miércoles, septiembre 12, 2012

Angel Faretta / Otro último café



Otro último café


             a: G. R. Espero que definitivamente

No te quedaban tetas pero sí mucho rencor.
Las arrugas, el rictus en la boca y no amor;
tal vez éste se haya ido junto con las formas
rotundas que incitaban a romper las normas
entre aquello que se llama amor y qué deseo.
Cierto, hay cariño, afecto, ternura en el mero
sentido alzado por la cercana posesión cuando
se es capaz de asentir a todo e incluso gritando
que se está de acuerdo y suscribir lo más errado,
puede afirmarse que el más querido es un tarado
si ello es necesario para entrar voraz en esa carne
para luego no tener que lamentar fuera tarde
no hacerlo movido por escrúpulos de opinión.
No era cosa decir no, sino sí a esa ingestión
rotunda de placer, sabiendo lo que dura es poco
aún cuando se lo desee prolongar tras el ahogo.

Pero eras otra ahora, con rencor y hasta destetada,
flojas las ancas al caminar, un algo encorvada,
la mirada tan hundida y gris, cavada en los huesos
la boca algo desdentada, y pensando en los besos
ávidos que nos propinamos entonces me dije allí,
cuando finalmente, tras tantos años, de nuevo te vi,
no, que eras otra -era evidente-, sino un bosquejo  
trazado en sentido contrario. Aunque con un dejo  
de ayer carnal. No sabría decir dónde. Posiblemente
el lugar cerrado a todo escrutinio. Fatalmente    
vedado a todo conocimiento, aún al más carnal,  
y para entrar allí no hay río, veta, pasaje o canal.
Quedaba entonces en vos ese resto, plus, valencia
flotando en la mesa del café aquel y sin paciencia
ninguna a mi persona que te sería tan ajena          
como a vos la mía, intentaste mover la pena  
retrospectiva hacia lo que fuimos una vez.  
Admito que tu intento fue muy certero y pensé
por un minuto o más que la culpa era toda mía
pero me dije luego ¿sería capaz de ya vencida  
el ansia de poseer un recuerdo de ser sincero  
con mi anhelo ardiente y separar al austero    
sentimiento del culpable, por el deseo insaciable
que se vuelve el único valor no negociable        
del recuerdo corporal? Ese que a todo arrasa,    
que no tiene sitio, domicilio o tan solo casa        
donde cobijarse y serenar su móvil errancia,      
que lo lleva a vagabundear con repetida ansia    
hasta dar con el momentáneo refugio que le da
una noche, un cuerpo, un ardor, un grito de “ya”.

Tantos años, casi treinta, ahora ninguno fumaba
así que algo esencial de aquel entonces le faltaba
a la puesta en escena que el recuerdo arma          
con lo que tiene a mano. Urdiendo la trama        
y distribuyendo roles en una escenografía      
que organiza con el atrezzo y la guardarropía
más improvisada y caótica. Porque para aquél
lo que cuenta es lo que dicen en esa babel,    
dos personas a solas, sentadas en un café o bar
y para ello cualquier cosa, tazas, vasos o samovar
humeante en una mesa le basta y sobra para urdir
una escena banal o memorable en un lugar así,
representación de dos seres adultos que al hablar
no dicen lo que piensan. Si no que ocultan al narrar  
la vida transcurrida desde entonces hasta ahora,        
la adornan con esto, tachan lo otro, porque sobra  
cada una de esas palabras. Se espera que lo otro  
sea ave de paso, de presa o hasta desatado potro-
surja o se sobreentienda entre esas corteses nadas,
e indique sin dilaciones que se trata de camas.
Unas hechas, otras desechas, todas calientes,  
calor que aviva el recordar y busca otros urgentes
lechos donde probar, apurar y actualizar,
poner en escena -si quieren- el presente en realizar  
lo hecho entonces y que la ensoñación incrementa,  
hábil cocinera, sazona con azafrán o menta,
coriandro y ají del más picante para que el sabor  
del plato insípido o recalentado al vapor          
sepa como un manjar refinado. La ensoñación  
hábil en estos quehaceres, ducha en sofisticación
amaña los fiambres secos, enciende los pucheros
sosos, los hace de nuevo la mar de apetitosos.

Igualmente con nosotros no hubo caso alguno,
eran más fuertes el reproche y el rencor tuyo  
que el anhelo mío, cierto que ya morigerado  
por tu aspecto ya no bohemio sino desaseado
y por tu estampa decadente y la carne en trance
de estar en estado más bien de sobra y fiambre  
que el manjar bien conservado que yo imaginé.
Te vi llegar, sentarte, apenas sonreír, pedir café.
Medí tu estado, escruté en escorzo, no había pecho,
se habría aplacado, dado de mamar, maltrecho        
de tantas succiones aplicadas de uno y otro tipo.    
Quien podría decirlo. Además la tez de pergamino
la comba en la espalda que fuera entonces moral  
de persona que se siente siempre ofendida, del mal
siempre presa, ahora era visible comba anatómica
tal vez el sentimiento se había vuelto catatónica
fijeza en los huesos. Y yo que buscaba a aquello  
de esas noches y días frenéticos en este desecho  
de lo que fue una vez. El deseo cayó en picada    
de los genitales al cerebro, aquella tan deseada    
era sólo un esbozo trazado en sentido contrario,  
sombra, un resto y hasta un esqueleto en el armario.

Te diste a la fuga, buscaste cualquier pretexto,
y creeme que ahora, pensándolo, te lo agradezco
porque de haber pasado otra cosa, sería fraude,  
estafa al pasado ardor, quedar tristes esa tarde    
de haber derivado de ese bar hasta a un hotel    
e intentar allí reflotar un viejo rol o un papel      
en un lugar escuálido y como suelen serlo,      
porque al anhelo mutuo más que merecerlo        
hay que buscarlo y trabajarlo muy lentamente.
En el cuerpo primero, cultivarlo mentalmente  
a toda hora. Sumarle ansias, restarle las horas  
al trabajo y a la economía y nada de bodas,      
contratos y compromisos, ni menos juramentos
si no afanes, dudas, miedos, aún tormentos      
y el acicate de los celos siempre necesario,      
ya que ahora no hay diafragmas ni pesario        
que compliquen las arduas tareas prologales    
aunque le sumaban más goce a las manuales        
porque daban una cuota extra de misterio          
a lo que se busca liberar del cautiverio              
de lo secreto, oscuro y a medias dicho.            
Palpar, excavar, buscar, penetrar en ese nicho  
dichoso y por redondos minutos placenteros;
ya lo dijo Marcel Proust: son pocos los agujeros
puestos por el cuerpo a nuestra disposición;        
así después del espasmo llega la maldición        
de estar de nuevo vivos y aún despiertos,          
de vuelta a esta vida boba y sus desiertos.          

Te levantaste, ya no recuerdo qué pretexto diste,
presta de la mesa, cual señora a la que un chiste
inocente turba, como esas putas de dos pesos    
que vueltas esposas y madres daban sus besos  
con la boca cerrada no sea fuera develada
su antigua profesión y dotes bucales, malvada
se muestra ahora con la puta joven o ya madura
que no ha tenido suerte, marido, dote o la fortuna
de haber pescado en el ancho mar de la especie  
a algún tonto, a un cornudo o a cualquier imbécil
que la haga su dama y la dueña de su hogar        
vuelta una diosa doméstica y hasta divinidad lar.
Así te alzaste vos, siempre encorvada, pobre,      
siglos de opresión de gueto y sin un cobre          
habían dejado marcada esa huella victimosa.      
Ahora, me habías dicho, eras madre, esposa,      
imagino que el pobre hombre será militante        
por algún derecho y sino será un fabricante        
de la propia necesidad de ese mismo derecho      
mientras desfogaba sus ganas sobre tu pecho      
y así era evidente que no tuvieras ya busto          
hundido en succiones y presa de ese disgusto      
repetido del vivir. A qué fingir, somos eso          
que apenas nos aflora en un momento del sexo,      
y luego nada, viajeros que huyen, vagabundos        
buscando de nuevo cobijo en unos rotundos            
traseros, en brazos, lenguas y tetas, en todo            
aquello que aleje del repetido, soso modo                
de morir ésta la vida a cada rato ¿Y lo demás?        
Restos, deshechos, basura en el patio de atrás.        

Te vi partir a la avenida, salir por Corrientes,
las nalgas fláccidas, siempre encorvada; calientes
en los pocillos estaba el café, no mi persona
que veía irse algo de mi pasado por la zona
donde los recuerdos se editan con las pesadillas.
Torpe, como siempre, al tropezarte entre las sillas
del lugar bastante desierto a esa hora. Por fortuna,
digo fortuna porque pude dar así una oportuna      
mirada a tu trasero que daba la espalda
metafóricamente a mis años, y tus nalgas
que fueron una vez mi locura, muelles, tan redondas,
las vi ahora partir en su laxo pantalón tan flojas.
Comprendiendo así, una vez más, que lo que fue una vez
mejor dejar en el fue y no intentarlo traer a un aquí soez
para estas segundas vueltas risibles y de parodia,            
imposibles ambas en la pasión como en la historia.          

Fui saliendo después, no hacia frío ni llovía.  
La Providencia fue clemente conmigo, hacía
de ese modo las cosas más llevaderas. Afuera
era un día cualquiera ya tarde de fin de otoño
y si bien al caminar por la avenida un retoño
un gajo, quizás un detritus de todo lo anterior
pasado con vos y ahora este presente inferior
como serán todos los presentes si comparados
con los pretéritos, las fantasías y los pasados  
editados al placer de una necesidad que actúa
como acicate, compinche, espía y que apura  
vuelca, arroja en la mente todo lo que necesita,
así urdió esa tarde ese reencuentro y esa cita    
que resultó un fracaso. Doblé por Callao, tarde
ya. Una cuadra, dos, dudé en emborracharme.  
También era tarde para eso. Mejor emprender  
la vuelta. Dejar las cosas así y comprender      
que el tango, el bolero y como la canción        
en general y todas las referidas a la pasión    
lo han dicho por nosotros mucho antes. Nos queda
atesorar un vago memento, algo en salmuera
como abortos, trasgos, fenómenos de natura
que más se guardan y más regresan con premura.
Paré un taxi, era un hombre viejo que manejaba.
Era callado. Le dije el punto de llegada.  
Asintió. Miró a un costado y luego al cielo.
Comentó que iba a llover con algo de recelo,
pareció ser era otra cosa que pronosticaba.
No sabía ¿No sabía? Que era a mi anunciada
renuncia a un pasado imposible de mantener;
manejó sin hablar y, al llegar, se echó a llover.

Angel Faretta (Buenos Aires, 1953), inédito

Ilustración: Amantes, hombre y mujer, 1914, Egon Schiele

5 comentarios:

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  2. El último café
    Tango
    Música: Héctor Stamponi
    Letra: Cátulo Castillo
    Llega tu recuerdo en torbellino,
    vuelve en el otoño a atardecer
    miro la garúa, y mientras miro,
    gira la cuchara de café.

    Del último café
    que tus labios con frío,
    pidieron esa vez
    con la voz de un suspiro.

    Recuerdo tu desdén,
    te evoco sin razón,
    te escucho sin que estés.
    "Lo nuestro terminó",
    dijiste en un adiós
    de azúcar y de hiel...

    ¡Lo mismo que el café,
    que el amor, que el olvido!
    Que el vértigo final
    de un rencor sin porqué...

    Y allí, con tu impiedad,
    me vi morir de pie,
    medí tu vanidad
    y entonces comprendí mi soledad
    sin para qué...

    Llovía y te ofrecí, ¡el último café!

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