sábado, julio 24, 2010

Dante Alighieri / Divina Comedia, Purgatorio, 8




Purgatorio, Canto octavo


Era ya la hora en que vuelve el deseo
al corazón de los navegantes y lo enternece,
el día en que dicen adiós a los dulces amigos,

y en que el nuevo peregrino de amor
sufre, si desde lejos oye el tañido
que parece llorar el día muerto,

cuando comencé a dejar de lado
el canto y a mirar a una de las almas
que con la mano pedía que la oyeran.

Unió y levantó ella las palmas,
fijando los ojos en el oriente,
como diciendo a Dios: "De otro no espero".

El Te lucis ante tan devotamente
le salió de la boca y con tan dulce tono,
que me hizo a mí salirme de la mente,

y las otras luego, dulces y devotas,
la acompañaron en el himno entero,
con la mirada dirigida a las esferas.

Aguza aquí, lector, los ojos a la verdad;
el velo es ahora tan sutil
que pasar tras él te resultará ligero.

Yo vi a aquel ejército gentil,
callado contemplar el suelo,
como esperando, pálido y humilde;

y vi salir de lo alto y descender
dos ángeles con dos espadas encendidas,
truncas y privadas de sus puntas.

Eran verdes como hojitas brotadas
sus vestidos que, de verdes plumas
agitadas, traían ondulando detrás.

Uno, un poco sobre nosotros vino,
y el otro descendió en la otra orilla
y quedó en el medio la gente contenida.

Bien podía ver la cabeza rubia,
pero la cara me nublaba la vista,
como virtud que confunde por su exceso.

"Los dos vienen del seno de María",
dijo Sordello, "a cuidar el valle
de la serpiente que pronto llegará".

A lo que yo, que no sabía por dónde,
me volví alrededor y me estreché,
helado, a la espalda de mi duca.

Y Sordello aún: "Bajemos ahora
a las grandes sombras, y hablemos,
que vernos les será agradable".

Sólo tres pasos creo que había dado
y estuve abajo, y vi una que miraba
hacía mí, como si quisiese conocerme.

Era el momento en que el aire oscurecía,
pero no tanto que sus ojos y los míos
no pudieran ver lo que antes se ocultaba.

Hacia mí vino, y yo fui hacia él.
Juez Nino gentil, cuando te vi
lejos de los reos... ¡cuánto me alegré! *

No nos callamos ningún buen saludo.
Preguntó luego: "¿Cuándo llegaste
al pie de este monte en aguas tan remotas?"

"¡Oh!", le dije, "a través del lugar triste,
llegué esta mañana. En la primera vida estoy,
hasta que, andando así, tenga la otra".

Y no bien escucharon mi respuesta,
Sordello y él se replegaron
como gente de súbito extraviada.

Uno se volvió a Virgilio, y el otro a uno
allí sentado gritando: "¡Levántate, Conrado! **
Ven a ver lo que quiere la gracia de Dios".

Luego, vuelto a mí: "Por la singular gratitud
que le debes a quien se esconde
tras el primer porqué, que no vadea nadie,

"cuando estés al otro lado de las grandes ondas,
dile a mi Giovanna que pida por mí,
allá, donde a los inocentes se responde.

"No creo que su madre aún me ame,
luego que dejó las blancas vendas,
las cuales convendría que llevase.

"Por ella fácilmente se comprende
cuánto en la mujer fuego de amor dura,
si no hay ojos o tacto que lo encienden.

"No le hará tan bella sepultura
esa víbora del campo milanés
como le habría hecho el gallo de Gallura".

Así decía, su figura marcada
por el signo de aquel justo celo
que mesuradamente el corazón inflama.

Mis ojos golosos andaban por el cielo,
por allá donde las estrellas son más lentas,
tal como una rueda al eje más cercana.

Y el duca: "Hijo, ¿qué miras allá arriba?"
Y yo a él: "A esas tres antorchas
que del polo hacia acá encienden todo".

De dónde él: "Las cuatro estrellas claras
que vimos por la mañana ya bajaron,
y estas subieron donde estaban ellas".

Mientras hablaba, lo tomó Sordello
diciendo: "Mira allá nuestro adversario";
y extendió el dedo para señalarlo.

Por aquella parte en que no tenía reparo
el pequeño valle, había una serpiente,
tal vez la que dio a Eva el mal bocado.

Entre hierba y flor venía aquel reguero,
acá y allá moviendo la cabeza, y el dorso
lamiendo, como bestia que se limpia.

Yo no vi, y no puedo decir, por eso,
cómo se movieron los azores celestiales
pero vi bien a los dos en movimiento.

Oyendo a las verdes alas hender el aire,
huyó la serpiente, y los ángeles volvieron,
volando al mismo tiempo, a sus lugares.

La sombra que al juez se había unido
cuando llamó, durante aquel asalto
no se soltó ni un punto de mirarme.

"Que la lámpara que te lleva arriba
encuentre en tu arbitrio tanta cera
cuanta es necesaria para el sumo esmalte", ***

comenzó ella. "Si noticia verdadera
de Val di Magra o de parte vecina
sabes, dímela, que allá fui un grande.

"Fui llamado Conrado Malaspina;
no el antiguo: de él desciendo;
a los míos di el amor que aquí ennoblece".

"¡Oh!", dije yo, "por tus comarcas
nunca estuve; ¿pero dónde hay en Europa
alguien que no las haya oído mencionar?

"La fama que a tu casa honra
la proclaman señores y cabañas,
y la sabe el que allá no ha ido todavía;

"y yo te juro, me juzque el cielo,
que tu honrada gente no perdió
la gloria de su bolsa y de su espada.

"Usos y natura aún la privilegian,
que si el mal gobierno el mundo tuerce,
sola va derecho y desprecia mala senda".

Y él: "Ve ahora; que el sol no vuelva
siete veces al lecho que el Carnero
con sus cuatro patas cubre y monta,

"sin que esta cortés opinión
te sea clavada en la cabeza
con mejores clavos que otro sermón,
si el juicio en su curso no se arredra".


Dante Alighieri (Florencia, 1265-Rávena, 1321), La divina commedia, texto crítico de la Sociedad Dantesca Italiana, Milán, 1979
Versión de Jorge Aulicino



* Ugolino Visconti, juez de Gallura, en Cerdeña; jefe güelfo. Dante lo conoció en Florencia y abrigaba alguna duda, al parecer, de que pudiera estar en el infierno (Cuando te vi lejos de los reos... ¡cuánto me alegré!). La mencionada Giovanna es su hija. Su mujer, Beatriz de Este, casó en segundas nupcias con Galleazzo de Milán, dejando, en consecuencia, las vendas blancas que en señal de luto usaban las mujeres sobre el pecho. El escudo del milanés mostraba una serpiente, y el de la familia de Ugolino, un gallo, que son a los que aludirá el juez.

** Conrado Malaspina, nieto de Conrado el Antiguo, procedía de una casa, entre la Liguria y Toscana, conocida por su prodigalidad, que aludirá Dante cuando hable del honor y gloria de su "bolsa" a la par del de su espada. Familiares de Conrado dieron hospitalidad al poeta durante su exilio. Conrado había muerto unos años antes.

*** Smalto (esmalte) era usado antiguamente en sentido figurado para referirse a cualquier extensión verde y florida; en este caso, se trata del Paraíso: sommo smalto.En esta estrofa, se inicia una complicada invocación de Conrado, tal vez deliberadamente introducida por Dante autor para señalar algún acontecimiento que esperaba se realizara. Siete veces el sol en el Carnero (Aries) es una alusión segura a un plazo temporal y quizá también una referencia encubierta a un líder político. Algunos comentaristas han querido encontrar aquí indicios de la actividad desarrollada por Dante en el exilio, que siempre se dirigió a que en un plazo corto su patria pudiera ser liberada del poder corrupto de la Iglesia. De tales mesiánicas alusiones (algunas evidentes, otras no tanto) se hallarán otras en el Purgatorio.

Texto del original: Mediasoft.it

Ilustración: Purgatorio, Canto 8, 1960-64, Salvador Dalí

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