jueves, septiembre 09, 2010

Cesare Pavese / Dos cigarrillos






Dos cigarrillos

Cada noche es la liberación. Se ven los reflejos
en el asfalto sobre las avenidas que se abren lustrosas al viento.
Cada raro transeúnte tiene una cara y tiene una historia.
Pero a esta hora no hay más cansancio: los miles de faroles
son todos para el que se detiene a raspar un fósforo.

La llamita se apaga sobre el rostro de la mujer
que me ha pedido un fósforo. Se apaga en el viento
y la mujer, desilusionada, me pide un segundo,
que se apaga: la mujer ahora ríe, sin ruido.
Aquí podemos hablar en voz alta y gritar,
que nadie oye. Levantamos las miradas
a las muchas ventanas -ojos apagados que duermen-
y esperamos. La mujer abraza sus hombros
y se lamenta de que ha perdido el chal de colores
que a la noche le hacía de estufa. Pero basta con apoyarse
contra la esquina y el viento no es más que un soplo.
Sobre el asfalto extenuado hay ya una colilla.
Ese chal venía de Río, pero dice la mujer
que está contenta de haberlo perdido, porque me ha encontrado.
Si el chal venía de Río, ha pasado de noche
sobre el océano bañado por la luz del gran transatlántico.
Por cierto, noches de viento. Es el regalo de un marino suyo.
No está más el marino. La mujer susurra
que, si subo con ella, me lo muestra en un retrato,
con ricitos y bronceado. Viajaba en sucios vapores,
y lustraba las máquinas: yo soy más bello.

Sobre el asfalto hay dos colillas. Miramos hacia el cielo:
la ventana allá arriba -me señala la mujer- es la nuestra.
Pero allá no hay estufa. A la noche, los barcos solitarios
tienen pocas luces o solamente las estrellas.
Cruzamos la calle del brazo, jugando a calentarnos.


Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), "Lavorare stanca", Poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión de Jorge Aulicino


Due sigarette
Ogni notte è la liberazione. Si guarda i riflessi / dell'asfalto sui corsi che si aprono lucidi al vento. / Ogni rado passante ha una faccia e una storia. / Ma a quest'ora non c'è più stanchezza: i lampioni a migliaia / sono tutti per chi si sofferma a sfregare un cerino. // La fiammella si spegne sul volto alla donna / che mi ha chiesto un cerino. Si spegne nel vento / e la donna delusa ne chiede un secondo / che si spegne: la donna ora ride sommessa. / Qui possiamo parlare a voce alta e gridare, / che nessuno ci sente. Leviamo gli sguardi / alle tante finestre - occhi spenti che dormono - / e attendiamo. La donna si stringe le spalle / e si lagna che ha perso la sciarpa a colori / che la notte faceva da stufa. Ma basta appoggiarci / contro l'angolo e il vento non è più che un soffio. / Sull'asfalto consunto c'è già un mozzicone. / Questa sciarpa veniva da Rio, ma dice la donna / che è contenta d'averla perduta, perchè mi ha incontrato. / Se la sciarpa veniva da Rio, è passata di notte / sull'oceano inondato di luce dal gran transatlantico. / Certo, notti di vento. E' il regalo di un suo marinaio. / Non c'è più il marinaio. La donna bisbiglia / che, se salgo con lei, me ne mostra il ritratto / ricciolino e abbronzato. Viaggiava su sporchi vapori / e puliva le macchine: io sono più bello. // Sull'asfalto c'è due mozziconi. Guardiamo nel cielo: / la finestra là in alto - mi addita la donna - è la nostra. / Ma lassù non c'è stufa. La notte, i vapori sperduti / hanno pochi fanali o soltanto le stelle. / Traversiamo l'asfalto a braccetto, giocando a scaldarci.


Ilustración: Nocturno en el Parque Real de Bruselas, 1897, William Degouve de Nuncques

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