lunes, octubre 19, 2009

Marianne Moore / Color prismático



En los días de color prismático

no en los días de Adán y Eva, sino cuando Adán
estaba solo; cuando no había humo y el color era
fino, no con el refinamiento
del arte primitivo, sino a causa
de su originalidad; sin nada que la modificara salvo la

niebla que subía, la oblicuidad era una varia-
ción de la perpendicular, simple de ver y
de explicar: ya no
lo es, ni tampoco la banda de incandescencia
azul-roja-amarilla, que era el color, conserva sus franjas; también es
una de

esas cosas en las que mucho de peculiar puede
leerse: la complejidad no es un crimen, pero llévenla
hasta el punto de lo
sombrío y nada es simple. Más aún,
la complejidad que se ha comprometido con la oscuridad, en vez de
reconocerse a sí misma

como la pestilencia que es, gira en torno
como para aturdirnos con la funesta
falacia de que la insistencia
es la medida del logro y de que toda
verdad debe ser oscura. Principalmente garganta, la sofisticación está
donde

siempre ha estado -en las antípodas de las grandes
verdades iniciales. "Una parte se arrastraba, otra parte
estaba a punto de arrastrarse, el resto
estaba aletargado en su cubil." En el avance espasmódico
de piernas cortas, en el gorgoteo y todas las trivialidades -tenemos
la clásica

multitud de pies. ¡Con qué propósito! La verdad no es Apolo
Belvedere, ni algo formal. La ola puede pasarle por encima si
quiere
Sepan que estará allí cuando dice:
"Estaré allí cuando la ola haya pasado".

Marianne Moore (Kirkwood, Missouri, 1887-Nueva York, 1972), El reparador de agujas de campanario y otros poemas, selección y traducción de Mirta Rosenberg y Hugo Padeletti, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1988


In the days of prismatic color
not in the days of Adam and Eve but when Adam / was alone; when there was no smoke and color was / fine, not with the finement/ of early civilization art, but because/ of its originality; with nothing to modify it but the // mist that went up, obliqueness was a varia- / tion of the perpendicular, plain to see and / to account for : it is no / longer that; nor did the blue red yellow band / of incandescence that was color, keep its ftripe: it also is one of / / those things into which much that is peculiar can be / read; complexity is not a crime but carry / it to the point of murkiness / and nothing is plain. Complexity, / moreover, that has been committed to darkness, instead of // granting itself to be the pestilence that it is, moves all a- / bout as if to bewilder with the dismal / fallacy that insistence / is the measure of achievement and that all / truth must be dark. Principally throat, sophistication is as it al-/ / ways has been -at the antipodes from the init- / ial great truths. "Part of it was crawling, part of it / was about to crawl, the rest / was torpid in its lair." In the short legged, fit-/ful advance, the gurgling and all the minutise -we have the classic / multitude of feet. To what purpose! Truth is no Apollo / Belvedere, no formal thing. The wave may go over it if it likes. / Know that it will be there when it says: / "I shall be there when the wave has gone by."

Complete Poems, Macmillian Publishing Co. / Penguin Books, NY, 1994

Ilustración: Katsushika Hokusai (1760-1849), Bote de carga y ola

domingo, octubre 18, 2009

Olga Orozco / Sopa


Señora tomando sopa

Detrás del vaho blanco está la orden, la invitación o el ruego,
cada uno encendiendo sus señales,
centellando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro.
Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino,
por una pluma azul, por la belleza, por una historia llena de luciérnagas.
Pero la niña terca no quiere traficar con su horrible alimento:
rechaza los sobornos del potaje apretando los dientes.
Desde el fondo del plato asciende en remolinos oscuros la condena:
se quedará sin fiesta, sin amor, sin abrigo,
y sola en los más negro de algún bosque invernal donde aúllan los lobos
y donde no es posible encontrar la salida.

Ahora que no hay nadie,
pienso que las cucharas quizá se hicieron remos para llegar muy lejos.
Se llevaron a todos, tal vez, uno por uno,
hasta el último invierno, hasta la otra orilla.
Acaso estén reunidos viendo a la solitaria comensal del olvido,
la que traga este fuego,
esta sopa de arena, esta sopa de abrojos, esta sopa de hormigas,
nada más que por puro acatamiento,
para que cada sorbo la proteja con los rigores de la penitencia,
como si fuera tiempo todavía,
como si atrás del humo estuviera la orden, la invitación, el ruego.

Olga Orozco (Toay, 1920-Buenos Aires, 1999), "Con esta boca, en este mundo", 1994, El jardín posible. Selección y prólogo de Marisa Negri, Ediciones en Danza, Buenos Aires, 2009

Ilustración: Portada de la antología de Ediciones en Danza. Olga Orozco, La Alhambra, 1961; retrato de la autora procesado por Pablo Runa.

Otros poemas de Orozco en este blog:
Mujer en su ventana
Para hacer un talismán / Quiero pensar que no eras la cría repudiada...

sábado, octubre 17, 2009

Pier Paolo Pasolini / de "Las cenizas de Gramsci"


El llanto de la excavadora

V

Un poco de paz basta para revelar
dentro del corazón la angustia,
límpida, como el fondo del mar

en un día de sol. Reconoces,
sin probarlo, el mal
allí, en tu cama, pecho, muslos

y pies abandonados, cual
un crucificado -o cual Noé
ebrio, que sueña, ingenuamente ignaro

de la alegría de los hijos, que
sobre él, fuertes, puros, se divierten...
el día está ya sobre ti,

en el cuarto como un león durmiente.

¿En qué calles el corazón
se encuentra, pleno, perfecto aun en esta
mescolanza de beatitud y dolor?

Un poco de paz... Y en ti despierta
está la guerra, está Dios. Se distienden
apenas las pasiones, se cierra la fresca

herida apenas, que ya tú derrochas
el alma, que parecía gastada,
en acciones de sueño que no rinden

nada... Aquí estás, inflamado
de esperanza -que, viejo león
apestando a vodka, por su ofendida

Rusia, jura Krushev al mundo,
en tanto tú te das cuenta de que sueñas-.
Parecen arder en el feliz agosto

de paz, cada pasión tuya, cada
interior tormento,
cada ingenua vergüenza

de no estar -en sentimiento-
en el punto donde el mundo se renueva.
Más bien, ese nuevo soplo de viento

te empuja de nuevo adonde
todo viento cesa: y allí el tumor
que se recrea encuentra

el viejo crisol de amor,
el sentido, el espanto, la alegría.
Y en ese mismo sopor

está la luz... en la inconsciencia
de infante, de animal, de libertino ingenuo,
está la pureza... los más heroicos

furores en esa fuga, el más divino
sentimiento en ese bajo acto humano
consumado en el sueño matutino.


VI

En la resolana abandonada
del sol matutino -que ya vuelve
a arder, sobre los tinglados, sobre

armazones de hierro -desesperadas
vibraciones rascan el silencio
que perdidamente sabe a vieja leche,

a placitas vacías, a inocencia-.
Ya casi las siete, la vibración
crece con el sol. Pobre presencia

de una docena de ancianos operarios,
con los harapos y las remeras quemadas
de sudor, cuyas raras voces,

cuyas luchas contra los esparcidos
bloques de barro, las coladas de tierra,
parecen deshacerse en ese temblor.

Pero entre los estampidos tercos
de la máquina, que ciega parece,
ciega quiebra, ciega aferra,

como si no tuviera meta,
un alarido imprevisto, humano,
nace, y de a ratos se repite,

tan loco de dolor que, humano,
de pronto no parece y vuelve
a ser muerta estridencia. Después,

despacio renace en la luz violenta,
entre edificios ardientes, nuevos, iguales,
alarido que sólo en el último instante

puede lanzar alguien que muere
en este sol cruel que resplandece, ya
dulcificado por un poco de aire de mar...

Gritando está, desgarrada
por meses y años de matutinos
sudores -acompañada

por la muda cuadrilla de sus picapedreros-,
la vieja excavadora: pero, al lado, la fresca
excavación convulsa, o, en el breve confín

del horizonte del Novecientos,
todo el barrio... Es la ciudad,
sumergida en un claror de fiesta

-es el mundo-. Llora lo que tiene
fin y recomienza. Lo que era
área herbosa, abierto espacio y se hace

patio, blanco como cera,
cerrado en un decoro que es rencor;
lo que era casi una vieja feria

de frescos muros sesgados al sol,
y se vuelve nuevo aislamiento, bullente
en un orden que es apagado dolor.

Llora lo que cambia, aun
para hacerse mejor. La luz
del futuro no cesa de herirnos

ni un instante: está aquí, arde
en cada uno de nuestros actos cotidianos,
angustia aun en la confianza

que nos da vida, en el ímpetu gobettiano *
hacia estos obreros, que mudos alzan
en la barriada del otro frente humano

su rojo trapo de esperanza.

Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), Le ceneri di Gramsci, 1957
Versión de J. Aulicino


* Piero Gobetti (1901-1926), abogado, periodista y militante antifascista, próximo al movimiento sindical y a las ideas de Antonio Gramsci; autor del ensayo político La revolución liberal. Fue apaleado por fascistas y murió a los pocos meses exiliado en París.


Il pianto della scavatrice
V
Un po' di pace basta a rivelare / dentro il cuore l'angoscia, /limpida, come il fondo del mare // in un giorno di sole. Ne riconosci, / senza provarlo, il male / lì, nel tuo letto, petto, cosce // e piedi abbandonati, quale / un crocifisso - o quale Noè / ubriaco, che sogna, / ingenuamente ignaro // dell'allegria dei figli, che / su lui, i forti, i puri, si divertono... / il giorno è ormai su di te, // nella stanza come un leone dormente. // Per quali strade il cuore / si trova pieno, perfetto anche in questa / mescolanza di beatitudine e dolore? // Un po' di pace... E in te ridesta / è la guerra, è Dio. Si distendono / appena le passioni, si chiude la fresca // ferita appena, che già tu spendi / l'anima, che pareva tutta spesa, / in azioni di sogno che non rendono / / niente... Ecco, se acceso / alla speranza - che, vecchio leone puzzolente di vodka, dall'offesa // sua Russia giura Krusciov al mondo - / ecco che tu ti accorgi che sogni. / Sembra bruciare nel felice agosto // di pace, ogni tua passione, ogni tuo interiore tormento, / ogni tua ingenua vergogna // di non essere - nel sentimento - / al punto in cui il mondo si rinnova. / Anzi, quel nuovo soffio di vento // ti ricaccia indietro, dove ogni vento cade: e lì, tumore / che si ricrea, ritrovi // il vecchio crogiolo d'amore, / il senso, lo spavento, la gioia. / E proprio in quel sopore // è la luce... in quella incoscienza / d'infante, d'animale o ingenuo libertino / è la purezza... i più eroici // furori in quella fuga, il più divino sentimento in quel basso atto umano / consumato nel sonno mattutino.

VI
Nella vampa abbandonata / del sole mattutino - che riarde, / ormai, radendo i cantieri, sugli infissi // riscaldati - disperate / vibrazioni raschiano il silenzio / che perdutamente sa di vecchio latte, // di piazzette vuote, d'innocenza. / Già almeno dalle sette, quel vibrare / cresce col sole. Povera presenza // d'una dozzina d'anziani operai, / con gli stracci e le canottiere arsi / dal sudore, le cui voci rare, // le cui lotte contro gli sparsi / blocchi di fango, le colate di terra, / sembrano in quel tremito disfarsi. // Ma tra gli scoppi testardi della / benna, che cieca sembra, cieca / sgretola, cieca afferra, // quasi non avesse meta, / un urlo improvviso, umano, / nasce, e a tratti si ripete, // così pazzo di dolore, che, umano, / subito non sembra più, e ridiventa / morto stridore. Poi, piano, // rinasce, nella luce violenta, / tra i palazzi accecati, nuovo, uguale, / urlo che solo chi è morente, // nell'ultimo istante, può gettare / in questo sole che crudele ancora splende / già addolcito da un po' d'aria di mare... // A gridare è, straziata / da mesi e anni di mattutini / sudori - accompagnata // dal muto stuolo dei suoi scalpellini, / la vecchia scavatrice: ma, insieme, il fresco / sterro sconvolto, o, nel breve confine // dell'orizzonte novecentesco, / tutto il quartiere... È la città, / sprofondata in un chiarore di festa, // - è il mondo. Piange ciò che ha fine e ricomincia. Ciò che era / area erbosa, aperto spiazzo, e si fa // cortile, bianco come cera, / chiuso in un decoro ch'è rancore; / ciò che era quasi una vecchia fiera // di freschi intonachi sghembi al sole, / e si fa nuovo isolato, brulicante / in un ordine ch'è spento dolore. // Piange ciò che muta, anche / per farsi migliore. La luce / del futuro non cessa un solo istante // di ferirci: è qui, che brucia / in ogni nostro atto quotidiano, / angoscia anche nella fiducia // che ci dà vita, nell'impeto gobettiano / verso questi operai, che muti innalzano, / nel rione dell'altro fronte umano, // il loro rosso straccio di speranza.
La piú grande antologia della poesia italiana

Foto: María Callas y Pasolini, durante el rodaje de Medea, 1969

viernes, octubre 16, 2009

Pier Paolo Pasolini / de "Las cenizas de Gramsci"


El llanto de la excavadora

IV

Me aprieta contra su vieja pelambre
que perfuma a bosque, y me pone
el hocico con sus colmillos de verraco,

o errante oso de aliento de rosa,
sobre la boca: y a mi alrededor el cuarto
es un calvero, la colcha corroída

por los últimos sudores juveniles danza
como una nube de polen... Y de hecho
voy por un camino que avanza

entre los primeros prados primaverales,
desleídos en una luz de paraíso...
Transportado por la onda de los pasos,

esta que dejo a mis espaldas, leve y mísero,
no es la periferia de Roma: "¡Viva
México!" está escrito en cal o grabado

sobre ruinas de templos, tapias en las esquinas,
decrépitas, ligeras como hueso, en los confines
de un ardiente cielo sin un escalofrío.

He allí, en la cima de una colina
entre las ondulaciones, mezcladas con las nubes,
de una vieja cadena apenínica,

la ciudad, medio vacía, aunque es la hora
de la mañana en que van las mujeres
al mercado, o vespertina, que dora

a los chicos que corren hacia las madres
en los patios de la escuela.
De un gran silencio son las calles invadidas:

se pierden inconexos los empedrados,
viejos como el tiempo, grises como el tiempo,
y dos largos cordones de piedra

corren a lo largo, pulidos y apagados.
Alguien, en ese silencio, se mueve:
alguna vieja, algún muchachito

perdido en sus pequeños juegos, allá donde
los portales de un dulce Mil Quinientos
se abren serenos, o un abrevadero

con bestezuelas taraceadas nutre
sobre los bordes la pobre hierba,
en un cruce o rincón olvidado.

Se abre sobre la cima de la colina la yerma
plaza de la comuna, y entre casa
y casa, más allá de una tapia, y el verde

de un gran castaño, se ve
el espacio del valle: pero no el valle.
Un espacio que tremola celeste

o apenas pálido... Pero el paseo continúa,
más allá de esa familiar placita
suspendida del cielo apenínico:

se interna entre casas apretadas, desciende
un poco a mitad de la cuesta: y más abajo
-cuando las barrocas casitas merman-,

allí aparece el valle -y el desierto-.
Todavía algún paso más
hacia la curva, donde el camino

va entre desnudos campitos escarpados.
A la izquierda, contra la pendiente,
como si la iglesia se hubiese derrumbado,

se alza atestado de frescos, azules,
rojos, un ábside, cargado de volutas
a lo largo de las cerradas cicatrices

del temblor -del que solo ella,
la caparazón inmensa quedó intacta
para abrirse toda contra el cielo-.

Allí, pasando el valle, el desierto,
comienza a soplar un aire leve, desesperado,
que incendia de dulzura la piel...

Es como los olores que, desde los campos
bañados de frescura o desde las orillas de un río,
soplan sobre la ciudad en los primeros

días del buen tiempo: y tú
no los reconoces, y loco
casi de dolor, buscas entender

si son de fuego encendido sobre escarcha,
o bien de uvas o nísperos perdidos
en algún granero entibiado

por el sol de una estupenda mañana.
Yo grito de alegría, así herido,
en el fondo de los pulmones por el aire

que como una luz o una tibieza
respiro mirando todo el valle.


Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), Le ceneri di Gramsci, 1957
Versión de J. Aulicino

Il pianto della scavatrice
IV
Mi stringe contro il suo vecchio vello, / che profuma di bosco, e mi posa / il muso con le sue zanne di verro // o errante orso dal fiato di rosa, / sulla bocca: e intorno a me la stanza /è una radura, la coltre corrosa // dagli ultimi sudori giovanili, danza / come un velame di pollini... E infatti / cammino per una strada che avanza // tra i primi prati primaverili, sfatti / in una luce di paradiso... / Trasportato dall'onda dei passi, // questa che lascio alle spalle, lieve e misero, / non è la periferia di Roma: "Viva / Mexico!" è scritto a calce o inciso // sui ruderi dei templi, sui muretti ai bivii, / decrepiti, leggeri come osso, ai confini / di un bruciante cielo senza un brivido. // Ecco, in cima a una collina / fra le ondulazioni, miste alle nubi, / di una vecchia catena appenninica, // la città, mezza vuota, benché sia l'ora / della mattina, quando vanno le donne / alla spesa - o del vespro che indora // i bambini che corrono con le mamme / fuori dai cortili della scuola. /Da un gran silenzio le strade sono invase: // si perdono i selciati un po' sconnessi, / vecchi come il tempo, grigi come il tempo, / e due lunghi listoni di pietra // corrono lungo le strade, lucidi e spenti. / Qualcuno, in quel silenzio, si muove: / qualche vecchia, qualche ragazzetto // perduto nei suoi giuochi, dove / i portali di un dolce Cinquecento / s'aprano sereni, o un pozzetto // con bestioline intarsiate sui bordi / posi sopra la povera erba, / in qualche bivio o canto dimenticato. // Si apre sulla cima del colle l'erma / piazza del comune, e fra casa / e casa, oltre un muretto, e il verde // d'un grande castagno, si vede / lo spazio della valle: ma non la valle. / Uno spazio che tremola celeste // o appena cereo... Ma il Corso continua, / oltre quella familiare piazzetta / sospesa nel cielo appenninico: // s'interna fra case più strette, scende / un po' a mezza costa: e più in basso / - quando le barocche casette diradano // ecco apparire la valle - e il deserto. / Ancora solo qualche passo / verso la svolta, dove la strada // è già tra nudi praticelli erti / e ricciuti. A manca, contro il pendio, / quasi fosse crollata la chiesa, // si alza gremita di affreschi, azzurri, / rossi, un'abside, pesta di volute / lungo le cancellate cicatrici // del crollo - da cui soltanto essa, / l'immensa conchiglia, sia rimasta / a spalancarsi contro il cielo. // È lì, da oltre la valle, dal deserto, / che prende a soffiare un'aria, lieve, disperata, / che incendia la pelle di dolcezza... // È come quegli odori che, dai campi / bagnati di fresco, o dalle rive di un fiume, / soffiano sulla città nei primi // giorni di bel tempo: e tu / non li riconosci, ma impazzito / quasi di rimpianto, cerchi di capire // se siano di un fuoco acceso sulla brina, / oppure di uve o nespole perdute / in qualche granaio intiepidito // dal sole della stupenda mattina. / Io grido di gioia, così ferito / in fondo ai polmoni da quell'aria // che come un tepore o una luce / respiro guardando la vallata
La piú grande antologia virtuale della poesia italiana

jueves, octubre 15, 2009

Pier Paolo Pasolini / de "Las cenizas de Gramsci"


El llanto de la excavadora

II

Pobre como un gato del Coliseo,
vivía en un arrabal todo cal
y polvareda, lejos de la ciudad

y del campo, apretado cada día
en un omnibus agonizante:
y cada ida, cada regreso

era un calvario de sudor y de ansias.
Largas caminatas en una calina calurosa,
largos crepúsculos delante de papeles

amontonados sobre la mesa, calles de barro,
tapias, casillas bañadas de cal,
y sin marcos, con cortinas por puertas...

Pasan el aceitunero, el botellero,
viniendo de algún otro suburbio,
con la polvorienta mercancía que parece

fruto del robo, y una facha cruel
de jóvenes envejecidos por los vicios
de quien tiene una madre dura y hambrienta.

Renovado por el mundo nuevo,
libre - una llama, un aliento
que no sé decir, a la realidad

que humilde y sucia, confusa e inmensa,
hervía en la periferia meridional,
daba un sentido de serena piedad-.

Un alma en mí, que no era sólo mía,
un alma pequeña en ese mundo sin límite,
crecía, nutrida de la alegría

de quien amaba, aun sin ser amado.
Y todo se iluminaba de este amor.
Tal vez todavía de muchacho, heroicamente

y sin embargo maduro en la experiencia
que nacía a los pies de la historia.
Estaba en el centro del mundo en ese mundo

de suburbios tristes, beduinos,
de terrenos amarillos pulidos
siempre por un viento sin paz,

viniese del mar caliente de Fiumicino,
o del campo, donde se perdía
la ciudad entre los tugurios; en ese mundo

que sólo podía dominar,
cuadrado espectro amarillento
en la amarillenta neblina,

agujereado de miles de filas iguales
de ventanas enrejadas, la Penitenciaría
entre viejos campos y caseríos soporizados.

Los papeles y el polvo que la ciega
ventolera trajinaba de aquí para allá,
las pobres voces sin eco

de mujercitas venidas de los montes
Sabinos, del Adriático, y aquí
acampadas ahora con turbas

de enfermizos y duros chiquilines
estridentes con remeras rotas,
en grises, quemados calzoncillos,

los soles africanos, las lluvias febriles
que convertían en torrentes de barro
las calles, los micros en la terminal,

estacionados en su esquina
entre una última faja de hierba blanca
y algún ácido basural en llamas...

era el centro del mundo, y era
el centro de la historia mi amor
por aquello: y en esta

madurez que por ser naciente
era todavía amor, todo estaba
por volverse claro -¡era

claro!- Aquel barrio desnudo al viento,
no romano, no meridional,
no obrero, era la vida

en su luz más actual:
vida, y luz de la vida, plena
en el caos aún no proletario,

como lo quiere el rústico periódico
de la célula, la última
tapa del semanario: hueso

de la existencia cotidiana,
pura, por ser hasta demasiado
próxima, absoluta por ser

demasiado míseramente humana.


III

Y ahora regreso, rico de aquellos años
tan nuevos que no habría nunca pensado
que los sabría viejos en un alma

de ellos lejana, como de todo pasado.
Subo los paseos del Gianicolo, me paro
en un cruce liberty, en una larga arboleda,

en un pedazo de muro -ya al término
de la ciudad sobre la ondulada llanura
que se abre sobre el mar-. Y renace

en el alma -inerte y oscura
como la noche abandonada al perfume-
una simiente ya muy madura

par dar todavía fruto, en el cúmulo
de una vida que se ha vuelto cansada y amarga...
He aquí Villa Pamphili *, y en la luz

que tranquila reverbera
sobre los nuevos muros, la calle donde vivo.
Cerca de mi casa, sobre una hierba

reducida a una oscura baba,
un rastro sobre las zanjas recién excavadas,
en la toba -caída toda rabia

destructora-, rampante contra ralos edificios
y pedazos de cielo, inanimada,
una excavadora...

¿Qué pena me invade delante de estas herramientas
supinas, esparcidas aquí y allá en el fango,
delante de esta lona roja

que pende de un caballete, en la esquina
en la que la noche parece más triste?
¿Por qué, ante esta apagada mancha de sangre

mi consciencia tan ciegamente resiste,
se arrincona, casi por un obsesivo
remordimiento que toda, en el fondo, la acongoja?

¿Por qué dentro de mí este sentimiento
de jornadas para siempre inobservadas
que son como el muerto firmamento
en el que blanquea esta excavadora?

Me desvisto en una de las mil habitaciones
donde se duerme en la calle Fonteiana.
En todo puedes excavar, tiempo: esperanzas,

pasiones. Pero no sobre estas formas
puras de la vida... Se reduce
a ellas el hombre, cuando son rebasadas

experiencia y confianza
en el mundo... ¡Ah días de Rebibbia **
que yo creía perdidos en una luz
de necesidad, y ahora sé tan libres!

Junto al corazón, entonces, por díficiles
casos que lo habían desviado
del camino hacia un destino humano,

ganando en ardor la claridad
negada, y en ingenuidad
el negado equilibrio -a la claridad

al equilibrio llegaba todavía,
en esos días, la mente-. Y el ciego
duelo, signo de toda mi lucha

con el mundo, rechazaba, así,
adultas aunque inexpertas ideologías...
Se hacía, el mundo, sujeto

no tanto de misterio como de historia.
Se multiplicaba por mil la dicha
de conocerlo -como

cada hombre, humildemente, lo conoce-.
Marx o Gobetti, Gramsci o Croce,
estuvieron vivos en la viva experiencia.

Cambió la materia de un decenio de oscura
vocación, se me gastó en hacer claro aquello
que más parecía ser ideal figura

de una ideal generación;
en cada página, en cada línea
que escribí, en el exilio de Rebibbia,

tenía aquel fervor, aquella presunción,
aquella gratitud. Nuevo
en mi nueva condición

de viejo trabajo y de vieja miseria,
los pocos amigos que llegaban
a mí, en las mañanas o las noches

olvidadas sobre la Penitenciaría,
me vieron dentro de una luz viva:
afable, violento revolucionario
en el corazón y la lengua. Un hombre florecía.


Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), Le ceneri di Gramsci, 1957
Versión de J. Aulicino



* Zona actualmente de uno de lo más importantes parques de Roma, en torno al antiguo palacio de Dora Pamphili.
** Area suburbana en la zona nordeste de Roma, sede de una prisión. Pasolini la describe, hacia 1950, en el canto II de este poema.

Il pianto della scavatrice
II
Povero come un gatto del Colosseo,/ vivevo in una borgata tutta calce /e polverone, lontano dalla città //e dalla campagna, stretto ogni giorno /in un autobus rantolante: /e ogni andata, ogni ritorno // era un calvario di sudore e di ansie./ Lunghe camminate in una calda caligine,/l unghi crepuscoli davanti alle carte//ammucchiate sul tavolo, tra strade di fango,/ muriccioli, casette bagnate di calce /e senza infissi, con tende per porte...// Passano l'olivaio, lo straccivendolo, /venendo da qualche altra borgata, /con l'impolverata merce che pareva //frutto di furto, e una faccia crudele / di giovani invecchiati tra i vizi / di chi ha una madre dura e affamata. // Rinnovato dal mondo nuovo,/ libero - una vampa, un fiato / che non so dire, alla realtà //che umile e sporca, confusa e immensa,/ brulicava nella meridionale periferia, / dava un senso di serena pietà. // Un'anima in me, che non era solo mia,/ una piccola anima in quel mondo sconfinato,/ cresceva, nutrita dall'allegria // di chi amava, anche se non riamato./ E tutto si illuminava, a questo amore. / Forse ancora di ragazzo, eroicamente,// e però maturato dall'esperienza / che nasceva ai piedi della storia. / Ero al centro del mondo, in quel mondo // di borgate tristi, beduine, / di gialle praterie sfregate / da un vento sempre senza pace, // venisse dal caldo mare di Fiumicino, /o dall'agro, dove si perdeva/ la città fra i tuguri; in quel mondo //che poteva soltanto dominare,/ quadrato spettro giallognolo/ nella giallognola foschia, // bucato da mille file uguali/ di finestre sbarrate, il Penitenziario /tra vecchi campi e sopiti casali. // Le cartacce e la polvere che cieco// il venticello trascinava qua e là,/ le povere voci senza eco // di donnette venute dai monti/ Sabini, dall'Adriatico, e qua / accampate ormai con torme // di deperiti e duri ragazzini/ stridenti nelle canottiere a pezzi,/ nei grigi, bruciati calzoncini,// i soli africani, le piogge agitate/che rendevano torrenti di fango / le strade, gli autobus ai capolinea // affondati nel loro angolo / tra un'ultima striscia d'erba bianca / e qualche acido, ardente immondezzaio... // era il centro del mondo, com'era / al centro della storia il mio amore /per esso: e in questa // maturità che per essere nascente/era ancora amore, tutto era/ per divenire chiaro - era,// chiaro! Quel borgo nudo al vento,/ non romano, non meridionale,/ non operaio, era la vita // nella sua luce più attuale:/ vita, e luce della vita, piena/ nel caos non ancora proletario,// come la vuole il rozzo giornale/ della cellula, l'ultimo/ sventolio del rotocalco: quotidiana, / pura, per essere fin troppo / prossima, assoluta per essere//fin troppo miseramente umana.


III
E ora rincaso, ricco di quegli anni / così nuovi che non avrei mai pensato / di saperli vecchi in un'anima // a essi lontana, come a ogni passato. / Salgo i viali del Gianicolo, fermo / da un bivio liberty, a un largo alberato, // a un troncone di mura - ormai al termine / della città sull'ondulata pianura / che si apre sul mare. E mi rigermina // nell'anima - inerte e scura / come la notte abbandonata al profumo / una semenza ormai troppo matura // per dare ancora frutto, nel cumulo / di una vita tornata stanca e acerba... // Ecco Villa Pamphili, e nel lume // che tranquillo riverbera / sui nuovi muri, la via dove abito. / Presso la mia casa, su un'erba // ridotta a un'oscura bava, / una traccia sulle voragini scavate / di fresco, nel tufo - caduta ogni rabbia // di distruzione - rampa contro radi palazzi / e pezzi di cielo, inanimata, / una scavatrice... // Che pena m'invade, davanti a questi / attrezzi supini, sparsi qua e là nel fango, / davanti a questo canovaccio rosso // che pende a un cavalletto, nell'angolo / dove la notte sembra più triste? / Perché, a questa spenta tinta di sangue, // la mia coscienza così ciecamente resiste, / si nasconde, quasi per un ossesso / rimorso che tutta, nel fondo, la contrista? // Perché dentro in me è lo stesso senso / di giornate per sempre inadempite / che è nel morto firmamento // in cui sbianca questa scavatrice? // Mi spoglio in una delle mille stanze / dove a via Fonteiana si dorme. / Su tutto puoi scavare, tempo: speranze // passioni. Ma non su queste forme / pure della vita... Si riduce / ad esse l'uomo, quando colme // siano esperienza e fiducia / nel mondo... Ah, giorni di Rebibbia, / che io credevo persi in una luce // di necessità, e che ora so così liberi! // Insieme al cuore, allora, pei difficili / casi che ne avevano sperduto / il corso verso un destino umano, // guadagnando in ardore la chiarezza / negata, e in ingenuità / il negato equilibrio - alla chiarezza // all'equilibrio giungeva anche, / in quei giorni, la mente. E il cieco/ rimpianto, segno di ogni mia // lotta col mondo, respingevano, ecco, / adulte benché inesperte ideologie... / Si faceva, il mondo, soggetto // non più di mistero ma di storia. / Si moltiplicava per mille la gioia / del conoscerlo - come // ogni uomo, umilmente, conosce. / Marx o Gobetti, Gramsci o Croce, / furono vivi nelle vive esperienze. // Mutò la materia di un decennio d'oscura / vocazione, se mi spesi a far chiaro ciò / che più pareva essere ideale figura // a una ideale generazione; / in ogni pagina, in ogni riga / che scrivevo, nell'esilio di Rebibbia, // c'era quel fervore, quella presunzione, / quella gratitudine. Nuovo / nella mia nuova condizione // di vecchio lavoro e di vecchia miseria, / i pochi amici che venivano / da me, nelle mattine o nelle sere // dimenticate sul Penitenziario, / mi videro dentro una luce viva: / mite, violento rivoluzionario // nel cuore e nella lingua. Un uomo fioriva
La piú grande antologia virtuale della poesia italiana

Foto: Pasolini y su madre, Susanna Colussi, con quien vivió en sus primeros años en Roma: "Vivimos en una casa sin techo y sin revoque, una casa de pobres, en el último arrabal, cerca de una prisión", Poeta delle ceneri, Garzanti, Milán, 1993

miércoles, octubre 14, 2009

Pier Paolo Pasolini / de "Las cenizas de Gramsci"


El llanto de la excavadora

I

Solo amar, solo conocer
cuenta, no el haber amado,
el haber conocido. Angustia

vivir de un consumado
amor. El alma no crece.
Y en el calor encantado

de la noche que plena aquí abajo
entre las curvas del río y las adormecidas
visiones de la ciudad de luces esparcidas,

retumba todavía de miles de vidas,
desamor, misterio y miseria
de los sentidos, me resultan enemigas

las formas del mundo, que hasta ayer
eran mi razón de existir.
Aburrido, cansado, vuelvo por negras

plazoletas de mercados, tristes
calles cercanas al puerto fluvial,
entre barracas y almacenes mezclados

en los últimos prados. Es mortal
el silencio: pero abajo, en el paseo Marconi,
en la estación de Trastevere, parece

todavía dulce la noche. A sus barrios,
a sus arrabales, vuelven en sus motos
ligeras - en mameluco o pantalones

de trabajo, pero impulsados de festivo ardor-
los jóvenes, con compañeros detrás,
riendo, sucios. Los últimos clientes

charlan de pie con voces altas
en la noche, aquí y allá, junto a las mesitas
de los locales aún brillantes y semivacíos.

Estupenda y mísera ciudad,
que me ha enseñado aquello que alegres y feroces
los hombres aprenden de chicos,

las pequeñas cosas en que la grandeza
de la vida en paz se descubre, como
ir duros y prontos en la muchedumbre

de las calles, dirigirse a otro hombre
sin temblar, no avergonzarse
de mirar el dinero contado

con torpes dedos por el mandadero
que suda contra las fachadas a la carrera
en un color eterno de verano;

a defenderme, a atacar, a tener
el mundo delante de los ojos y no
solo en el corazón, a entender

que pocos conocen las pasiones
en las que yo he vivido:
que no me son fraternos, y son

hermanos sin embargo, justo
en el tener pasiones de hombres,
que alegres, inconscientes, enteros

viven de experiencias
ignotas para mí. Estupenda y mísera
ciudad que me ha hecho tener

experiencia de aquella vida
ignota: hasta hacerme descubrir
aquello que, en cada uno, era el mundo.

Una luna moribunda en el silencio,
que de ella vive, blanquea entre violentos
ardores, míseramente en la tierra

muda la vida, con bellos paseos, viejas
callejuelas, sin dar luz encandila
y, en todo el mundo, la reflejan allá

arriba unos pocos calientes nubarrones.
Es la noche más bella del verano.
Trastevere, en un olor de paja

de viejo establo, de vacías
hosterías, no duerme todavía.
Las esquinas oscuras, las paredes plácidas,

resuenan de encantados rumores.
Hombres y muchachos vuelven a casa
-bajo festones de luz, ya sol-,

a sus callejones que obstruyen
oscuridad e inmundicia, con el paso blando
de aquellos que me invadían el alma

cuando realmente amaba, cuando
realmente quería entender.
Y, como entonces, desaparecen cantando.


Pier Paolo Pasolini (Bolonia, 1922-Ostia, 1975), Le ceneri di Gramsci, 1957
Versión de J. Aulicino


Il pianto della scavatrice
I
Solo l'amare, solo il conoscere / conta, non l'aver amato, / non l'aver conosciuto. Dà angoscia // il vivere di un consumato / amore. L'anima non cresce più. / Ecco nel calore incantato // della notte che piena quaggiù / tra le curve del fiume e le sopite / visioni della città sparsa di luci, // scheggia ancora di mille vite, / disamore, mistero, e miseria / dei sensi, mi rendono nemiche // le forme del mondo, che fino a ieri / erano la mia ragione d'esistere. / Annoiato, stanco, rincaso, per neri // piazzali di mercati, tristi / strade intorno al porto fluviale, / tra le baracche e i magazzini misti / agli ultimi prati. Lì mortale / è il silenzio: ma giù, a viale Marconi, / alla stazione di Trastevere, appare // ancora dolce la sera. Ai loro rioni, / alle loro borgate, tornano su motori / leggeri - in tuta o coi calzoni // di lavoro, ma spinti da un festivo ardore / i giovani, coi compagni sui sellini, / ridenti, sporchi. Gli ultimi avventori // chiacchierano in piedi con voci / alte nella notte, qua e là, ai tavolini / dei locali ancora lucenti e semivuoti. // Stupenda e misera città, / che m'hai insegnato ciò che allegri e feroci / gli uomini imparano bambini, // le piccole cose in cui la grandezza / della vita in pace si scopre, come / andare duri e pronti nella ressa // delle strade, rivolgersi a un altro uomo / senza tremare, non vergognarsi / di guardare il denaro contato // con pigre dita dal fattorino / che suda contro le facciate in corsa / in un colore eterno d'estate; // a difendermi, a offendere, ad avere / il mondo davanti agli occhi e non / soltanto in cuore, a capire // che pochi conoscono le passioni / in cui io sono vissuto: / che non mi sono fraterni, eppure sono // fratelli proprio nell'avere / passioni di uomini / che allegri, inconsci, interi // vivono di esperienze / ignote a me. Stupenda e misera / città che mi hai fatto fare // esperienza di quella vita / ignota: fino a farmi scoprire / ciò che, in ognun, era il mondo. // Una luna morente nel silenzio, / che di lei vive, sbianca tra violenti / ardori, che miseramente sulla terra // muta di vita, coi bei viali, le vecchie / viuzze, senza dar luce abbagliano / e, in tutto il mondo, le riflette // lassù, un po' di calda nuvolaglia. / È la notte più bella dell'estate. / Trastevere, in un odore di paglia // di vecchie stalle, di svuotate / osterie, non dorme ancora. / Gli angoli bui, le pareti placide // risuonano d'incantati rumori. / Uomini e ragazzi se ne tornano a casa / - sotto festoni di luci ormai sole - // verso i loro vicoli, che intasano/ buio e immondizia, con quel passo blando /da cui più l'anima era invasa // quando veramente amavo, quando / veramente volevo capire. / E, come allora, scompaiono cantando.
La piú grande antologia virtuale della poesia italiana


martes, octubre 13, 2009

John Keats / Gato



Al gato de la señora Reynolds

¡Gato! que has pasado tu edad crítica,
¿Cuántas lauchas y ratas en tus días
Destruiste? ¿Cúantas golosinas robaste? Mira
Fijamente con esos brillantes lánguidos gajos verdes, y aguza
Esas aterciopeladas orejas, mas te suplico no claves
Tus ocultas garras en mí, y lanza tu suave miau
Y cuéntame todas tus refriegas de peces
Y ratones y ratas y tiernos pollitos.
No, la mirada no bajes, no pases la lengua
Por tus delicadas muñecas;
Pese a tu resuello asmático, y pese a
La punta de tu cola rebanada, y a pesar
De que más de una criada te ha dado más de un golpe,
Todavía ese pelaje es suave como cuando de joven
Entrabas a la lidia, sobre la pared con vidrios de botella.

John Keats (Londres, 1795-Roma, 1821)
Versión de J. Aulicino


To Mrs Reynolds's Cat
Cat! who hast pass’d thy grand climacteric,/ How many mice and rats hast in thy days/ Destroy’d? How many tit bits stolen? Gaze/ With those bright languid segments green, and prick/ Those velvet ears - but pr’ythee do not stick/ Thy latent talons in me - and upraise/ Thy gentle mew - and tell me all thy frays,/ Of fish and mice, and rats and tender chick./ Nay, look not down, nor lick thy dainty wrists -/ For all thy wheezy asthma - and for all/ Thy tail’s tip is nick’d off - and though the fists/ Of many a maid have given thee many a maul,/ Still is that fur as soft, as when the lists/ In youth thou enter’dest on glass bottled wall.
Representative Poetry Online- Toronto University

Ilustración: Theophile-Alexandre Steinlen, Des chats, 1900

Otros poemas de Keats en este blog:
El sueño de Nabucodonosor
Un sueño luego de leer el episodio de Dante sobre Paola y Francesca
Al ver los mármoles de Elgin 1
Al ver los mármoles de Elgin 2

lunes, octubre 12, 2009

Cesare Pavese / Gente fuera de lugar


Gente fuera de lugar

Demasiado mar. Ya hemos visto suficiente mar.
Al atardecer, cuando el agua se extiende pálida
y esfumada en la nada, el amigo la mira
y yo miro al amigo y no habla ninguno.
A la noche terminamos recluidos en el fondo de una taberna,
aislados en el humo, y bebemos. El amigo tiene sus sueños
(son un poco monótonos los sueños junto al rumor del mar)
donde el agua es no más que el espejo, entre una isla y otra,
de colinas, jaspeadas de flores salvajes y cascadas.
Su vino es así. Se contempla, mirando el vaso,
alzando colinas de verde sobre el mar plano.
Las colinas me vienen; y lo dejo hablar del mar
porque es un agua tan clara que muestra hasta las piedras.

Veo solo colinas y me colman el cielo y la tierra
con las líneas firmes de los flancos, lejanas o cercanas.
Sólo que las mías son ásperas y estriadas de viñas
trabajosas en el suelo quemado. El amigo las acepta
y las quiere vestir de flores y de frutos salvajes
para descubrirles riendo muchachas más desnudas que los frutos.
No es preciso: en mis sueños más ásperos no falta una sonrisa.
Si mañana temprano nos ponemos en camino
hacia aquellas colinas, podremos encontrar por las viñas
alguna oscura muchacha, quemada por el sol,
y, dándole charla, comerle un poco de uva.

Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908- Turín, 1950), "Lavorare stanca", Poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión de Jorge Aulicino


Gente spaesata
Troppo mare. Ne abbiamo veduto abbastanza di mare. / Alla sera, che l'acqua si stende slavata / e sfumata nel nulla, l'amico la fissa / e io fisso l'amico e non parla nessuno. / Nottetempo finiamo a rinchiuderci in fondo a una tampa, / isolati nel fumo, e beviamo. L'amico ha i suoi sogni / (sono un poco monotoni i sogni allo scroscio del mare) / dove l'acqua non è che lo specchio, tra un'isola e l'altra, / di colline, screziate di fiori selvaggi e cascate. / Il suo vino è così. Si contempla, guardando il bicchiere, / a innalzare colline di verde sul piano del mare. / Le colline mi vanno, e lo lascio parlare del mare / perché è un'acqua ben chiara, che mostra persino le pietre. // Vedo solo colline e mi riempiono il cielo e la terra / con le linee sicure dei fianchi, lontane o vicine. / Solamente, le mie sono scabre, e striate di vigne / faticose sul suolo bruciato. L'amico le accetta / e le vuole vestire di fiori e di frutti selvaggi / per scoprirvi ridendo ragazze più nude dei frutti. / Non occorre: ai miei sogni più scabri non manca un sorriso. / Se domani sul presto saremo in cammino / verso quelle colline, potremo incontrar per le vigne / qualche scura ragazza, annerita di sole, / e, attaccando discorso, mangiarle un po' d'uva.

Ilustración: Karl Briullov, Hylas y las náyades, 1827

domingo, octubre 11, 2009

Eugenio Montale / Nocturno


Las horas de la noche

Debemos esperar bastante antes que la crónica
se disfrace de historia.
Sólo entonces el vuelo de una hormiga
(el único que interesa) será de águila.
Sólo entonces el chistido del murciélago
parecerá la trompeta del Dies Irae.
El hecho es que están los sabicursantes del doctorado
y es preciso meterlos a todos en algún agujero
para echarlos después si viene lo bueno.
Desgraciadamente lo bueno (o malo) está en el congelador
y no se ve quien quiera o pueda sacarlo de ahí.
El murciélago chilla solo en el crepúsculo
de aquello que en un tiempo se llamaba el día,
pero ya no tenemos más jornadas,
somos una negra colada indivisible
que podría detenerse
o escurrirse no se sabe
con ventaja para quién.

Eugenio Montale (Génova, 1896-Milán, 1981), Quaderno di cuattro anni, Mondadori, Milán, 1977
Versión de J. Aulicino

Le ore della sera
Dovremo attendere un pezzo prima che la cronaca / si camuffi in storia. / Solo allora il volo di una formica / (il solo che interessi) sarà d'aquila / solo allora il fischio del pipistrello / ci parrà la trombetta del dies irae. / Il fatto è che ci sono i baccalaureandi / e bisogna cacciarli tutti in qualche buco/ per scacciarli poi quando verrà il bello. / Purtroppo il bello (o brutto) è in frigorifero / nè si vede chi voglia o possa trarnelo fuori. / Il pipistrello stride solo al crepuscolo / di ciò che un tempo si diceva il giorno / ma ormai non abbiamo più giornata / siamo tutti una nera colata indivisibile / che potrebbe arrestarsi / o farsi scolaticcio non si sa / con vantaggio di chi
It depends-Quaderno di cuattro anni
, New Directions, Google Books

Ilustración: James Abbott Mc Neill Whistler, Nocturno, 1878

sábado, octubre 10, 2009

Jude Nutter / Océano


Maya *

Y entonces el Océano —el dios que se rehúsa
a entrar, el dios sin otra cosa que hacer
que desvanecerse y reaparecer continuamente
dentro de su ropaje —quema
afuera en tu ventana, y qué simple es, viajar,
circularmente, desde la pálida masacre del agua y de regreso
a una teoría del paraíso. Allá, en el lomo de los peces,

azul a la distancia, la flota trabaja en las profundidades,
y vos sabés cómo es arrastrar algo vivo
desde atrás de la ciega cara del mundo
sólo para mirar esa cara más de cerca
una vez más frente a vos: cada día al regresar a casa

con menos de lo que poseías. Bajando a la costa
descubrís que el viento en la superficie del agua
huele a piel y a ropa blanca suavemente achatada
por la presión de una sola mano; que el océano
ha estado hablando tanto tiempo en su desembocadura con las rocas
y el vidrio, que su respiración es ruinosa y triste

como una botella vacía. Aún su piedad es una cosa terrible.
El océano convierte todo lo que posee en nada.

Pero hay días en que la luz del sol atrapada
dentro del agua convierte la delgada pared de cada ola
en una casa en llamas. Hubo un tiempo
en que pensaste que el alma estaba llena de fuego como éste;
que se mecía, como una lámpara, elevada en la oscura torre
de la carne. Y cada tumba
aquí, mira hacia el mar, y profundas
como están, en el suelo, puedes escuchar como el dios
aún forma dentro de los cascos de hueso de los muertos
su triste y terrible himno. Escucha, él canta, debes aprender
a tomarte la vida más en serio. Pero qué es

lo que debo hacer, te preguntás, para vivir de otro modo. Y la única
respuesta es un resplandor cayendo
sobre una rodilla, delimitando el pasto de la playa
en la profundidad de las dunas.


Jude Nutter (nacida en North Yorkshire, Inglaterra, residente en los Estados Unidos desde 1980), The Curator of silence, University of Notre Dame Press, 2006
Versión de Silvia Camerotto

*Creencia hindú de que el mundo es una ilusión.

Maya*
And so the ocean —the god who refuses/to enter, the god with nothing to do/ but vanish and continually reappear/ inside its own clothes —burns on/ outside your window, and how easy it is to travel,/ full circle, from the pale carnage of the water and back/ to a theory of paradise. Out in the fish-spine// blue of distance the fleet is working the grounds, /and you know what it’s like to drag something living/ up from behind the blind face of the world/ only to watch that face close over/ once again before you: every day you come home// with less than you had. Going down to the shore/ you find the wind on the surface of the water/ smells of skin and linen smoothed flat/ by the pressure of a single hand; that the ocean/ has been talking so long with the rocks and glass/ in its mouth its breathing is ruinous and blue// as an empty bottle. Even its mercy is a terrible thing./ The ocean worries everything it owns down to nothing.// But there are days when the sunlight caught/ inside the water turns the slender wall of each wave/ into a house of flame. There was a time/ you thought the soul was full of fire like this;/ that it swung, like a lantern, high in the dark tower/ of the flesh. And every grave / here faces the sea, and deep7 as they are in the soil, you can hear how the god/ still forms inside the bone helmets of the dead/ its blue and terrible hymn. Listen, it sings, you must learn /to take your lif more seriously. But what is it// I must do, you ask, to live so differently. And the only/ answer is a brightness dropping down/ on one knee, parting the skirts of the marram/ deep in the dunes.

*Maya is the hindu belief that this world is an illusion.

Nota del editor: "ilusión" no es quizá la mejor palabra para definir actualmente en una lengua occidental el maya. Se trata de las cosas que se perciben separadas de su unidad esencial en el brahman, o realidad absoluta, de la que forman parte indisoluble. Trascender el maya no significa que éste desaparezca, como un espejismo, así como en la filosofía clásica occidental no desaparece la apariencia cuando comprendemos la esencia.

Foto: Nutter The Missouri Review

De Jude Nutter en este blog:
Dar nombre al mundo

viernes, octubre 09, 2009

Francisco Bitar / de "El Olimpo. Segunda parte"


SI ESTÁS solo en tu casa
una ciudad crece en el patio
el té tiene gusto a una frase bien hecha
en los objetos resplandece el último uso:
la sábana trabajada de dormir vestido
la alfombra del baño
donde juntaron los pies descalzos
mujeres sin amor

Si estás solo en la casa
y se viene la noche, cuidado:
nunca vi un gato
caer de otra forma que parado
en cambio vi a muchos hombres
caer de cabeza
lo que obliga a saber con precisión
si uno está solo como un gato
o solo como muchos hombres

Un cambio de estación
es un viento nocturno
que agita el altillo
de todos los amores superados

Si tu casa quedó sola
no te acerques a las puertas

Hay más frío cerca de las puertas.


Francisco Bitar (Santa Fe, 1981), El Olimpo. Segunda parte, Colección Chapita, Buenos Aires, 2009

Foto: Bitar XVII Festival Internacional de Poesía Rosario

jueves, octubre 08, 2009

José Coronel Urtecho / de "Po-la d'Anánta, Katánta, Paránta. Dedójmia T'élson"


Escrito en la corteza de una ceiba

Esta Ceiba que da sombra a mi casa
es propiamente heráldica. Sería
el emblema perfecto de tu escudo
si esto que grabo aquí fuera tu lema:
Ella no sabe de lo que de ella escribo
pues ser lo que es y no saberlo es ella.


Plegaria del statuquoista

Señor
te doy las gracias
por este día
igual a todos los anteriores
y te pido
que todos los días futuros
sean iguales a éste
por los siglos de los siglos
Amén


Autorretrato

Cuando al mirarme en el espejo
Veo en mi cara la de mi padre
Absurdamente tengo miedo.


Soneto a María Kautz en sus 73 años

Admirable María que has vivido
Sin un solo momento inocupado
Sin un solo quehacer inacabado
Sin un segundo de tiempo perdido

Nunca has amado lo que no has querido
Pero lo que has querido lo has amado
Y por eso tu mundo se ha poblado
De seres llenos de amor y sentido

Subiendo, a la par tuya, sus peldaños
Yo he llevado la cuenta de tus años
Y aún la llevo sin darla por concluida

Cada vez más feliz, más admirado
De verte y ver en ti cómo has logrado
A tanta edad llegar con tanta vida.

de Po-la d'Anánta, Katánta, Paránta. Dedójmia T'élson, 1970

José Coronel Urtecho (Granada, Nicaragua, 1906-Managua, 1994), Pájaro relojero. Poetas centroamericanos, Selección y prólogo de Mario Campaña, Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009

Foto: Coronel Urtecho El Nuevo Diario, Managua

miércoles, octubre 07, 2009

Alejandro Schmidt / de "El Patronato"



55. asamblea en el patronato

llegó el señor lobo vestido con la lencería de su madre
la señora urraca con su cuchara de plata en el pico
llegó el rentista y la desgraciada

con las sillas formaron una herradura maldita

bebieron en el cráneo de las huérfanas

hablaron de los presupuestos y castigos
de condecoraciones y celos

y después se fueron y dejaron sus sombras.

Las sombras eran las serpientes que calentaban la noche de la Enfermera.


57. guía para modistas industriales

las vestiduras del cautiverio estaban descriptas
entre las páginas del relicario

luego de los rezos agradeciendo la cena
las muñecas se volvían hielo arrodilladas en la gruta

la enfermera se probaba una máscara armada sobre huesos de ballena
y recitaba a las pupilas
los modelos del día.

Alejandro Schmidt (Villa María, 1955), El Patronato, Llanto de Mudo Ediciones, Córdoba, 2000


Foto: Schmidt, Universidad Nacional de Rosario
De Schmidt en este blog:

martes, octubre 06, 2009

Salomón de la Selva / de "El soldado desconocido"


Granadas

Porque me parecieron
pájaros que volaban las granadas
-golondrinas de los atardeceres-,
me sorprendió como cosa de magia
ver que en donde caían
con un estruendo vasto, levantaban
espirituales árboles de tierra
maravillosos de troncos y de ramas.
En el ramaje aéreo de esos árboles,
escondido en el follaje de barro,
hizo su nido un instante
un deseo olvidado:
Tal vez de dormir en medio de un bosque,
quizá de tener alas;
¡tantos deseos caben en sólo uno
cuando se está casi muerto de cansancio!


Granadas de gas asfixiante

Plo-plo-plo-plo hacen las granadas,
y cuando caen, plum.
Y en los días de sol su humo es una nube amarillosa,
y en los dias lluviosos de una blancura esplendorosa.
¿Quién no se acuerda de los cuentos de hadas?
¿De los genios, de los duendes, de los gnomos?
¡Plo-plo-plo-plo... plum!
¡Plo-plo-plo-plo...
Plo-plum-plo!


El gas que he respirado
me dejó casi ciego,
pero olía a fruta de mi tierra,
unas veces a piña y otras a mango,
y hasta a guineos de los que sirven para hacer vinagre;
y aunque de sí no me hubiera hecho llorar,
sé que hubiera llorado.

de El soldado desconocido, 1922

Salomón de la Selva (León, Nicaragua, 1893-París, Francia, 1959), Pájaro relojero. Poetas centroamericanos, Selección y prólogo de Mario Campaña, Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009

Noticia: Salomón de la Selva publicó su primer libro de poemas en inglés, en Nueva York, donde se radicó a los 13 años con una beca gubernamental. Fue profesor del Williams College y más tarde secretario del líder sindical Samuel Gompers. Combatió en la Primera Guerra Mundial, al servicio de la Corona de Gran Bretaña. Se vinculó al sindicalismo también en su país. Deportado, se estableció en México en 1935 y allí actuó como consejero del presidente Miguel Alemán (1946-1952). Fue finalmente embajador de Nicaragua en Francia.

Foto: De la Selva El Nuevo Diario, Managua

lunes, octubre 05, 2009

John Donne / de "Poemas divinos"


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Muerte no seas soberbia porque tú no eres así,
aunque algunos te han llamado temible y poderosa,
puesto que, aquellos a quienes tú piensas has derrocado,
no mueren, pobre muerte, ni siquiera puedes tú matarme.
Del descanso y del sueño, que solo tus imágenes son
—gran placer— entonces de ti, mucho más debe fluir,
y tarde o temprano nuestros mejores hombres van contigo,
los restos de sus huesos, y la salvación de sus almas.
Tú eres esclava del Destino, Azar, reyes y hombres desesperados,
y con veneno, crueldad y enfermedad moras,
y fetiches o encantos también pueden hacernos dormir,
y mejor aun tu caricia; ¿por qué presumes, entonces?
Pasado un corto sueño, despertamos a la eternidad,
y la muerte ya nunca será; muerte, tú morirás.

de Poemas Divinos
John Donne (Londres, c.1572-1631)
Versión de Silvia Camerotto


X
Death be not proud, though some have called thee / Mighty and dreadfull, for, thou art not so, / For, those, whom thou think'st, thou dost overthrow, / Die not, poore death, nor yet canst thou kill me. / From rest and sleepe, which but thy pictures bee, / Much pleasure, then from thee, much more must flow, / And soonest our best men with thee doe goe, / Rest of their bones, and soules deliverie. / Thou art slave to Fate, Chance, kings, and desperate men, / And dost with poyson, warre, and sicknesse dwell, / And poppie, or charmes can make us sleepe as well, / And better then thy stroake; why swell'st thou then?/ One short sleepe past, wee wake eternally, / And death shall be no more; death, thou shalt die.

John Donne, Selected Poems, Edited by John Hayward, Penguin Books, Gran Bretaña, 1950

Ilustración: Retrato de Donne (detalle) por un artista desconocido, c. 1595 National Portrait Gallery, Londres

De Donne en este blog:
Los buenos días

domingo, octubre 04, 2009

Enrique Lihn / Dos poemas



Piedra sacrificial

No me quiero hacer la víctima
A lo sumo estoy tendido cómodamente sobre la piedra
de los sacrificios.
y un tipo que se limpia las uñas con un cuchillo
me dice ¿Qué es tu vida?
¿No te parece que sobra?

de Al bello aparecer de este lucero, Lom Ediciones, Santiago de Chile, 1997


Para Andrea

La oruga es una trabajadora infatigable, mata
con su apetito sin boca algunos centenares de hojas
que el árbol le tiende compasivo de su ceguera
para ayudarla a cruzar la calle.
No deja más que huecos a su paso tal como la pinta esta tarjeta postal.
La mariposa, en cambio, salta del capullo
en el instante mismo de su transfiguración
En que como una flecha de nacimiento
abre los ocelos de sus alas a la luz
pero quizá no los ojos, porque también está ciega.
Ella baila con sus alas de artista
como una gitana al son de violines húngaros
y no se detiene dos veces en la misma flor.

La mariposa no puede recordar que ha sido oruga
así como la oruga no puede adivinar que será mariposa
porque los extremos del mismo ser no se tocan.

de A partir de Manhattan, Ganymides, Valparaíso, 1979

Enrique Lihn (Santiago de Chile, 1929-1988)

Ilustración: Salvador Dalí, La metamorfosis de Narciso, 1937

De Lihn en este blog:
de Estación de los desamparados
La revolución es

sábado, octubre 03, 2009

Dante Alighieri / A Cino


50a. (CXI)

Dante a Cino

Yo estuve del amor acompañado
desde el círculo nueve de mi vida,
y sé cómo espolea y cómo frena
y cómo bajo él se ríe y se gime.

Quien razón o virtud esgrime en su contra,
es como aquel que tañe tempestades
creyendo poder, allá por donde truena,
menguar los combates de los vapores.

Así en el círculo de su palestra
jamás fue autónomo el libre albedrío,
por eso el consejo en vano se ejercita.

Con nueva espuela podrá herir el flanco,
y sea cual sea la belleza que ahora nos guía,
será bueno seguirlo, si el otro se ha agotado.

Dante Alighieri (Florencia, 1265-Rávena, 1321), Rimas completas, traducción de Mariano Pérez Carrasco, Ediciones Winograd, Buenos Aires, 2009


50.a (CXI)

Io sono stato con Amore insieme
de la circulazion del sol mia nona,
e so com' egli affrena e come sprona,
e come sotto lui si ride e geme.

Chi ragione o virtù contra gli sprieme,
fa come que' che 'n la tempesta sona
credendo far colà dove si tona
esser le guerre de´vapori sceme.

Però nel cerchio de la sua palestra
liber arbitrio già mai fu franco,
sí che consiglio invan vi si balestra.

Ben può con nuovi spro' punger lo fianco,
e qual sia 'l piacer ch' ora n' addestra,
seguitar si convien, se l' altro è stanco.



A Cino Da Pistoia

Yo estuve con Amor cercano
desde mi novena vuelta de sol, *
y sé cómo él domina y espolea,
y cómo bajo él se ríe y pena.

Quien razón o virtud contra él alega,
es como el que en la borrasca canta,
creyendo hacer, allá donde ella truena,
las guerras de las nubes más livianas.

Pero en el círculo de su palestra
el libre albedrío nunca le fue dado,
y en su argumento en vano se atormenta.

Bien puede con nuevas espuelas pungir el flanco,
y sea cual sea el placer en que ahora nos adiestra
seguirlo conviene, si el otro está cansado.

Versión de J. Aulicino

* desde sus nueve años. Era la edad en que vio -decía- por primera vez a Beatrice Portinari.

Ilustración: Henry Holiday, El encuentro de Dante y Beatrice, 1883

Diana Bellessi / Eclesiastés


Eclesiastés


Anda y come tu pan con gozo, y
bebe tu vino con alegre corazón...
Eclesiastés 9,7

En la montonera de los que envejecen y se van
soy una más apenas como arena
que el viento revolea en las orillas
cuando ligero el sol se hunde tras la bruma de febrero
y nada queda después de un rato dulce
en la memoria de otra mota que guarda el lazo y es
veloz atropellada por la ola
donde se pierde la señal propia y con ella se borran
también las ataduras del amor
así que no confiemos por lo tanto ni un segundo
en la falsa duración o el espejismo
con que el tiempo humano se equivoca
y zonzo pierde los diamantes reales de la corona
su verdadero tiempo animal
puro gozo y pura ofrenda de sí mismo junto a otro
que nada espera ni sus días sella
en un cofre de recuerdos para ser como en la infancia
una santa incandescencia

Diana Bellessi (Zavalla, 1946), La Biblia según veinticinco escritores argentinos, Editorial Emecé, Buenos Aires, 2009

Foto: Pintura en la arena, Valerij Dedkov. Estonia

De Bellessi en este blog:
La tempestad /Epica
Variaciones de la luz

Juana Bignozzi / Salmos y proverbios


Proverbios y salmos

Fin desastroso del impío. 52 (53)

Dice el moderno
ya no hay izquierda ni derecha
hay líderes que espían
un atisbo de discordancia
para recordar aquí estamos nosotros
y desde los cuadros de comienzos del siglo XX
los obreros dicen ¿cuándo alguien entenderá?
mientras confían en matones
no debemos esperar
algún día en esas cabezas aturdidas
alguien volverá a decir ciertas palabras
el fútbol dejará de ser el destino de los nacidos en las villas
sólo auguro guerra
pero ese sonido terrible sonará a melodía

Juana Bignozzi (Buenos Aires, 1937), La Biblia según veinticinco escritores argentinos, Editorial Emecé, Buenos Aires, 2009

Ilustración: Salterio de Harley, principios del siglo XI, Canterbury Libros y bibliotecas


De Bignozzi en este blog:
En medio de mi furia...
Los hombres de mi familia y su ideología transplantada
Educada en el vicio de los hombres

viernes, octubre 02, 2009

José Asunción Silva / Tres poemas


La respuesta de la tierra

Era un poeta lírico, grandioso y sibilino
Que le hablaba a la tierra una tarde de invierno,
Frente a una posada y al volver de un camino:
-Oh madre, oh tierra! -díjole-, en tu girar eterno
Nuestra existencia efímera tal parece que ignoras.
Nosotros esperamos un cielo o un infierno,
Sufrimos o gozamos en nuestras breves horas,
E indiferente y muda tú, madre sin entrañas,
De acuerdo con los hombres no sufres y no lloras.
¿No sabes el secreto misterioso que entrañas?
¿Por qué las noches negras, las diáfanas auroras?
Las sombras vagarosas y tenues de unas cañas
Que se reflejan lívidas en los estanques yertos,
¿No son como conciencias fantásticas y extrañas
Que les copian sus vidas en espejos inciertos?
¿Qué somos? ¿A do vamos? ¿Por qué hasta aquí vinimos?
¿Conocen los secretos del más allá los muertos?
¿Por qué la vida inútil y triste recibimos?
¿Hay un oasis húmedo después de estos desiertos?
¿Por qué nacemos, madre, dime, por qué morimos?
¿Por qué? -Mi angustia sacia y a mi ansiedad contesta.
Yo, sacerdote tuyo, arrodillado y trémulo,
En estas soledades aguardo la respuesta.

La tierra, como siempre, displicente y callada,
Al gran poeta lírico no le contestó nada.


Egalité

Juan Lanas, el mozo de esquina,
es absolutamente igual
al Emperador de la China:
los dos son el mismo animal.
Juan Lanas cubre su pelaje
con nuestra manta nacional;
el gran magnate lleva un traje
de seda verde excepcional.
Del uno cuidan cien dragones
de porcelana y de cristal;
Juan Lanas carga maldiciones
y gruesos fardos por un real,
pero si alguna mandarina
siguiendo el instinto sexual
al Emperador se avecina
en el traje tradicional
que tenía nuestra madre Eva
en aquella tarde fatal
en que se comieron la breva
del árbol del Bien y del Mal,
y si al mismo Juan una Juana
se entrega por modo brutal
y palpita la bestia humana
en un solo espasmo sexual,
Juan Lanas, el mozo de esquina,
es absolutamente igual
al Emperador de la China:
los dos son el mismo animal.


El mal del siglo

El paciente:

Doctor, un desaliento de la vida
Que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
El mal del siglo... el mismo mal de Werther,
De Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
Desprecio por lo humano... un incesante
Renegar de lo vil de la existencia
Digno de mi maestro Schopenhauer;
Un malestar profundo que se aumenta
Con todas las torturas del análisis...

El médico:

-Eso es cuestión de régimen: camine
De mañanita; duerma largo; báñese;
Beba bien; coma bien; cuídese mucho:
¡Lo que usted tiene es hambre...!


José Asunción Silva (Bogotá,1865-1896), Obra completa, Fondo de Cultura Económica, México, 1997

Ilustración: retrato popular de Silva la coctelera

jueves, octubre 01, 2009

Robert Frost / Noches



Familiarizado con la noche

He sido uno de esos que saben qué es la noche.
He salido bajo la lluvia; y bajo la lluvia he vuelto.
He ido más allá de la luz más lejana de la ciudad.

Mi vista ha descendido por el más triste callejón.
He pasado al lado del sereno que hacía su ronda
Y he bajado la vista, sin ganas de explicar.

Me he quedado quieto, deteniendo el ruido de los pies,
Cuando de lejos un grito sofocado
Llegaba, por sobre las casas, desde otra calle,

Pero no para hacerme volver ni para decirme adiós;
Y aun más lejos, a una fantástica altura
Un reloj luminoso contra el firmamento

Proclamaba que el tiempo no era bueno ni malo.
He sido uno de esos que saben qué es la noche.


Aceptación

Cuando el sol que se acaba arroja sus rayos a las nubes
Y se hunde ardiente en el golfo que hay abajo
No se oye una voz de la naturaleza que lance un grito
Ante ese suceso. Al menos los pájaros han de saber
Que el firmamento se viste de negro.
Murmurando algo quedo en su pecho
Un pájaro empieza a cerrar los ojos apagados;
O sorprendido demasiado lejos de su nido,
Apresurándose a poca altura de la arboleda, uno que andaba perdido
Se precipita, justo a tiempo, al árbol que recuerda.
A lo sumo piensa o gorjea suavemente: "¡A salvo!
Y que ahora la noche se me haga del todo negra.
Que la noche me resulte demasiado oscura para ver
El futuro. Que lo que haya de ser, así sea".

Robert Frost (San Francisco, 1874 - Boston, 1963), Poemas, selección, traducción y prólogo de Enrique L. Revol, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1979



Acquainted with the Night
I have been one acquainted with the night. / I have walked out in rain -- and back in rain./ I have outwalked the furthest city light.// I have looked down the saddest city lane./ I have passed by the watchman on his beat/ And dropped my eyes, unwilling to explain.// I have stood still and stopped the sound of feet/ When far away an interrupted cry/ Came over houses from another street,// But not to call me back or say good-bye;/ And further still at an unearthly height,/ O luminary clock against the sky// Proclaimed the time was neither wrong nor right./ I have been one acquainted with the night.

New Hampshire,
1923

Acceptance
When the spent sun throws up its rays on cloud/ And goes down burning into the gulf below,/ No voice in nature is heard to cry aloud/ At what has happened. Birds, at least must know/ It is the change to darkness in the sky./ Murmuring something quiet in her breast,/ One bird begins to close a faded eye;/ Or overtaken too far from his nest, / Hurrying low above the grove, some waif/ Swoops just in time to his remembered tree./ At most he thinks or twitters softly, 'Safe!/ Now let the night be dark for all of me./ Let the night be too dark for me to see/ Into the future. Let what will be, be.'

West-Running Brook
, 1928

Foto: Frost, 1955 AP/Syracuse

De Frost en este blog:
Polvo de nieve / El teléfono

miércoles, septiembre 30, 2009

Angel Faretta / El invierno y la ira



Estar la puerta cerrada

Señor:
Rezamos hasta las tres de la mañana,
Ninguno de nosotros sabía lo que pedía,
Fuera retumbaba el frío viento del norte,
La congoja, la nieve y la oscuridad...
Así llegó la madrugada. Flores azules
Se esparcieron por sobre la nieve, ya hielo;
Ninguno de nosotros dejó de orar; pasaron
Las horas y recorrimos las desiertas calles
De la ciudad, sus salones vetustos
-guirnaldas amarillentas, confeti marchito-
libélulas destrozadas por las llamas.
Entonces uno de ellos salió a nuestro encuentro,
Después fue otro y otro más que abandonaron sus casas
E iban hacia nosotros dando gritos de júbilo
Y alegría. En poco tiempo la plaza estuvo llena,
Y en dos días más todo el mundo alabó a Dios y a su obra.
Felices pasaron los días, varias semanas...
La Gloria aparecía en todo su esplendor:
Con la temprana primavera nos pareció
Que súbitamente un nuevo mundo florecía...
Pero –mi mano se hiela al intentar escribirlo-
Después volvieron a sus antiguas costumbres:
De lo dicho por nosotros sólo tomaron
La palabra, como un adorno fatuo
O unas pocas figuras retóricas con las cuales
Alimentar todavía más su antigua vanidad.
Un crimen sucedió a otro, y hubo muchos más...
Algunos de nuestros hermanos se contagiaron,
Volvió el invierno y con él la ira,
El fraude, la sospecha, y la prevaricación.
La nieve volvió a cubrir la ciudad y el campo:
Sólo una flor azul se obstina en mostrarse
A través de mi última y sucia ventana.

Angel Faretta (Buenos Aires, 1953), inédito

Ilustración: El Juicio Final (detalle), Fra Angelico, 1435-1440

De Faretta en este blog:
Temple
A un Malvolio local

martes, septiembre 29, 2009

Raúl González Tuñón/ De "Todos bailan", 2


Blues de Río Gallegos

Te amo a doce grados bajo cero
en un pueblo de soles indecisos, de gruesas lluvias
y de perros lentos,
frente al mar que trae disputas de brújulas y vientos.
Este es el auténtico corazón de la soledad
y la mañana se ha tirado en el puerto
contra barcos alcohólicos, dormidos, fatigados,
que vienen de los países de los mapas gastados,
los alevosos asesinatos, las suntuosas pieles,
los jugadores fulleros y los zorros colorados.
Este es el auténtico corazón de la soledad y de los desencuentros.
Sin embargo aquí encontré a un viejo amigo
sentado al piano con un tango antiguo
-“la vieja está en la cueva
los pajaritos cantan
bien puede ser que llueva
las nubes se levantan”.
Bien puede ser que con estas bellas cosas que te digo
escriba una canción, ahora, cuando nadie escribe canciones.
Aquí se vive de la lana y de los cazadores trashumantes.
aquí se muere, hija mía, y por la noche
mi espectro ha recorrido los prostíbulos,
mi gran alma canalla, ha conversado con mujeres torpes
de roncas voces y de ojos rasgados,
que conocieron a Sebastián Elcano.
La asamblea de los pingüinos prometía otras latitudes
desde el avión, muchacha.
Pero yo te envío mi amor a doce grados bajo cero
y la señorita del correo no sabe nada,
mientras los obreros,
ah, los obreros envejecen en los frigoríficos
y la veletas,
ah, las veletas en los tejados rojos enloquecen
y en la calle ancha,
ah, en la calle ancha debe estar esperando la muerte.

Patagonia 1932

Raúl González Tuñón (Buenos Aires, 1905-1974), Todos bailan, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1987

Ilustración: Paisaje frío, Rubén Bello Traverso, 2009 RBT

De Tuñón en este blog:
"Me moriré en París"
Los seis hermanos Rápidos Dedos en el Gatillo / Blues de los pequeños deshollinadores
Escrito sobre una mesa en Montparnasse y Lluvia, Antología votada de poesía argentina

Carlos Drummond de Andrade / Dos poemas


Pandilla
Joâo amaba a Teresa que amaba a Raimundo
que amaba a Maria que amaba a Joaquim que amaba a Lili
que no amaba a nadie.
Joâo se fue a Estados Unidos, Teresa al convento,
Raimundo murió en un accidente, Maria se quedó soltera,
Joaquim se suicidó y Lili se casó con J. Pinto Fernandes
que no tenía nada que ver con esta historia.

Versión de Carlos Vitale


Tus hombros soportan el mundo

Llega un tiempo en que no se dice más: mi Dios.
Tiempo de absoluta depuración.
Tiempo en que no se dice más: mi amor.
Porque el amor resultó inutil.
Y los ojos no lloran.
Y las manos tejen apenas el rudo trabajo.
Y el corazón está seco.

En vano mujeres golpean la puerta, no abrirás.
Quedaste solo, la luz se apagó,
pero en la sombra tus ojos resplandecen enormes.
Eres todo certeza, ya no sabes sufrir.
Y nada esperas de tus amigos.

Poco importa la vejez, ¿qué es la vejez?
Tus hombros soportan el mundo
y no pesa más que la mano de un niño.
La guerra, las hambres, las discusiones dentro de los edificios
prueban apenas que la vida prosigue
y no todos se liberaron aún.
Algunos, hallando bárbaro el espectáculo,
preferirían (los delicados) morir.
Llegó un tiempo en que nada se gana con morir.
Llegó un tiempo en que la vida es una orden.
La vida apenas, sin mistificación.

Sentimento do mundo, Irmãos Pongetti, Rio de Janeiro, 1940. Nova reunião, José Olympio Editora, Rio de Janeiro, 1985
Versión de J. Aulicino

Carlos Drummond de Andrade (Itabira, 1902-Río de Janeiro, 1987)


Quadrilha
João amava Teresa que amava Raimundo/ que amava Maria que amava Joaquim que amava Lili/ que não amava ninguém. /João foi para os Estados Unidos, Teresa para o convento,/ Raimundo morreu de desastre, Maria ficou para tia./ Joaquim se suicidou e Lili casou com J. Pinto Fernandes/ que não tinha entrado na história.

Os ombros suportam o mundo
Chega um tempo em que não se diz mais: meu Deus./ Tempo de absoluta depuração./ Tempo em que não se diz mais: meu amor./ Porque o amor resultou inútil./ E os olhos não choram./ E as mãos tecem apenas o rude trabalho./ E o coração está seco.// Em vão mulheres batem à porta, não abrirás./ Ficaste sozinho, a luz apagou-se,/ mas na sombra teus olhos resplandecem enormes./ És todo certeza, já não sabes sofrer./ E nada esperas de teus amigos.// Pouco importa venha a velhice, que é a velhice?/ Teu ombros suportam o mundo/ e ele não pesa mais que a mão de uma criança./ As guerras, as fomes, as discussões dentro dos edifícios/ provam apenas que a vida prossegue/ e nem todos se libertaram ainda./ Alguns, achando bárbaro o espetáculo,/ prefeririam (os delicados) morrer./ Chegou um tempo em que não adianta morrer./ Chegou um tempo em que a vida é uma ordem./ A vida apenas, sem mistificação.

Foto: Drummond de Andrade Agencia Riff
Otros poemas de Drummond de Andrade en este blog:
Pasaje del año
También ya fui brasileño
En medio del camino

lunes, septiembre 28, 2009

Marianne Moore / Bastante


Suficiente
1969

¿Soy yo una fanática? Lo opuesto.
¿Y dónde me gustaría estar?
Sentada bajo el olivo de Platón
o apoyada en su viejo tronco grueso,

lejos de la controversia
o de cualquier colérico.

Si quieres ver piedras bien puestas, no amenazadas
por la argamasa (los albañiles dicen "barro"),
cuadradas y lisas, levántalas como se debe,
dijo Ben Jonson, o lo aludió.

En "Descubrimientos" también dijo:
"Representa la verdad. Es suficiente."


Marianne Moore (Kirkwood, Missouri, 1887-Nueva York, 1972), "Hitherto Uncollected", Complete Poems, Macmillian Publishing Company/Penguin Books, Nueva York, 1994
Versión de J. Aulicino


Enough
1969
Am I fanatic? The opposite. / And where would I like to be?/ Sitting under Plato's olive tree/ or propped against its thick old trunk, // away from controversy/ or anyone choleric.// If you would see stones set right, unthreatened/ by mortar (masons say "mud"),/ squared and smooth, let hem rise as the should,/ Ben Jonson said, or he implied. // In "Discoveries" he then said,/ "Stand for truth. It's enough."

Ilustración: Códice atlántico, manuscritos de Leonardo Da Vinci, Milán, Biblioteca Ambrosiana, siglo XVI

domingo, septiembre 27, 2009

Ernesto Lumbreras / Dos poemas


Una mañana en el jardín

Para Eduardo Langagne


Hay un gato en la barda del jardín de la casa.
El resplandor de la hierba igual que un cubo de agua
lo tensa y acobarda. Un círculo de pájaros
entre migas de pan despierta en su nariz
una alegría de alas. Si no estuviera un perro
absorto en el movimiento de ir y no ir por su almuerzo
otro gallo cantara. Como una gota de agua
en un terrón de azúcar el gato se consume
en preparar su salto. Nunca lo hará, lo sabe
de cierto y con mayúsculas. Tal vez la historia cambie,
añora el bigotón, cuando un muchacho tome
su cuaderno y su lápiz y dibuje esta fábula.


La sequía

En un árbol de tres ramas, el cielo
su mar reposa, plácido y sin islas.
Un caserío en ruinas se renueva
a la vez que de polvo de fantasmas.
Tiembla el camaleón toda la noche
como un borbotón de agua bajo el suelo.
Una almendra es el llano, un fuego de almas:
junto a la noria yace roto un cántaro.

Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, 1966), "Espuela para demorar el viaje", 1993, Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Editorial Aldus, México D.F., 2008

Foto: XVII Festival Internacional de Poesía Rosario

sábado, septiembre 26, 2009

Rodolfo Edwards / de "Mingus o muerte"


Fiestas Deleite (últimos sábados de cada mes, Zona Congreso)

Bailé como loco, tomé como pocos. Actrices, azafatas, profesoras de yoga, pijirindinguis, maracas extranjeras, discos monoaurales, cerveza artesanal de origen bonaerense, una cantante de chanson, hija de un diputado, blanca como un papel, el paraguas que usó Perla Caron en la peli "Mosaico". ¡Oh Luchino! ¡Luchino Visconti! Pastor de los arrabales del alma, siempre amable en tu alta desdicha. La muerte es perezosa, demora, pospone, prorroga. Amanece, y en la azotea hay una paloma muerta, un broche azul y un pucho con restos de carmín (tres de un par perfecto). No recuerdo cómo volví a casa.

Rodolfo Edwards (Buenos Aires, 1962), Mingus o muerte, Ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2009

Ilustración: Ornamentos en la llanura, Marcelo Pombo, 2008 artnet

De Edwards en este blog:
Ataque 77
El viejo árbol

viernes, septiembre 25, 2009

Max Jacob / Mendigos



Exito de la confesión

Sobre el camino que conduce a un campo de carreras había un mendigo parecido a un criado: “Tenga piedad de mí”, decía, “soy vicioso e iré a jugar el dinero que me den ustedes”. Y así, en este estilo, seguía su confesión. El mendigo tenía un gran éxito, y lo merecía.

De El cubilete de dados. Traducción de Guillermo de Torre, Losada, Buenos Aires, 2006


La mendiga de Nápoles

Cuando yo vivía en Nápoles, había en la puerta de mi palacio una mendiga a la que yo arrojaba monedas, antes de subir al coche. Un día sorprendido de que nunca me diera las gracias, miré a la mendiga; entonces vi que lo que había tomado por una mendiga más bien era un cajón de madera, pintado de verde, que contenía tierra colorada y algunas bananas medio podridas.

De Cuentos breves y extraordinarios. Traducción de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, Santiago Rueda Editor, Buenos Aires, 1968

Max Jacob (Quimper, 1876 - Drancy, 1944)

Ilustración: Max Jacob Literatura Francesa y Traducciones