerca del río
       océano que corroe el horizonte

Un poema es muy poca cosa.


Raymond Queneau (El Havre, 1903-París, 1976), El instante fatal, traducción de Adolfo García Ortega, Visor, Madrid, 2009
vía Jonio González


de Pour un art póetique

Un poème c’est bien peu de chose
à peine plus qu’un cyclone aux Antilles
qu’un typhon dans la mer de Chine
un tremblement de terre à Formose
Une inondation du Yang Tse Kiang
ça vous noie cent mille Chinois d’un seul coup
vlan
ça ne fait même pas le sujet d’un poème
Bien peu de chose

On s’amuse bien dans notre petit village
on va bâtir une nouvelle école
on va élire un nouveau maire et changer les jours de marché
on était au centre du monde on se trouve maintenant
près du fleuve océan qui ronge l’horizon

Un poème c’est bien peu de chose.

"L’instant fatal", Póesie, © Gallimard, 1987

sábado, agosto 17, 2013

Sasja Janssen / Especies

1

Nací de un punto una mañana a las nueve
la primera mañana imaginable porque no emanaba
de la noche, cambió del fucsia fuerte al amarillo azufre
todavía me acuerdo.
El punto justo, con la nitidez y el volumen justos
puesto por alguna empuñando un 9H, una breve uñada
le decían Dios menos yo.
Un horrendo primero, pero por fin dejé
de ser nadie.

2

Llevaba una camisa de bebé que sería también mortaja
no puede ser, igual así es.
No lejos de aquí volví alguna vez a ser un punto, el único
aunque más débil, puesto quizá con un 6B por la misma
alguna, me encorchó otra vez en mí, las prendas de algodón
por ahora encerradas en mi armario.

3

Creí que las cosas ocurrían a la par.
Puede la especie que debía ponerme, puede el movimiento
puede la alegría o la locura o ambas, feria en el infierno.
Creí que debía nevar, el pensar debajo, y yo
me convertía en mi propia señal de ajuste
traicioneramente igual a la de cualquier otra, todo hacía ruido todo.

4

Ya enseguida pude vivir muy bien y predije lo que vendría.
Cuando llegó el amor ni siquiera en la apariencia
de un ángel joven olvidé mi punto y me incendié, amarillo
un corazón fucsia.
Ahí olvidé olvidar, desnuda como una rosa simple.

5

Luego me quité la especie, para ver si estaba vacía
para ver si me atrevía, la anemia me atreví.
Los otros miraron cómo estaba, que ya no quedaba
nada de mí, ¿acaso debía quedar algo de mí o algo?

6

Igual enseguida pude vivir menos bien, no hay
que quitarse lo que casi no prende
volver al molde estaba fuera de forma.


Sasja Janssen (Venlo, Holanda, 1968)
Versión de Diego Puls
Publicado en la revista de poesía Het Liegend Konijn (febrero 2013)



Species

1

Ik werd uit een punt geboren op een ochtend negen uur
de eerst denkbare ochtend omdat hij niet uit de nacht
kwam, hij kleurde van hardfuchsia tot zwavelgeel
dat weet ik nog.
De juiste, juist in scherpte en in volume door iemand
met een 9H in haar hand gezet, kort even genageld
ze noemden haar God behalve ik.
Een gruwelijk eerst, maar ik hield er eindelijk mee op 
niemand te zijn.

2

Ik droeg een geboortehemd dat ook een doodshemd zou zijn
dat kan niet, toch is het zo.
Niet ver van hier werd ik ooit weer een punt, de enige
wel een zwakkere, misschien met een 6B gezet door diezelfde
iemand, ze kurkte me in mezelf terug, voorlopig de katoentjes
opgesloten in mijn kast.

3

Ik geloofde dat de dingen tegelijk gebeurden.
Kan zijn de species die ik moest aantrekken, kan zijn de beweging
kan zijn de vrolijkheid of waanzin of allebei, kermis in de hel.
Ik geloofde dat het sneeuwen moest, het denken eronder, en ik 
aangroeide tot mijn eigen testbeeld
verraderlijk hetzelfde zoals dat van elk ander, alles ruiste alles.

4

Ik kon meteen al heel goed leven en voorspelde wat ging komen.
Toen de liefde kwam niet eens in de verschijning 
van een jonge engel vergat ik mijn punt en vatte vlam, geel
een fuchsia hart.
Toen vergat ik het vergeten, bloot als een enkelvoudige roos. 

5

Ik trok daarna mijn species uit, om te zien of ik leeg was
om te zien of ik dat durfde, de bloedeloosheid ik durfde.
De anderen loerden naar hoe ik was, dat er niets van me
overbleef, moest er iets overblijven van mij of iets?

6

Ik kon toch meteen minder goed leven, je moet 
niet uittrekken wat bijna niet aangaat
terug de mal in was uit de vorm.

viernes, agosto 16, 2013

Orlando en verso y prosa, III

1. La tumba de Merlín


La antigua sabiduría, britona o celta, para la cual los demonios no son aquellos seres que nosotros -o al menos, de entre nosotros, los cristianos- imaginamos, ha de profetizar, con el aporte de ciertos espíritus demoníacos, la ilustre descendencia de Bradamante y Rogelio. Tal cosa ocurre en este canto, y el cantor, el narrador, su voz aclara y pide la colaboración de Apolo para la magna tarea de tallar en verso el monumento que a su juicio merece la casa de Este.
Se trata de dos o tres estrofas, y ya la acción vuelve a aquel monte y al barranco por el que se ha precipitado la guerrera, traicionada por el conde Pinabel. Casi se diría, si el autor lo permite, que el maguntino ríe entre dientes mientras se aleja, llevándose, para completar su mal, el caballo de Bradamante.
Medio aturdida aún, por el golpe, ella se adentra en la caverna.

Toda la estancia, cuadrada y espaciosa,
parecía una devota, venerable iglesia,
pues por columnas alabastrinas, raras,
era sostenida aquella hermosa arquitectura.
Surgía en el medio un bien ubicado altar,
que tenía delante una lámpara encendida:
con esplendente y claro resplandor,
daba luz a todo alrededor.

En devota humildad ella inspirada,
como si viese un sitio sacro y pío,
comienza, con el alma en las palabras,
a elevar sus plegarias, de rodillas.
Chirría una puerta disimulada
enfrente, y aparece otra señora,
desceñida y descalza; a la dama
por su nombre la saluda y llama.

Y dijo: "Oh generosa Bradamante,
no llegada aquí sin querer divino:
tu venida hace tiempo fue prevista:
profetizó el hálito de Merlín
que a visitar estas reliquias santas
vendrías por insólito sendero;
aquí estuve, a fin de revelarte
lo que el cielo ha querido reservarte.

"Esta es la antigua, memorable cueva
que construyó Merlín, sabio hechicero
a quien -si recuerdas haber oído-
lo engañó aquella cruel Dama del Lago...
La tumba está en este lugar; corrupta
yace aquí su carne; aquí deseoso
de satisfacerla, de aquélla cierto,
vivo llegó y permanece muerto.

"El cuerpo muerto alberga un alma viva,
hasta que oiga la angélica trompeta
que al cielo la convoque o a las prisiones,
según su alma sea cuervo o paloma.
Vive la voz, y cuando surja clara,
la escucharás en la tumba marmórea.
Sobre el pasado y lo que nos espera,
responde siempre a quien oírlo quiera.

"Hace un tiempo que a este sacro túmulo
llegué desde una nación remota,
para que hiciese Merlín más claros
los altos misterios de mi estudio.
Porque tuve deseo de verte,
luego me quedé por más de un mes;
Y Merlín, que tu llegada me anunció,
fijó el plazo que ahora se cumplió."

La asustada hija de Amón permaneció
en silencio, y fija en aquel decir;
y con el alma tan llena de sorpresa,
que no sabía si oía o lo soñaba.
Con recatado y avergonzado rostro
(como quien modesto en todo se comporta),
repuso: "¿Cuál es el mérito que tengo
para que profetas digan que yo vengo?"

Pero dichosa de insólita ventura,
Bradamante fue detrás de la hechicera
hasta el recinto de aquella sepultura
que del sabio reunía huesos y alma.
Era una gran arca de piedra dura y tersa,
brillante entera como una llama roja;
tal que la estancia toda, de sol privada,
de luz y esplendor estaba iluminada.

Ya sea porque la natura de algunos mármoles
destellos arranca que remueven sombras,
o por pases mágicos o por encantamientos
y signos en las estrellas observados
(y esto verosímil a mí, al menos, me parece),
descubría el esplendor más cosas bellas,
y esculturas y colores que allí en torno
al venerable sitio hacían adorno.

Apenas la doncella hubo del umbral
elevado el pie en esta secreta estancia,
el vivo espíritu del despojo muerto
comenzó a hablar con clarísimas palabras:
"Conceda Fortuna todos tus deseos,
oh casta, oh nobilísima doncella,
de cuyo vientre saldrá el grano fecundo
que honrará a toda Italia, a todo el mundo."

Promete el mago que capitanes, robustos soldados, sabios príncipes, emperadores, serán la progenie de Bradamante. A continuación, la hechicera lleva a la doncella hasta la primera habitación donde, con el concurso de demonios que toman diversos aspectos, le revela, uno a uno, los rostros, los nombres y las hazañas de sus descendientes.
Bradamante, tendida en un círculo mágico, ve una multitud de seres que cobran vida al conjuro de la hechicera. Son sus hijos, nietos, tataranietos. Comienza por presentarle a su hijo, quien conquistará la Lombardía. Sigue por el hijo de éste, Huberto, que defenderá a la Iglesia. Albertos y Albertazzos, Azzos, Ottones, Hugos, Aldobrandinos, Franciscos y Alfonsos desfilan en ese sombrío carrusel, dando cuenta de una dinastía que será dueña de muchos reinos en Italia y fuera de ella.
Tan larga es la lista de heroicos descendientes, que la maga termina por excusarse ante la guerrera, pues nombrar a todos llevaría días, y cierra el libro de los encantamientos. Las sombras huyen disparadas. La maga promete llevarla al día siguiente hasta el camino por el que llegará a la fortaleza de metal en que está preso Rogelio. “Yo seré tu compañera y conductora -le dice- hasta que salgas de la selva áspera”. *


2. El anillo


Bradamante oye durante toda la noche la voz de Merlín, entusiasta, que habla una y otra vez sobre la simiente de la guerrera y su feliz, próximo, destino.
Cuando el resplandor de la aurora enciende las montañas, las dos mujeres salen a caballo por un camino oculto. Escalan barrancos, atraviesan torrentes, sin detenerse nunca. Con todo, la maga no desaprovecha el tiempo, e instruye a su protegida sobre las dificultades que encontraría si quisiese batirse con el nigromante que retiene a Rogelio. Le recuerda su singular, brillante escudo, que deja inconscientes a los que lo miran. No hay un remedio contra el escudo mágico que no sea, a su vez, de índole mágica. Aunque paradójicamente se trate de deshacer obras de hechicería.

"El rey Agramante de África, un anillo
que fue robado a una reina de la India, **
le ha dado a un barón llamado Brunello,
que pocas millas va adelante de nosotras;
su índole es tal, que aquel que se lo pone
tiene el antídoto contra la brujería.
Sabe trucos y timos Brunello, tantos
cuanto el hechicero aquel sabe de encantos

"Este Brunel, tan práctico y astuto,
como digo, fue por su rey mandando
con la misión de que, con el auxilio
de ese anillo, probado en tales cosas,
libere a Rogelio, el afamado
de esa roca que ahora lo retiene.
Y a su señor Brunel lo ha prometido,
pues Rogelio es de aquél el más querido.

"Para que a Rogelio tú sólo tengas,
y no Agramante, y para obtener
que se libre de la hechizada jaula,
te enseñaré el remedio que ha de usarse.
Tres días irás por la húmeda arena
del mar, que ya está próximo a mostrarse;
llegarás a un hostal, el tercer día.
El del anillo va por esta vía.

"Su estatura, a fin de que lo conozcas,
no llega a seis palmos; tiene rizado
el cabello negro; la piel muy fosca;
deslucido el rostro, aunque muy barbudo;
ojos hinchados y mirar siniestro;
la nariz chata, y las cejas hirsutas;
por el traje corto -lo pinto entero-,
parece a simple vista un mensajero.

"Con él te encontrarás pronto hablando
de aquellos raros encantamientos;
muestra tener, como en verdad tendrás,
deseo de combatir al mago,
pero no muestres que te hayan dicho
del anillo que deshace encantos.
Te ofrecerá él llevarte por la vía
de la roca, y hacerte compañía.

"Tú ve detrás, y en cuanto te aproximes
a la roca, tanto que ya la veas,
dale la muerte: no le tengas piedad,
pon este consejo en obra.
No le des tiempo a que advine
tu pensamiento y esconda el anillo:
mira que desaparecerá muy presto
cuando en la boca el anillo se haya puesto."

Así conversando llegaron al mar,
donde junto a Burdeos va el Garona.
Allí, no sin lagrimear un poco,
se separa una dama de la otra.
La hija del buen Amón, por liberar
de prisión a su amante no trepida,
camina mucho, y llega hasta el lugar
al que Brunel acaba de llegar.

Reconoce a Brunello no bien lo ve:
sus rasgos en la mente había grabado.
De dónde viene, a dónde va pregunta,
y él le responde, y en cada cosa miente.
La dama, ya prevenida, no vacila
en mentirle, y ella también inventa
su patria, su nombre, sexo, arcanos;
y no quita la mirada de sus manos.


Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino

* El autor cita aquí la selva áspera de la Divina Comedia, exactamente el segundo verso del segundo terceto del Infierno, y también convierte a la maga en el equivalente femenino de Virgilio, aunque el duce de Ariosto no tiene el mismo sentido que el duca con que Dante Alighieri distingue al poeta latino. La maga es guía, Virgilio es conductor. Por otra parte, nunca Dante habría imaginado que Virgilio condescendiese a ser llamado "compañero" o "acompañante" de Dante. La maga no quiere ponerse sobre Bradamante, pero tampoco debajo. Ariosto es en realidad quien la coloca en ese lugar y envuelve la escena en cierta forma de complicidad femenina.

** Se trata de Angélica, la amada de Orlando y de Reinaldo.

Ezra Pound, / Canto XVII

De modo que las viñas brotan de mis dedos
Y las abejas cargadas de polen
Se mueven pesadas entre los brotes.
chirr – chirr – chir-rikk – un sonido como de ronroneo,
Y los pájaros adormilados en las ramas.
           ZAGREUS! IO ZAGREUS!
Con la primera pálida claridad del cielo
Y las ciudades engarzadas en sus colinas,
Y la diosa de las bellas rodillas
Avanzando, con los robledales al fondo,
La ladera verde, con mastines blancos
           saltándole alrededor;
Y de allí hacia la desembocadura del arroyo, hasta el anochecer,
El agua espejada ante mí,
          y los árboles creciendo en el agua,
Troncos de mármol surgiendo de la quietud
Pasando los palazzi,
                     en la quietud,
Esta luz ahora, no del sol.
                   Crisoprasa,
Y el agua de un verde límpido, y límpido azul;
Adelante, hacia los altos acantilados de ámbar.
                                       Entre ellos,
La Gruta de Nerea,
     la que es como una grande y curvada valva,
Y la nave arrastrada sin sonido,
Sin olor a astillero,
Ni grito de pájaro, ni sonido alguno de ola que se mece,
Ni chapuzón de delfines, ni sonido alguno de ola que se mece,
Dentro de su gruta, Nerea,
                      la que es como una grande y curvada valva,
En la suavidad de la roca,
el acantilado verde gris a lo lejos,
en la cercanía, los acantilados portales de ámbar,
Y la ola.
límpido verde, y azul límpido,
Y la caverna blanca como la sal, violeta como un fulgor,
fresca, lisa como el pórfido,
la roca bruñida por el mar.
Ningún grito de gaviota, ningún ruido de marsopas
La arena como malaquita, y nada de frío.
la luz – no del sol.

Zagreo, alimentando a sus panteras,
el césped claro como una colina a plena luz.
Y bajo los almendros, los dioses,
con ellos, choros nympharum. Dioses,
Hermes y Atenea,
Como aguja de brújula,
Entre ellos, temblaba –
A la izquierda está el lugar de los faunos,
    sylva nympharum;
El bosque bajo, matorral de zarzas,
la cierva, el cervatillo jaspeado,
retozan entre las retamas,
como hojas secas entre las amarillas.
Y por una quebrada entre las colinas,
el gran avenida de Memnon.
Por detrás, el mar, crestas que se ven por sobre las dunas,
El mar de noche produciendo tejas,
A la izquierda, la avenida de los cipreses.
Llegó una nave,
Un hombre asía la vela,
Guiándola con el remo trabado la borda, diciendo:
Allí, en el bosque de mármol,
los árboles de piedra – surgiendo del agua –
las pérgolas de piedra –
hoja sobre hoja de mármol,
plata, acero sobre acero,
picos de plata surgiendo y cruzándose,
proa enfrentada contra proa,
la piedra, pliegue sobre pliegue, pli sur pli,
las vigas doradas se inflaman en la noche
Borso, Carmagnola, los hombres de oficios, i vitrei,
Hacia allí, en cierto tiempo, una y otra vez, tiempo tras tiempo,
Y las aguas más espléndidas que el vidrio
Oro de bronce, el resplandor sobre la plata,
Cubas de tintura a la luz de las antorchas,
El brillo fugaz de ola bajo proas,
Y los picos de plata emergiendo y cruzándose,
Árboles de piedra, blancos y rosaditos en la oscuridad,
Cipreses junto a las torres,
    Flotan en la noche bajo cascos de madera.
 
  “En la penumbra el oro
se rodea de su luz.” …

Tendida ahora en su madriguera, las zarzas haciéndole medio arco,
Un ojo para el mar, a través de esa mirilla,
Luz gris, con Atenea.
Zothar y sus elefantes, el taparrabos dorado,
El sistro, sacudido, sacudido,
las cohortes de sus bailarines,
Y Aletha, en el recodo de la costa,
con los ojos puestos en el mar,
y en sus manos los despojos marinos
Relucientes como la sal por la espuma.
Koré a través de la pradera iluminada,
con polvo verde y gris en el pasto:
“Para esta hora, hermano de Circe.”
Con su brazo por sobre mi hombro,
Vi el sol por tres días, el sol leonado,
Como un león en un arenal;
y ese día,
Y por tres días, y ni uno más,
Esplendor, como el esplendor de Hermes,
Y embarcado desde allí,
      hacia el lugar de piedra,
El blanco pálido, sobre el agua,
     agua conocida,
Y la blanca foresta de mármol, rama plegada sobre rama,
La trenzada pérgola de piedra,
Hacia allí Borso, cuando le dispararon la flecha barbada,
Y Carmagnola, entre las dos columnas,
Segismundo, después de ese naufragio en Dalmacia.
Puesta de sol como el saltamontes en vuelo.

Ezra Pound (Hailey, EE UU, 1885-Venecia, Italia, 1972) The Cantos, New Directions, Nueva York, 1993
Versión de Jan de Jager


XVII

So that the vines burst from my fingers
And the bees weighted with pollen
Move heavily in the vine-shoots:
chirr--chirr--chirk-rikk -- a purring sound,
And the birds sleeply in the branches.
       ZAGREUS! IO ZAGREUS!
With the first pale-clear of the heaven
And the cities set in their hills,
And the goddess of the fair knees
Moving there, with the oak-woods behind her,
The green slope, whit white hounds
       leaping about her;
And thence downto the creek's mouth, until evening,
Flat water before me,
       and the trees growing in water,
Marble trunks out of stillness,
On past the palazzi,
                      in the stillness,
The light nowm not of the sun,
                      Chrysophrase,
And the water green clear, and blue clear;
On, to the great cliffs of amber.
                                            Between them,
Cave of Nerea,
       she like a great shell curved,
And the boat drawn without sound,
Without odour of ship-work,
Nor bird-cry, nor any noise of wave moving,
Nor splash of porpoise, nor any nois of wave moving,
Within her cave, Nerea,
                                  she like a great shell curved

(...)

Sunset like the grasshopper flying.


[Se publica sólo un fragmento del original debido al control sobre los derechos de autor ejercido en la web]

jueves, agosto 15, 2013

Orlando en verso y prosa, II

1. El combate de Reinaldo con el sarraceno

Menester es decir que, antes de enfrentarse, Reinaldo y el rey Sacripante se calientan el pico tratando, el primero, de ladrón al segundo, y éste respondiéndole que más ladrón será él. -N. del T.: Situaciones similares se recuerdan en las mejores familias, desde la guerra de Troya, y continúan, sin distingos de rango social, hasta el presente, en cualquier debate político-. Lo que sigue emula ya un combate de fieras, puesto que:

Tal como suelen dos perros furiosos,
por envidia o por un odio movidos,
acercarse, los dientes rechinantes,
ojos torvos y rojos como brasas,
y a morder se arrojan, llenos de rabia,
con ásperos gruñidos y encorvados,
así a las espadas, con gritos fieros,
se arrojan a la par los caballeros.

Parecería que el moro lleva las de ganar, pues está a caballo, y no cualquier caballo, en tanto Reinaldo embiste de a pie. Pero hete aquí que el fiel Bayardo no responde ni a las espuelas ni a las riendas. Cuando Sacripante quiere hacerlo correr, se empaca. Cuando tira del freno para que alce las patas, camina o galopa. Antes que seguir padeciendo esa vergüenza, el guerrero moro decide bajarse. Se toma del arzón y salta a tierra.

Liberado el moro con salto ligero
de la obstinada furia de Bayardo,
pudo comenzar la digna brega
de aquel par de ardidos paladines.
Suena una espada y otra, bajo, alto,
remedando el martillo de Vulcano
en la caverna humosa en que batía
los fulgores que Júpiter blandía.

Ora van a fondo, ora con fintas:
son los dos maestros en el juego;
van erguidos, luego agazapados,
ora se cubren, ora se revelan,
avanzan fieros, luego retroceden,
devuelven ahora el golpe, esquivan;
gira sobre sí mismo uno y, si puede,
se afirma allí en donde el otro cede.

Por fin Reinaldo, con la espada en alto,
a Sacripante todo se abalanza;
él levanta el escudo, que es de hueso
con una plancha de metal templado.
Lo cala bien Fusberta, aunque es duro: *
gime y resuena la foresta entera.
Como hielo crujen metal y hueso,
y el brazo del moro queda tieso.

La dama presiente que su protector no saldrá bien parado del combate. Angélica, ya lo sabemos, desprecia hondamente al guerrero franco. Sube pues al caballo y sin más trámite vuelve a correr por la selva conocida, pero siempre inextricable. Y por cierto, muy habitada, al punto tal que a poco de galopar, se topa con un eremita.

Atenuado por los años y el ayuno,
sobre un cansino burro se acercaba;
y parecía que nunca hubiese habido
otro de conciencia tan escrupulosa.
En cuanto ve el semblante delicado
de la doncella que se le aproxima,
débil y mal gallarda el alma leve,
toda de caridad se le conmueve.

La dama al frailecito lo interroga
sobre la vía que la lleve a un puerto:
partir de Francia es lo que desea,
para no saber más sobre Reinaldo.
El fraile, que conoce nigromancia,
no duda en prometerle a la doncella
que podrá sacarla de su mal;
y mete su mano en un morral.

Extrae un libro que tiene gran efecto,
pues no bien lee la primera página,
surge un espíritu vestido de criado,
al que le dice qué quiere que haga.
Aquél se va, llevado por lo escrito,
donde los caballeros, cara a cara,
en el bosque siguen, y no al fresco.
Entre ambos se filtra ese diablesco.

Cortésmente, el pequeño demonio con ropa de criado pregunta a los contendientes, que ni siquiera se han dado cuenta de la huida de Angélica, si acaso uno de los dos podrá ganar algo con ese combate, pues en ese mismo momento Angélica viaja hacia París junto con Orlando, quien acaba de adueñarse de ella sin tirar un mandoble ni rajar una armadura. Los paladines no se paran a pensar cómo demonios, precisamente, apareció en ese bosque un tipo vestido de criado, ni mucho menos cómo conoce el motivo de la disputa. Ha aparecido, eso es todo, como un vecino urbano, quien dijese: “A propósito, acabo de ver a Angélica y a Orlando cruzando la calle muy apurados”.
Sin ninguna cortesía, Reinaldo deja al rey Sacripante a pie: monta y se lanza a la carrera, maldiciéndose a sí mismo. Diré ahora, pues el autor me lo permite, por qué el corcel Bayardo se apresura mucho más de lo que le exigen las espuelas: él ha tramado el encuentro de su amo y de Angélica. Prendado de ambos, cuando vio huir a la dama en medio de la batalla, y aprovechando que Reinaldo había desmontado para pelear en iguales condiciones vaya a saberse con quién, siguió a aquélla, de modo tal que obligó a su amo a seguirlo. Se dejó ver por él, pero no atrapar, hasta que logró que se encontrara con la dama.


2. Misión de Reinaldo en Inglaterra


Una molesta nueva le aguarda a Reinaldo en París. Al frente de su malhadado ejército, Carlomagno ha llegado a la ciudad y se prepara a resistir el asedio del rey moro. Todo es actividad: se reparan los muros, se cavan fosos, se almacenan provisiones. El emperador le ordena a Reinaldo partir de inmediato a la Bretaña, que luego fue llamada Inglaterra, a reclutar tropas y conseguir aliados.
Nunca Reinaldo ha recibido una orden con mayor disgusto, puesto que Carlos no le da ni un día para que busque a su amada. En menos de lo que canta un gallo, el paladín se ve en Calais, a bordo de un buque. A pesar de las malas condiciones del tiempo, decide partir.

Contra la voluntad de los pilotos,
por el deseo de volver llevado,
entró en el mar turbio, enfurecido,
que amagaba con una gran procela.
El Viento pareció que se agraviaba
por el soberbio aquel, y con borrasca
levantó el mar en torno, con tal rabia
que lo mandó empapar hasta la gavia.

Bajan velas los expertos marinos,
pensando en dar la vuelta de inmediato,
para volver al puerto desde donde
soltaron cuerda en tan mala hora.
"No será que consienta (dice el Viento)
la licencia que ustedes se han tomado",
y sopla y amenaza con naufragio
si avanzan más allá de tal sufragio.

Ora a popa, ora a orza, soplar oyen
al viento que no cesa y va creciendo:
de aquí para allá con sus pobres velas
van girando y corriendo sobre el mar.
Pero como varias tramas y telas
son las que urdir, por mi parte, intento,
dejo a Reinaldo en la proa calante
y vuelvo a su querida Bradamante.



3. Lo que un guerrero contó a Bradamante


“Su” querida, sí, pues Bradamante no es sino la hermana de Reinaldo, hija también, pues, del duque de Amón. Una sola vez ha visto en medio de la batalla a Rogelio, el paladín de los sarracenos, y ambos se enamoraron.
Rogelio es nieto del rey moro Agolante,  al que Mateo María Boiardo, autor de Orlando enamorado, imagina como muerto por el joven Orlando. La "desesperada hija de Agolante", madre de este Rogelio y esposa de Rogelio de Risa (en Reggio Calabria), es Galaciela, quien a su vez vuelve al África desde Risa tras la batalla de Aspramonte y la muerte de su marido. Allá ha nacido el actual Rogelio. La antigua Chanson d'Aspremont nos dice, en cambio, que el héroe que nos ocupa nació en suelo italiano, antes del regreso de la dama sarracena a su patria, pero no hemos de tenerlo en cuenta, quizá porque ese canto ha sido escrito en francés. Sólo pensemos que nuestro Rogelio tiene sangre cristiana y musulmana, lo cual, a los fines de este relato, tampoco importa demasiado, aunque el autor no quiera confesarlo.
Ahora, Bradamante rastrilla el bosque en busca de Rogelio, así como su hermano lo hacía en busca de su caballo, en tanto Angélica huía a todo trapo de Reinaldo. De Orlando, el despechado campeón que llevó a Angélica a Francia, nada sabremos hasta que este poema avance lo suficiente.
Una vez que Bradamante tiró de su montura al rey Sacripante, humillándolo de manera inolvidable, siguió su camino hasta encontrar uno de esos providenciales arroyos o fuentes de los que dispone este bosque, donde suelen los caballeros llorar o perder su yelmo o encontrarse con fantasmas. Y precisamente a un guerrero acongojado es a quien encuentra la bella guerrera en la florida orilla de una fuente.
El caballero no tarda en contarle los motivos de su pena, creyendo que habla con un hombre. También ha participado del combate bajo los Pirineos, insólitamente acompañado por su bella dama. Descansaba junto a ella, cuando vio venir a un combatiente montado en un caballo alado. Antes de que pudiera decir ¡oh! el extraño le arrebató la dama. Inútil fue tratar de alcanzarlo, galopando en medio de peñas y pedregales, mientras el otro volaba. Luego de atravesar horribles gargantas y barrancos, llegó extenuado a un valle, y allí, sobre un promontorio, divisó un increíble castillo, forjado íntegramente en metal en la laguna Estigia, es decir, en el infierno, según supo a posteriori. Hacen su aparición en ese escenario dos jinetes, precedidos por un enano. Se trata de Rogelio y Gradaso. Nuestro caballero contempla entonces un rarísimo combate.

“Comenzó a elevarse poco a poco,
como hacen las grullas peregrinas,
que corren primero y luego vuelan
sobre la tierra, a una o dos brazas,
y cuando están arriba esparcidas,
veloces se muestran con sus alas.
En lo alto el mago ahora se mueve,
más que donde un águila se atreve.

“Cuando le plugo, volvió el caballo,
que las alas cerró y bajó a plomo,
como baja el halcón amaestrado,
que ve elevarse ánade o paloma.
Con la lanza en ristre el caballero,
viene hiriendo el aire con gran ruido.
Aquél apenas su calar campea,
pues ya le está encima y lo golpea.

“Sobre Gradaso el asta rompe el mago,
hiere Gradaso viento y aire en vano,
y por esto el volador no se detiene
y vuelve a alejarse con batir de alas.
El grave encuentro hace inclinar la grupa
sobre el verde prado a la gallarda alfana.
El de Gradaso era un corcel señero,
de los mejores en el mundo entero.

“Hasta las estrellas el volador vuelve;
gira y regresa, rápido, abajo,
y va hacia Rogelio, pues no lo advierte
Rogelio, que estaba atento a Gradaso.
Rogelio el durísimo choque esquiva,
y su corcel recula algunos pasos;
cuando se vuelve a golpear, feroz,
lo ve volar al cielo muy veloz.

Hasta altas horas dura la batalla. El nigromante decide finalmente terminarla de una manera imprevista, aunque muy digna de sus artes.

“De un buen trapo de seda había tapado
el escudo en su brazo el luchador celeste.
Como pudo, no sé, tanto cuidarse
de tenerlo oculto en aquel estado,
que no bien decide mostrarlo descubierto,
fuerza es que el otro quede deslumbrado;
y caiga, como cuerpo muerto cae. **
Y el mago a su dominio lo substrae.

“Brilla el escudo a modo de piropo,
ninguna luz es tan resplandeciente.
Caen en tierra ante el fuerte resplandor,
que la vista ciega y el alma oscurece.
Perdí también yo el sentido, y luego
de largo espacio pude volver en mí;
guerreros ya no vi, sino aquel enano;
vacío el campo, oscuros monte y llano.”

Si primero el corazón de Bradamante se ilumina al escuchar el nombre de Rogelio, luego se entristece. Comprende que en aquel fabuloso castillo está preso su amado y quiere ir por él. Pero sólo puede guiarla el guerrero sollozante. De modo que lo disuade. El otro no puede creer que este embozado caballero quiera ir a una prisión casi segura. No tiene, sin embargo, otra cosa que hacer, sino penar por su nada, y acepta regresar a la peña del nigromante. Mala es la decisión que ha tomado la doncella guerrera, al menos en lo inmediato.


3. La traición del guerrero pesaroso


A poco andar, llega, tan imprevista y a la vez tan naturalmente como otros personajes, el mensajero que hemos visto, el cual viene a decirle a Bradamante que sus ciudades están en peligro. Son todas las que están sobre el mar entre el Varo y el Ródano. Piensa algo rápidamente Bradamante, pues no quiere abandonar su actual empresa. Instruye al mensajero y prosigue. Ha revelado con eso su origen y convertido a su guía en su enemigo, pues no es otro que el conde Pinabel, de Maguncia, cuya familia está mortalmente enemistada con la de Bradamante.
Cabalga siempre a cierta distancia de Pinabel, ya que  el otro se adelanta, con ánimo de perderla antes que matarla, hasta que divisan un monte. Hacia él galopa ahora el maguntino. Habrá de alcanzarlo, no obstante, la doncella, cuando él acabe de descubrir allí una caverna con un trabajado portal.

Cuando ve el traidor que sale mal
lo que primero había pensado
-perderla; luego, si no, matarla-,
imaginó un argumento extraño.
Se la encuentra y la hace trepar
donde el monte estaba perforado,
y le dice que vio, donde la lleva,
una dama dentro de la cueva.

Bello semblante, ricos vestidos,
parecía de condición noble,
en verdad algo turbada y triste,
tal vez allí presa por la fuerza.
Por saber de la condición de ésta,
había comenzado a descender,
pero desde el fondo de la cueva
sale uno que dentro se la lleva.

Bradamante era tan animosa
cuanto poco cauta, y le cree a Pinabel;
desea ayudar a la cautiva de la cueva
y piensa cómo puede descender.
La cima de un olmo muy frondoso
observa y elige una rama larga;
con la espada rápido la corta
y hacia la caverna la transporta.

Da a Pinabel unas de las puntas,
se toma ella a su vez de la otra
y los pies extiende hacia la cueva;
de los brazos cuelga toda entera.
Sonríe Pinabel y le dice
que ella salte; la mano abre y tiende,
diciendo: "¡Ojalá contigo fuera
tu laya, y nunca más la viera!"

No como quiere el felón adviene
de la inocente joven la suerte;
porque, rodando sin parar, cae
antes al fondo la rama noble.
Aunque se rompe, salva a la dama,
que se hubiera muerto en la caída.
Yace aturdida la dama tanto
cuanto le diré en el otro canto.

Ludovico Ariosto (Reggio Emilia, 1474-Ferrara, 1533), Orlando furioso, 1532; Einaudi, Turin, 1992
Versión de Jorge Aulicino

* Fusberta es el nombre de la espada de Reinaldo.

** Ultimo verso del Canto V del Infierno en la Divina Comedia, de Dante Alighieri, citado con apenas la modificación del verbo: E caddi, come corpo morto cade es el verso dantesco (y caí, como cuerpo muerto cae).

Ramón Cote Baraibar / Templo portátil

 

                                    A Fabio Morábito

Si quieres hacer tuya cualquier esquina
acerca a la ventana más próxima un asiento
para detener el desorden de las horas.

Si ya escogiste ese preciso lugar de la casa
donde habitas, entonces enciende una vieja lámpara
que ilumine el perímetro de tu nuevo territorio.


De esa manera no será necesario que disimules
tu condición errante cambiando los muebles de sitio
o llenando las mesas con fotos familiares.

Pronto descubrirás la necesidad de estar allí,
inmóvil, rodeado de fugacidad y permanencia
en tu península con su faro solitario.

Sea cual sea el lugar donde te encuentres
sabrás que cada noche tienes una cita
en ese reducido espacio que amplía sus fronteras.

No habrá palacio que lo iguale
ni monumento de mármol que lo imite:
este será tu palacio y tu monumento.

Pasarás las semanas sucesivas sabiendo
que ya cuentas para el resto de tu vida
con un lugar que solo a tí te pertenece.

Basta elegir una esquina cualquiera, una mínima
ventana, un asiento y una vieja lámpara
para que viajes por el mundo y puedas repetir

tu ritual nocturno en tu templo portátil
acompañado por tus dioses domésticos. Así nunca
te sentirás extraño en ninguna parte de la tierra.

Ramón Cote Baraibar (Cúcuta, Colombia, 1963), Cómo quien dice adiós a lo perdido (inédito) en Poesía Argentina

miércoles, agosto 14, 2013

Albert Ràfols-Casamada / Epílogo en forma de palmera



I

El cristal de la ventana (abierta) duplica
la palmera que el aire agita en silencio

Por el tronco sube la voz callada que el cristal
pule en el sueño

Sueño de luz en la clara dimensión de
la tarde dorada


La sangre del poema se hace luz en la cima
de la palmera

Permanece el recuerdo de muchas voces en la
quieta reverberación del cristal

Voces presentes o lejanas como nubes blancas
sobre la palmera

La palmera es perfil puro y estallido de
sorpresa

De un trazo seguro nace y se desborda

Viene de un fondo y se abre en la página
del aire


II

El poema es el trazo que queda en el aire

El trazo de la palmera y la voz de las hojas

El aire mueve el poema

Hay cicatrices de sombra en el tronco:
peldaños hacia la luz

El poema es luz y es sombra: sombra
que avanza hacia la luz

Pasado y presente en el corazón de la palmera

Instante preciso de la palabra

Se alza la voz con la palmera en el silencio

En el cristal de la ventana (abierta) repercute
el canto del aire

Sueña la palmera vuelos de pájaros, alas de ángel

El poema es ala y es vuelo

Instante ardiente, sombra y presencia


Albert Ràfols-Casamada (Barcelona, 1923-2009), Hoste de dia, Columna Edicions, Barcelona, 1994.
Versiones de Jonio González


Epíleg en forma de palmera

 I

 El vidre de la finestra (oberta) duplica
 la palmera que l'aire agita en silenci

 Pel tronc puja la veu callada que el vidre
 perfè en el somni

 Somni de llum en la clara dimensió de 
 la tarda daurada

 La sang del poema es fa llum al cim
 de la palmera

 Hi ha el record de moltes veus en la
 quieta reverberació del vidre

 Veus presents o llunyanes com núvols blancs
 damunt la palmera

 La palmera és perfil pur i esclat de
 sorpresa

 D'un traç segur neix i es desborda

 Ve d'un fons i s'obre dins la pàgina 
 de l'aire


 II

 El poema és el traç que queda en l'aire

 El traç de la palmera i la veu de les fulles

 L'aire mou el poema

 Hi ha cicatrius d'ombra al tronc:
 graons vers la llum

 El poema és llum i és ombra - ombra
 avançant vers la llum

 Passat i present al cor de la palmera

 Instant precís de la paraula

 S'alça la veu com la palmera en el silenci

 Al vidre de la finestra (oberta) repercuteix
 el cant de l'aire

 Somia la palmera vols d'ocells, ales d'àngel

 El poema és ala i és vol

 Instant ardent, ombra i presència

martes, agosto 13, 2013

Cesare Pavese / Paisaje VI


Es el día en que suben las nieblas del río
en la bella ciudad, en medio de prados y colinas,
y la esfuman como a un recuerdo. La bruma confunde
los verdes, pero aun así las mujeres, de vivos colores,
caminan en la niebla. Andan en la blanca penumbra,
sonrientes: por la calle puede suceder cualquier cosa.
Puede suceder que el aire emborrache.

La mañana
se abrirá de par en par, en un largo silencio,
amortiguando las voces. Hasta el vagabundo,
que no tiene una ciudad ni una casa, la habrá respirado,
como aspira el vaso de grapa, en ayunas.
Vale la pena tener hambre o haber sido traicionado
por la boca más dulce, solo para salir a este cielo,
reencontrando al respirar los recuerdos más leves.

Cada calle, cada arista nítida de casa
en la niebla, conserva un antiguo temblor:
quien lo siente, no puede abandonarse. No puede abandonar
su ebriedad tranquila, compuesta de cosas
de la vida preñada, descubiertas al constatar
una casa o un árbol, un pensamiento imprevisto.
Hasta los grandes caballos, que habrán pasado
entre la niebla, en el alba, dirán de este tiempo.

O tal vez un muchacho escapado de casa
vuelve justo este día en que se alza la niebla
sobre el río, y olvida toda la vida,
las miserias, el hambre y la fe traicionada,
para pararse en una esquina, bebiendo la mañana.
Vale la pena volver, aun distinto.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), "Lavorare stanca", Poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión de Jorge Aulicino


Paesaggio VI

Quest'è il giorno che salgono le nebbie dal fiume
nella bella città, in mezzo a prati e colline,
e la sfumano come un ricordo. I vapori confondono
ogni verdi, ma ancora le donne dai vivi colori
vi camminano. Vanno nella bianca penombra
sorridenti: per strada può accadere ogni cosa.
Può accadere che l'aria ubriachi.

Il mattino
si sarà spalancato in un largo silenzio
attutendo ogni voce. Perfino il pezzente,
che non ha una città né una casa, l'avrà respirato,
come aspira il bicchieri di grappa a digiuno.
Val la pena aver fame o esser stato tradito
della bocca più dolce, pur di uscire a quel cielo
ritrovando al respiro i ricordi più levi.

Ogni via, ogni spigolo schietto di casa
nella nebbia, conserva un antico tremore:
chi lo sente non può abbandonarsi. Non può abbandonare
la sua ebbrezza tranquila, composta di cose
dalla vita pregnante, scoperte a riscontro
d'una casa o d'un albero, d'un pensiero improvviso.
Anche i grossi cavalli, che sarano passati
tra la nebbia nell'alba, parleranno d'allora.

O magari un ragazzo scappato di casa
torna proprio quest'oggi, che sale la nebbia
sopra il fiume, e dimentica tutta la vita,
le miserie, la fame e le fedi tradite,
per fermarsi su un angolo, bevendo il mattino.
Val la pena tornare, magari diverso.